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Edson Ademar / Opinión /

Cuando escuchamos la palabra política, muchas veces la relacionamos con corrupción, conectes, compadrazgos, favores, problemas, etc. Existe todo un conjunto de ideas y prácticas relacionadas a la política y al sistema político de nuestro país. Puede que la actitud de “indiferencia” en muchas personas hacia la política se deba a esas prácticas que se le atribuyen, en muchos casos, de forma justificada a la política nacional.

La política es la más elevada y a la vez, la más baja de las formas de acción social, es el arte de afrontar o bien rehuir los problemas sociales, la política es la lucha por el poder, así como el ejercicio de este en los sistemas sociales de todas clases y escalas1.

La política como ámbito de la vida humana cuenta con su propio conjunto integrado de ideas, valores, normas y actitudes, su propia cultura. La cuestión aquí es entender hasta qué punto esta cultura en la política nacional puede o no cambiar. Y es que todos los elementos que componen dicha cultura no existen por si solos, el orden de nuestra sociedad es una producción humana, ha sido pensado e implementado por un grupo de personas, y con su repetición, cada generación ha aprendido las “reglas” del juego político guatemalteco y las han transmitido.

Es importante entender  que la política guatemalteca y todos sus valores y prácticas no existen por si mismos sino que han sido producidos y mantenidos por la misma sociedad.

Pero hemos llegado a pensar que las prácticas políticas tienen vida propia y por ende no pueden cambiar y no tiene sentido intentarlo.  Y es que la misma sociedad con su capacidad creadora y transformadora es la que puede producir nuevas prácticas y valores políticos, puede definir nuevas reglas del juego, basadas en la justicia, la dignidad,  el diálogo y la transparencia.

El cuestionarnos la supuesta naturalidad de las prácticas de nuestro sistema político actual constituye el primer paso para plantearnos la posibilidad de nuevas prácticas políticas. Y por el contrario, la indiferencia se convierte en el mejor mecanismo para evitar cualquier cambio en la sociedad.

1Bunge, Mario. (2009). Filosofía Política. Solidaridad, cooperación y Democracia Integral. Gedisa Editorial: Barcelona. pág. 23

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