By Daniel Monroy
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En una sociedad moderna, en donde prevalece la exaltación del ‘yo’, el tema del éxito personal es algo que se respira en el ambiente. Prácticamente está en todos lados, parece que estamos obsesionados con eso. Todo lo que hacemos y cada decisión que tomamos está regida por la consecución de un fin, que le damos la potestad de liberarnos o esclavizarnos. Paradójicamente, aquello que creemos que nos hará libres en realidad nos tiene esclavizados. Hasta el que dice ser menos religioso y el más duro escéptico, tiene un ideal que sin darse cuenta se convierte en un dios, el cual le exige devoción, sacrificio y trabajo duro.

Basta con ver la cantidad de literatura existente y creciente sobre temas de motivación, superación y recetas para llevar una vida plena y llena de éxito. La cantidad de gurús sobre el tema es vasta. Todos tienen una fórmula secreta que está al alcance de un libro, un curso o una masterclass.

Personalmente, no estoy en contra que las personas sean metódicas y quieran buscar respuestas para alcanzar sus metas y sueños.

Creo que es emocionante cuando nos atrevemos a soñar, a ir más allá de nuestra realidad, a crear escenarios en donde la recompensa es gigante y en donde muchas veces creemos que se encuentra la respuesta final a todas nuestras dudas.

Si bien es cierto que cada gran hazaña de la vida parte de un sueño o una idea, creo que en la actualidad estamos tan obsesionados con el éxito, que no hablamos de su contraparte, es decir, del fracaso. Y aunque sea un poco duro o aguafiestas, muchas veces hay una realidad fría y que ningún gurú enseña: a veces conseguir eso que calificamos como éxito no solo no satisface ni gratifica, sino que vacía e irónicamente nos hace sentir que hemos fracasado.

Y a pesar que estamos en la época de la supremacía del ‘yo’, me llama la atención que en la Biblia hay un libro que aborda este tema en doce capítulos.

El libro de Eclesiastés, cuya autoría se atribuye al rey Salomón. Empieza con una declaración impactante: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Creo que para todo cristiano y para cualquier lector, al principio es difícil comprender cómo un libro tan denso y a veces oscuro, puede estar en la Biblia.

Para entender mejor el mensaje, los primeros once versículos del capítulo uno (Eclesiastés 1:1-11) considero que dan un diagnóstico de la realidad oculta de muchas personas:

“Palabras del Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén.

Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad.

¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?

Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece.

Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta.

El viento tira hacia el sur, y rodea al norte; va girando de continuo, y a sus giros vuelve el viento de nuevo.

Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo.

Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír.

¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol.

¿Hay algo de que se puede decir: He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido.

No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después” (RV60).

Creo que estas letras cobran vida cuando se ha experimentado lo que el autor describe. Las primeras líneas de Eclesiastés (y el resto del libro en general) muestran la decepción que viene después de conseguir algo que creíamos nos iba otorgar felicidad. Me gusta creer que el libro de Eclesiastés representa el frío de la mañana, cuando nos damos cuenta que la alegría del día anterior terminó y que si queremos mantener el mismo estado, necesitamos más dosis de eso que creemos que nos hace bien, pero nos damos cuenta que es una tarea fatigosa y que en realidad no nos satisface tanto como creíamos y nuestra conclusión probablemente es la misma que el autor expone, a decir, que todo es vanidad y que no hay nada nuevo debajo del sol.

Aunque estoy joven y me falta mucho por recorrer, esto es un recordatorio de lo fácil que es el corazón humano para crear ídolos que terminan fallando. La actualidad ofrece muchas cosas disfrazadas de libertad, plenitud y satisfacción, pero a pesar de mi corta edad he vivido el frío de la mañana.

Está bien querer perseguir metas y sueños, pero no lo son todo. No son las respuestas últimas de la vida.

Creo que a pesar que cada día están más de moda las afirmaciones positivas y la creencia en la ley de la atracción y que en este lado del mundo creemos que venimos a la vida a ser felices y a gozar de prosperidad en todo sentido, el recordatorio que todo es vanidad es necesario y urgente, porque nuestras expectativas nos pueden terminar destrozando.

Un mensaje duro y frío, pero necesario.

 

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Estudiante en el día y músico por la noche. Amante de las buenas historias y las buenas conversaciones. Escribo para escaparme del bullicio del día a día.

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