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Juan Carlos Estrada/ Colaboración/

Rebobino.

Santa María Chiquimula, Totonicapán. Un pequeño pueblo entre las nubes del occidente del país. De paisajes espectaculares y de gente sumamente acogedora y trabajadora. Un lugar escondido entre las montañas pero con gente feliz, al menos la que yo conocí.

“Aquí le dejo su mosh y hay panitos en la bolsa por si quiere.” – me dijo la señora amablemente mientras me recibía en su casa por primera vez. Lo dijo con una gran sonrisa; una de esas reales, no de las falsas a las que algunos están acostumbrados.

Su casa constaba de 5 habitaciones y es de esas casas que jamás se olvidan. Una casa muy sencilla, pero esto no dejaba de lado que fuese sumamente ordenada, limpia y bonita. Conocí a toda su familia. Eran 7 en total. Con ellos aprendí a tortear y por primera vez en mi vida fui a recolectar leña. Cada uno de ellos me sacó una sonrisa y me hizo recordar que no se necesita de mucho para ser feliz.

Aun así, eso no elimina el hecho de que para llegar de la carretera principal a su casa tengan que caminar 10 minutos entre las montañas empedradas, ni elimina el hecho de que para conseguir agua deban bajar un barranco hasta el río y subir de nuevo con las tinajas llenas. Tampoco el hecho de que su mayor actividad económica, que es la agricultura, se vea afectada por la falta de lluvias y que no existan más opciones de empleo en la región con un salario digno. Y mucho menos suprime de la realidad el hecho de tener que mantener a 7 personas con un salario que dudo mucho, siquiera sea el mínimo requerido.

Pauso. Ahora rebobino en sentido contrario. Vuelvo a pausar.

“Celulares y objetos de metal, favor de dejarlos sobre la mesa antes de ingresar.” – Por años había querido entrar a conocer el lugar y por fin se me dio la oportunidad. El día martes 20 de septiembre de 2016 tendría el ¿honor? de presenciar una sesión plenaria en el Congreso de la República de Guatemala. Una sesión que planeaba suspender temporalmente de sus funciones al ex presidente del Congreso Luis Rabbé, actual prófugo de la justicia.

Ingresamos y fuimos dirigidos hacia un salón posterior que comunicaba a unas gradas y estas a su vez conectaban al palco del congreso. Nos ubicaron en la parte central del palco y fuimos advertidos numerosas y molestas veces que no nos apoyásemos sobre la barandilla para evitar accidentes. (Por si a alguien se le ocurría tirarle algo a un diputado.) La sesión llevaba una hora de retraso y como no se apuraban decidimos aplaudir con la intención de hacernos notar. Instantáneamente todos los diputados nos voltearon a ver, algunos sorprendidos y otros con desdén.  Luego nos explicaron que para poder aprobar cualquier moción necesitaban contar con la presencia mínima de 105 diputados de los 158 totales. Aún así, la sesión inició con 80 de ellos.

Durante la sesión me costó diferenciar si me encontraba dentro del mercado central 2 cuadras a la derecha o en el mismísimo poder legislativo guatemalteco.

No puedo generalizar, pero la mayoría de los diputados seguían en hora de recreo. Hablaban, reían, gritaban, caminaban de un grupo a otro, solo les faltaba jugar tenta. No me importa si discutían sus tácticas políticas, eso lo debieron haber acordado antes de la sesión. Total apatía al futuro del país, una burla al Estado. Finalmente se logró quórum para poder aprobar cualquier moción y la sesión inició formalmente con la presencia de 108 diputados. De repente, empezaron los gritos. Taracena se esforzaba tanto al gritar que su cabeza entera parecía la señal de los tamales un sábado por la noche. La hipocresía hablando en persona, tachando de traidores de la patria a los diputados que estuviesen a favor de Rabbé. Luego el diputado Estuardo Galdámez, del FCN, tomó la palabra: “Eso de ser tachado de ladrón le puede pasar a cualquier guatemalteco…”. Fue entonces cuando iniciaron los abucheos. Todos los diputados se nos quedaron viendo de nuevo e instantáneamente el diputado se volteó hacia nosotros tratando de defender su punto de vista.

El pueblo hablaba y ejercía presión en donde la mayor parte de las veces los diputados hacen lo que se les ronque la gana. Sentían una molestia en el ojo, eramos la basurita que no se podían sacar. Cada vez que alguno de ellos dijera o hiciera alguna estupidez, como es costumbre, levantaríamos la voz. Y por eso, del mismo modo mágico en que un conejo aparece en un sombrero, el número de diputados presentes empezó a disminuir. Los diputados abandonaban la sala con tal de que hubiera falta de quórum y la sesión no pudiese continuar. Y el pueblo se dejó sentir. Todo ocurrió muy rápidamente y el poco control que había se desvaneció entre tanto relajo. El pueblo clamaba por justicia y con malas palabras de por medio. Los diputados tampoco se contuvieron y nos las devolvían todas. Uno de ellos respondía a todo pulmón: ¡SHO SHO SHO SHO SHO… !.  Acción por la cual me le quedé viendo con una cara de desconcierto y enojo al mismo tiempo mientras movía mi cabeza en señal de reprocho y usaba mis manos para preguntar el porqué de su pésimo comportamiento.

Nos miramos a los ojos y acto seguido me sacó el dedo. Y yo no pude evitar sacarle el mío. Luego él me lo volvió a sacar. Ahí me di cuenta que no tenía sentido seguirle el jueguito. Qué maldito desconcierto el que sentía.

Inclusive la diputada jutiapaneca Sandra Patricia Sandoval se burlaba de nosotros en nuestra cara. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra, ya lo sé, pero juro que en esos momentos hubiese deseado tirar la primera de muchas. Finalmente todos bajamos del palco y directos a la calle. A pesar del alboroto nadie nos sacó, nosotros decidimos salir porque quien rayos desearía quedarse ahí.

Sigo rebobinando. Paro. Regreso al presente.

 Ahora reflexiono. Si tan solo cada uno de los politiqueros de Guatemala viviese una experiencia como la que yo viví en Totonicapán, creo que quizás cambiaría su forma de actuar. Como también es probable que no. Al menos algo me quedó claro, si el pueblo no cambia, menos lo harán los gobernantes. Escribí esto porque sentía la necesidad de dar a conocer mi pésima experiencia personal en el Congreso. Quizás pocos lo lean, y los diputados jamás se enteren de lo escrito acá, pero no me podía quedar callado ante tanta injusticia. Injusticia por tanta indiferencia ante la realidad del país, injusticia que cada día cobra más vidas humanas. Injusticia ante la cual, yo no me puedo quedar indiferente.

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