RL Febrero 1

Francisco Juárez / Rincón Literario /

Vio el árbol, lúgubre, descascarado, solitario entre pedregales. El alto sol del estío penetraba con total libertad por entre las ramas, secas pero gruesas.

Cuando vio una de las ramas sintió un impulso. Sería ahí, debía serlo.

Pobres hilos de viento revolvían las hojas y el cabello desmedrado y sucio. Tanto halarlo y querer arrancarlo. La culpa, su culpa, valdría cabello arrancado y más, eso era lo que ahora pensaba. Noche de vela y llanto. Aún tenía en la mente los olivos, el silencio del camino en la alta noche, la luna, pero por qué seguía pensando en la luna.

Hizo el nudo, pero mientras lo hacía observaba el árbol. Las pequeñas hormigas que entraban y salían del tronco descascarado. Se preguntó quién lo habría sembrado ahí, por qué en medio de ése páramo yermo, lleno de piedra caliza, alejado de los muros de la ciudad, casi como perdido bajo el ardiente sol, agotado por el viento y consumido por la cruel naturaleza. Crueldad, eso era lo que había encontrado en el mundo. Pero qué mano dejó caer la semilla que soportó las carencias de la tierra y que ahora tendría que soportar su peso.

No había marcha atrás y por eso sentía en lo más profundo que ya todo había sucedido. Ya estaba muerto, era apenas una sombra bajo el sol. Había consumado el beso en la mejilla. ¡Un beso! ¡Un árbol! ¡Una soga!

Qué pequeñas cosas marcan la vida del hombre.

Y de alguna forma sentía que algo lo había empujado desde la infancia a este momento, así como la semilla había crecido para este momento, como su boca se había formado para el beso, como la brizna de una planta había formado la soga.

Era una sombra entre sombras. Sólo debía dejarse caer para que todo se derrumbara. Y el árbol dejaría de existir, y la soga y la boca. Nada, nunca más.

Pero, ¿quién sembró la semilla?

El nudo estaba listo. Lanzó la cuerda y la sujetó con fuerza de la rama.

Trepó el árbol con las sandalias puestas. Siempre tuvo miedo de morir descalzo. Mientras subía se asió al tronco con fuerza hasta llegar a la rama elegida de la cual ya pendía la soga. La ajustó al cuello. Se sostuvo de la rama con fuerza. Madera, lo último que tocaría en la vida.

Dejó caer el cuerpo. En pocos segundos las sombras desaparecieron. Su mente se fue apagando y la oscuridad fue absoluta. El mundo, el beso y la soga se disolvieron, como agua en el agua.

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