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Pamela Aviles/ Opinión/

Habrá quiénes coincidan con esta opinión, y quienes no. Pero, eso no detendrá el análisis del que es objeto esta columna. Primero introduciré un concepto que pertenece a la rama del estudio de la política que se denomina PublicChoice o en castellano –a veces traducido como: Análisis de las decisiones públicas. Bajo estas teorías he aprendido que el mercado político funciona bajo lo que se conoce como  “ignorancia racional”; lo que significa  que los costos de obtener la información completa de todos y cada uno de los fenómenos políticos, que corresponden a la realidad guatemalteca, representa un altísimo costo para los ciudadanos –que deben considerarse- potencialmente activos. Por consiguiente, la gente decide racionalmente ignorar algunas de las circunstancias políticas, puesto que muchos de los individuos no están dispuestos a prescindir de sus actividades cotidianas, para mantenerse al tanto de cada uno de los sucesos políticos.

Al decidir ignorar algunas “piezas del rompecabezas” político, los costos de recolección de información se reducen, de manera que cada individuo puede continuar trabajando en aquello que se ha especializado.  Ahora bien, ya explicado el por qué  la gente muestra tan poco interés sobre la política guatemalteca, puedo continuar explicando, por qué la oferta política –es decir: los candidatos y sus campañas- se reduce a ser un líder que “da más” o el “mejor postor” con el “mejor producto”. Así bien, el político resulta ser un empresario que ofrece un producto, el cuál quiere vender.

La explicación de la analogía anterior, se reduce a que el político busca que todo aquel que entre en la categoría de ser un votante, le compre un producto: su plan de gobierno.

Me gustaría decir que en Guatemala, nosotros –los votantes- compramos el producto de los políticos porque sus ideas también son nuestras, porque sus ideales encajan con los nuestros, y porque su visión y misión por Guatemala es la misma que la nuestra. Pero la realidad es que la razón por la que compramos el producto del político está muy lejos de ser de esta manera.

Es preciso afirmar que en Guatemala las ideas parecen ser algo tan anticuado e inútil como lo es un VHS, un casete, un ábaco, y muchas otras cosas que en la actualidad han sido reemplazados por el DVD o netflix, un iPod, y una calculadora. Sin embargo, también es incorrecto afirmar que las ideas pueden ser reemplazadas por algo mejor y que las creencias puedan ser sustituidas, porque incluso las innovaciones, reemplazos y sustituciones, de todo lo que ahora se considera antiguo, son producto de las ideas. Así se mostró en un reportaje de Publinews el pasado mes de Febrero, en el cual  se afirma que las campañas políticas han dejado por un lado la ideología, que todo es convertido en producto; pero que las ideas no son el objeto de venta para los políticos. Lo que se vende ahora, es decir el producto real de un político–sin escrúpulos-, son láminas, bolsas seguras, dinero para que los niños atiendan a la primaria, cargos en los diferentes ministerios, puestos en las listas para diputados, negocios de carácter monopólico y con grandes ganancias, entre otros.

Pilar Cangas, una politóloga reconocida, introduce una clasificación de los partidos políticos denominada “catch-all party”, es decir partidos “atrápalo todo”; ella define este tipo de organizaciones como aquellas que son pragmáticas, desideologizadas, heterogéneas, y abiertas a cualquier grupo de interés. En otras palabras, los partidos ahora están dispuestos a dar “una rodaja del pastel” a toda aquella minoría organizada que se encuentre  dispuesta a comprar el producto del político. Sin embargo, en Guatemala es evidente que la figura política tiene mayor importancia que el partido como tal, tendemos a votar por “Juanito, porque me cae bien” o por “Pedro, porque es el menos peor”.

Por lo mismo, en Guatemala además de partidos que buscan acapararlo todo, hay –y con mayor fuerza- políticos “atrápalo todo”. Un ejemplo claro es la campaña del plan de gobierno del Partido Patriota –o más bien dicho el producto de dicho partido-, que de un día para otro, incorporó la tan demandada “bolsa solidaria” en dicho plan. Vemos entonces que los políticos en Guatemala buscan dar lo que sea para poder  ganar y así “servir al pueblo de Guatemala”.  Las campañas políticas se vuelven entonces una subasta  de favores, de ofrecimientos y regalos, cuando en realidad debería ser un debate ideológico, de valores, reformas y propuestas para innovar y mejorar.

La campaña se ha transformado  en una competencia para decidir quién es el mejor postor, el que mejor producto tiene, para que en un futuro pueda ser “el más votado”.

Sin embargo, y a pesar de todo, racionalmente decidimos ignorar esta enfermedad de nuestro sistema político porque es menos costoso aceptar todos los favores, regalos y demás que los políticos nos ofrecen, a exigir el plan de gobierno de cada uno de los candidatos y mucho menos leerlo.

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