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José Pablo del Águila / Opinión /

Pocas cosas en la vida merecen ser glorificadas o exaltadas, una de ellas es la verdad. Esta, entendida como lo certero y lo real, merece ser glorificada y colocada en una posición de supremacía. Su belleza radica, principalmente, en que es todo lo contrario al engaño.

El engaño es, ante todo, de lo más repugnante que existe en la vida. Y su horror radica, fundamentalmente, en que humilla y lastima la dignidad de la persona. Aquí una anécdota que lo demuestra. Recuerdo muy bien que de niño mi abuelita me dio a probar el café y yo lo encontré muy sabroso. Pero había un problema: mi madre no estaba a gusto con que yo lo bebiera. Decía que era malo para la salud y que no me convenía. Entonces, en vista de que no me podía persuadir para que detuviera el hábito recién adquirido, decidió ejecutar una estrategia deleznable. Sucedió que cada vez que llegaba la hora de beberlo, ella me servía en una taza negra lo que yo suponía que era café. Cada vez que ella me lo despachaba, su sabor era extraño y menos sabroso que lo habitual, lo cual despertaba sospechas en mí. Unos años después me confesó que en realidad lo que me servía era agua con azúcar, no café -como me lo había hecho creer deliberadamente-, pero yo no lo notaba por el tono negro del interior de la taza. Honestamente, me sentí humillado e incómodo, y fue ahí, con una taza negra y la falsedad de un café, que descubrí la naturaleza despreciable del engaño. Claro, mi madre no tenía malas intenciones, lo entiendo (en realidad la aprecio bastante).

Dejando claro que el engaño es, en todas sus dimensiones, un estado mental horroroso al cual se puede estar sometido, lo más conveniente es perseguir y amar la verdad, por lo menos para valorarnos a nosotros mismos.

Pero las preguntas que surgen entonces son: ¿Cómo busco la verdad? ¿Dónde la encuentro? En respuesta a ello importantes filósofos han hecho sus aportes. Sócrates, por ejemplo, ideó el método de la mayéutica, el cual consistía en el arte de preguntar. Sócrates hacía preguntas sobre un asunto determinado y el individuo interrogado respondía. Luego Sócrates volvía a preguntar y de esta manera la persona se veía en la necesidad de depurar su hipótesis y hacerle modificaciones cada vez que se le lanzaba un nuevo cuestionamiento. Esto con el fin de acercar la afirmación inicial cada vez más a la verdad. Platón, por su lado, planteó la dialéctica, que consiste en el arte de criticar. Criticar una hipótesis inicial y así, a base de críticas, ir depurándola y acercándola también a la verdad.

Estos métodos, si se quiere ver así, podrían resultar primitivos (o básicos), aunque muy útiles. Pues muchísimos otros métodos se han desarrollado a lo largo de la historia. No obstante, si en algo están de acuerdo tanto Sócrates, Platón y varios filósofos, es que el ejercicio de buscar la verdad no puede desarrollarse si antes no se asume la actitud de un niño. ¿Han visto a un niño? Bueno, pues habrán notado que está lleno de dudas y hace preguntas constantemente a los adultos, quienes en muchas ocasiones le ofrecen respuestas lamentables. Esa actitud de dudar, de admirarse y de replegar la obviedad, es el primer paso para la búsqueda de la verdad.

Estar cada vez más cerca de la verdad trae múltiples beneficios. Uno de ellos es que ésta, si sabe afrontar, es capaz de hacer que la persona tome el control de su vida. La libera de dogmas, de mitos, de discursos prefabricados y de argumentos poco razonados que la conducen al engaño (ese repugnante estado mental). Es válido, también, afirmar que alguien que está más cerca de la realidad se encuentra en mejor posición para desarrollar ideas que vayan en pro del bien común. Y si tomamos en cuenta que todos en este mundo queremos experimentar el bienestar, sobran las razones para perseguir lo certero.

Sin embargo, el precio de perseguir la verdad es muy alto. A nivel personal, el costo que me ha representado es muy elevado. Un amor se marchó, amistades se alejaron y provoqué la decepción en algunos familiares por la decisión de no continuar militando en la religión que se practicaba en la familia (una decisión para nada fácil) y confieso que a veces la soledad me invade. -¿Y por qué todo esto?- se preguntarán algunos. Bueno, pues sucede que cuando uno se enamora de la verdad, empieza a buscarla afanadamente y en el camino se emprenden cuestionamientos a asuntos que dañan la susceptibilidad de terceros, quienes muchas veces no logran comprender lo que está sucediendo. Se puede empezar a dudar de la religión, de temas espinosos como el machismo, se empieza a cuestionar por qué las mujeres visten de blanco en la boda y los hombres de negro –algo que despierta el furor de tu pareja- y ese tipo de cuestiones, por plantear algunos casos hipotéticos nada más.

En este marco, es importante aclarar que nunca nada forzará al individuo a tomar determinadas decisiones. Simplemente sucederá  que, si se busca, atisbos de verdad se asomarán a la persona y será ella quien decida qué es lo más sensato.

Como ya mencionamos, el costo de perseguir la verdad es alto. Pero no hay nada más hermoso que hacerlo, lo digo por experiencia.

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