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Carlos Martínez / Colaboración /

El reloj marcaba las cinco de la tarde con cincuenta y ocho minutos de aquel, ahora memorable, 8 de mayo de 2015. El gobierno había convocado a una conferencia de prensa de carácter urgente. Nervioso, el Presidente hizo su aparición en el Salón de los Espejos de la Casa Presidencial e hizo el histórico anuncio: Roxana Baldetti había renunciado a su cargo como Vice-Presidente de la República.

Personalmente no lo creía, me parecía una broma de esas que abundan en las redes sociales. Pero esta vez no era así, de verdad estaba sucediendo. Baldetti había renunciado, y yo lo estaba viendo con mis propios ojos.

Poco a poco la población se iba enterando de la noticia y la celebraba, en mi casa todos gritaban y se abrazaban llenos de alegría por el triunfo del pueblo; por mi parte, traté de guardar la calma. Estaba totalmente impresionado.

Me había acostumbrado a escuchar que esas cosas pasaban en China, en Europa y en los países de primer mundo, pero no en Guatemala. Me había acostumbrado a que la gente se cruzara de brazos, mientras los políticos zaqueaban a diestra y siniestra las arcas del país. Me había acostumbrado a la desidia, a la indiferencia y la apatía.

El gigante, el pueblo, se había levantado de su sueño profundo y aquella vieja consigna de “el pueblo unido jamás será vencido”, por primera vez hacía eco en mi cabeza y en mi realidad.

En ese momento vino a mi mente el artículo 141 de la Constitución, el cual me permito compartir con ustedes: “Artículo 141. Soberanía. La soberanía radica en el pueblo, quien la delega, para su ejercicio, en los Organismos Legislativo, Ejecutivo y Judicial. La subordinación entre los mismos es prohibida”.

De esa cuenta, de conformidad con la ley, el pueblo es el soberano y los funcionarios públicos son empleados del pueblo de Guatemala, por lo que su actuar debe limitarse a buscar siempre la satisfacción de los intereses de la población. Sin embargo, para nadie es un secreto que históricamente la clase política ha tenido de rodillas a la población y que lo único que han buscado satisfacer han sido sus propios bolsillos.

Lamentablemente pareciera que en Guatemala la política – que ha sido definida por grandes doctrinarios como “el noble arte de gobernar” – se ha convertido en “el noble arte de robar”. Es por eso que la renuncia de Baldetti me impresionó tanto, pues ante los últimos acontecimientos, me pareciera que estoy viviendo en un país muy distinto al que alguna vez me acostumbré.

No cabe duda que aquel 25 de abril de 2015 marcó un precedente histórico para el país. Veinte mil almas se congregaron en la Plaza de la Constitución para manifestar pacíficamente en contra del gobierno. Ese día el mundo fue testigo de una cátedra de civismo por parte del pueblo de Guatemala que salió a las calles, no solamente a exigir la renuncia del flamante binomio presidencial, sino como una forma de repudio a toda la clase política corrupta que nos gobierna.

Conforme avanzan los días, contrario a lo que se hubiera pensado, las manifestaciones han ido aumentando en número, intensidad y frecuencia. Increíblemente el movimiento #RenunciaYa logró convocar el 16 de mayo a aproximadamente sesenta mil personas – tres veces más que la primera manifestación – lo cual demuestra que la población está demandando una reestructuración profunda del Estado, y no únicamente retoques y reformas superficiales, que al fin de cuentas nos terminan dejando en la misma situación.

No todo era optimismo, muchos guatemaltecos se encontraban escépticos en relación a los efectos inmediatos de las manifestaciones. Sin embargo, los resultados están a la vista, y es claro que poco a poco el gobierno se ha ido debilitando: detenciones de funcionarios, renuncias de ministros y señalamientos de corrupción por todos lados.

Al día de hoy, el gobierno de la “mano dura” se hunde y parece que el Presidente se ha quedado solo. Considero que la renuncia de Otto Pérez sería sana para el país, oxigenaría un poco el sistema político. Su permanencia en el cargo únicamente prolonga la agonía de un gobierno que quedará marcado como uno de los más corruptos de la historia.

Ojo, nadie ha dicho que gobernar un país tan conflictivo como Guatemala sea fácil. Lo único que exigen gobernados a gobernantes es que trabajen en beneficio del país, que respeten la ley, que no sean corruptos, y que sean, como dijo alguna vez el gran Abraham Lincoln “un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

No cabe duda que se ha despertado en la población la chispa de la democracia. Pues si alguien creía que, por tener elecciones y votar cada cuatro años vivíamos en democracia, ese alguien está totalmente equivocado.

¡ESTO ES VIVIR EN DEMOCRACIA!

Ahora bien, esto es solamente el comienzo. Al final del camino, nada valdrá la pena si no se empiezan a materializar cambios puntuales y concretos.

Si bien es cierto se debe realizar una reforma estructural del Estado, considero importante que la sociedad civil empiece a presionar también al poder legislativo, especialmente para la aprobación de reformas a la Ley Electoral y de Partidos Políticos.

Lo anterior tomando en consideración que el sistema de partidos políticos se encuentra totalmente colapsado, y con dichas reformas se podrían evitar fenómenos como la campaña electoral anticipada, el financiamiento ilícito de los partidos, las propagandas millonarias y, la actividad favorita de nuestros queridos diputados, el transfuguismo.

Muchos han comparado lo que se está viviendo en la actualidad con la histórica revolución de 1944, y quienes afirman esto no están tan alejados de la realidad, pues aunque las situaciones y coyunturas políticas son muy distintas, el espíritu de desencanto de la población es el mismo. En ese sentido, es cierto que los jóvenes somos el futuro de la nación. Pero el futuro únicamente se construye viviendo el presente, por lo que el relevo generacional se hace necesario, y los jóvenes debemos prepararnos intelectual y humanamente para ese relevo.

La clase política del país se encuentra totalmente desacreditada, desgastada y con poca credibilidad ante el ciudadano. Y, ¿quién más puede cambiar ésta situación, si no el mismo ciudadano? Tengo 20 años y en este momento de mi vida me encuentro en una encrucijada: es la primera vez que ejerceré mi derecho al voto y, a todos lados que volteo a ver, no encuentro un proyecto político que realmente valga la pena.

Aun así, pienso votar por alguien. Pues considero que votar nulo sería una irresponsabilidad de mi parte. Es por ello que es trascendental que nos informemos, que analicemos y debatamos las propuestas de los distintos candidatos, de manera que podamos tomar la decisión más beneficiosa para el país en este próximo proceso electoral que se avecina. Eso sí, de una cosa estoy plenamente convencido: la política en Guatemala jamás volverá a ser igual. El próximo gobierno, sea quien sea el Presidente, estará siendo vigilado y fiscalizado por el ojo ciudadano como nunca antes.

En lo que a mí respecta, sigo creyendo en un mejor mañana. Se está levantando en Guatemala una nueva generación de hombres y mujeres de bien que amamos a nuestra patria. Las manifestaciones me han hecho volver a creer. La renuncia de Baldetti me hizo volver a creer. En palabras de Otto René Castillo: “¡Ay Guatemala! cuando digo tu nombre retorno a la vida. Me levanto del llanto a buscar tu sonrisa (…)” Nos han visto la cara siempre, pero ya no más.

¡Ya no más Guate! No queremos más esclavos que laman el yugo. Porque a los tiranos…a los tiranos los hacemos renunciar, ¿verdad?

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