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José Ochoa/Opinión/

Que en Brasil estén en contra de una Copa del Mundo me impresiona. Las y los brasileños, armados con pancartas, consignas y grafitis, ven cómo el Estado los desaloja y detiene con tal de que la fiesta del 12 de junio sea excepcional; para todos salvo los brasileños, claro.  No sé si en broma, pero cuentan mis padres que consideraron nombrarnos a mi hermano y a mi Edson Arantes da Nascimento y Artur Anthunes Coimbra; Pelé y Zico. Imagino que con llamarnos así tenían la intención de tener unos hijos estrellas del balompié, con talento y samba en los pies. Igual, como José, crecí creyendo que en Brasil los niños nacen con una pelota bajo el brazo. Un país que respira y vive del fútbol, y lo consagra en sus cinco títulos mundiales.

Mi papá, y corroborado por tíos y adultos que beben el ron con Coca-Cola, aseguran que la mejor selección de la década de 1980 era Brasil. Una selección en la que Zico, Falcao y Sócrates no jugaban, sino se paseaban por la gramilla, con los rivales boquiabiertos, ante unos hombres de amarillo que acariciaban la pelota en los pases y luego sorprendían con un misil para el gol. Yo, de poca edad y en aquellos años benditos en las que el fútbol iba por los canales nacionales, vi a un Rivaldo hacer una hermosa chilena, y un Ronaldo hacer bicicletas sin pedales. A un Roberto Carlos, pequeño jefe de la banda izquierda, y a Ronaldinho sonreír, siempre sonreír y, mientras los rivales miraban sus dientes, la pelota se mantenía pegada al pie. Parecían jugadores que, además de jugar al fútbol, lo disfrutaban. Supongo que en Brasil lo saben.

Pero también reconocen que el fútbol es eso, deporte y espectáculo, historia y anécdotas, pero no una prioridad; el menos no para el Gobierno, cuando los maestros reiteran que su trabajo vale más que Neymar.

O los murales que critican el excesivo gasto para unas obras que hasta incluso desde la organización denuncian el robo de recursos. Y el fútbol no es malo. Cualquier actividad que provoque sonrisas mientras se baja de peso no puede serlo. En Honduras es una alternativa para la infancia. En Guatemala -doy fe- es un lugar de reunión con los amigos. En España, nos cuenta Manuel Jabois o Ander Izaguirre, un espacio de sufrimiento pero sobre todo alegría. Distracción sana.

La cuestión es repensarse si se están llegando a excesos, u olvidando que los partidos duran 90 minutos más la conferencia de prensa previa y la crónica posterior. Que merece nuestra atención pero no nuestra prioridad. Y menos la del Estado, que debe de priorizar al fútbol como deporte y no como espectáculo. Como actividad física y de disciplina, y no una plataforma para validar la gestión de gobierno.

Hoy veo a Brasil con mejores defensas que delanteros. Pero nos recuerdan David Luiz y Marcelo, entre otros, que el fútbol se gana con goles. Espero ver golazos en un mes que será una fiesta. Y como toda celebración, acaba. Se apagan las luces, se detiene la música y hay que seguir trabajando.

Porque los pies los mueve el fútbol, pero el planeta lo mueven las acciones.

Hay que saber que las grandes cantidades de dinero que ingresarán a Brasil llegarán a pocas manos. Toca ver los partidos, pero también evitar la indiferencia (como propone Brújula) para conocer todos los parches de la pelota.

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