Dudar es una de las acciones que frecuentamos, a veces, hasta sin darnos cuenta. Dudamos sobre qué vestir, cuál camino utilizar, qué comer; cosas cotidianas que no se vuelven tan trascendentales. Todos dudamos, aunque duden de la afirmación.

Inclusive, para reafirmar los pensamientos, sentimientos y acciones nos provocamos la duda. Esto con el fin de acertar nuevamente lo que queremos. Nos ponemos a prueba con ella solamente para estar seguros de lo que hacemos. Una duda en el tiempo correcto nos aleja del descanso en un error, de una decepción o de alguna perdida mayor.

Así que no es tan mala como parece ya que todos lo hacemos, nos da cierta seguridad, nos pone a prueba, pero ¿Qué pasa cuando la capacidad de decidir pierde su fuerza por tanto dudar?

Como cada persona es un mundo, hay mundos que viven en constante duda. La consecuencia de ello puede ser una indecisión frecuente, aquella en la que nos acomodamos de forma “placentera” a dudar siempre y como actúa como un freno previo a una elección, nos quedamos ahí estáticos en este estado que nos limita a ciertas circunstancias que en algún momento nos impiden avanzar.

Debido a ello, aparece un estado al que muchos se muestran reacios a cambiar que es la zona de confort. En la actualidad, vivimos un día a día muy cambiante que muchas veces puede jugar en nuestra contra. El permitirnos dudar constantemente nos impide aprovechar las cosas buenas que pueden surgir de tomar ciertas decisiones.

La acción de dudar, por lo tanto, se convierte en un mal necesario. Siempre y cuando la dosis sea la correcta y aunada a un razonamiento crítico y lógico de lo que queremos que suceda o lo que pensamos que sería lo más conveniente tanto de forma individual como evaluando el impacto que nuestras decisiones puedan tener en las personas que queremos y tenemos cerca.

No hay un manual que te diga qué dudas son totalmente incoherentes o innecesarias y cuáles no lo son. Pero, se trata de ir descubriendo poco a poco cómo tomamos los aconteceres de la vida y sobre todo de cuánto nos conocemos.

Estar bajo perspectivas lo suficientemente amplias, las dudas nos abren un panorama nuevo y a veces, unos inexistentes que si no lo llegáramos a pensar, nos equivocaríamos un numero mayor de veces que las que incurrimos al dudar.

Una vez que tengamos miedo de dudar, pensemos que le colocamos un rociador a una corriente de agua constante. Cada uno de los agujeros del rociador es una duda que nos lanza hacia un camino diferente, que nos aleja de algo que puede llegar a afectar sin medidas o que nos dirige hacia lo que queremos para ir alcanzando cada anhelo deseado.

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