Andrea Archila
“Es porque soy tan testaruda que todavía insisto en cambiar el mundo”, decía Mercedes Sosa. Esa resistencia es similar al momento de ira que provoca caminar por la calle y sentir una mirada que te convierte en un objeto con tu cuerpo. Lo que puede parecer una acción cotidiana, en realidad revela cómo el cuerpo femenino es visto como un objeto y un territorio de disputa.
Weber define el poder como la capacidad de imponer la propia voluntad sobre otros. Siguiendo esta lógica, el cuerpo femenino ha sido regulado por instituciones sociales y políticas que legitiman dicho control. Las normas de vestimenta, los discursos religiosos y las leyes de reproducción llegan a limitar la autonomía de las mujeres mediante la dominación legítima. El modo en que los hombres e instituciones deciden sobre el cuerpo femenino mediante la obediencia y la naturalización de la subordinación refleja una distribución de poder desigual.
Desde el marxismo, se puede entender el cuerpo femenino como un objeto de explotación en el sistema capitalista. Este sistema económico sin reconocimiento se sostiene en el trabajo reproductivo y doméstico sin remuneración. De igual forma, la cultura industrializada vuelve mercancía el cuerpo mediante la moda, la publicidad y el mundo del entretenimiento, reduciéndolo a un objeto de consumo. En otras palabras, el cuerpo femenino es visto como capital simbólico y económico, sometido a la explotación para mantener la misma lógica de mercado, lo que lo convierte en parte de la estructura de explotación que sostiene el capitalismo.
En esta misma línea, Simone de Beauvoir afirma en su libro El segundo sexo que “no se nace mujer, se llega a serlo”. Dando a entender que el cuerpo femenino es visto como una construcción social llena de significados grabados y no como el cuerpo de un ser humano. La sociedad lo establece como objeto de reproducción, control y deseo. Negando la autonomía femenina.
A pesar de ello, también nos abre la puerta a la emancipación: reconocer estos constructos sociales impuestos al cuerpo nos permite cuestionar y, sobre todo, transformar esas estructuras que lo subordinan.
Cada sociólogo y socióloga nos ofrece una forma de ver el tema: puede verse como una forma de dominación simbólica, una expresión de cosificación o incluso una reafirmación de la construcción social en la que a la mujer se la ve como “otro”.
Analizado desde estas perspectivas, el cuerpo femenino es un objeto político porque el Estado lo regula, un objeto social porque la cultura lo define y un objeto económico porque el mercado lo explota. No obstante, las mujeres tienen la oportunidad de reapropiarse de él como espacio de lucha y autonomía, pues también es un sujeto de resistencia.
Teniendo en cuenta que la siguiente pregunta no plantea cómo las mujeres deben cambiar, sino qué tan dispuestos estamos, como sociedad, a cambiar para dejar de cosificarlas, preguntémonos: ¿qué pasaría si empezáramos a mirar el cuerpo femenino no como territorio ajeno a controlar, sino como un espacio soberano que nos obliga a replantear nuestras propias estructuras de poder?
