By Brújula
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El miedo al otro nos ha empujado a hacer cosas que antes no hubiéramos imaginado.  Decidir no bajar el vidrio para recibir el volante de oferta de cursos de inglés que el joven de 18 años, seguramente en su primer trabajo, reparte en los semáforos, por miedo a que nos asalte.  Reducir las pláticas con los vecinos, a quienes no les sabemos el nombre o su cumpleaños, a pesar que ambos nos encontramos encerrados en una colonia custodiada por agentes de seguridad.  Pasar al supermercado en sustitución de la tienda del barrio, bajo la falsa idea que los centros comerciales “son más seguros”, dejando a un lado las conversaciones con Don Carlos, aquel señor de la tienda tan simpático que cuando éramos pequeños nos regalaba un dulce de café cada vez que llegábamos a visitarlo.  Todas estas acciones se han convertido en parte de nuestra rutina cotidiana, reacciones de conservación animal a las que hemos debido recurrir a causa de la inseguridad que se percibe en el país.

El miedo es una reacción espontánea del ser humano cuando se ve enfrentado a situaciones que amenazan su integridad.  El miedo provoca y estimula otra gran cantidad de sensaciones y comportamientos en las personas: vigilancia, precaución, protección, escape, defensa o incluso el mismo ataque físico.  ¿Cuántas veces el simple hecho de subirse al carro desencadena ya toda una serie de estas reacciones como la vigilancia?  Esconder el celular, guardar la bolsa, cerrar la puerta con llave, y una vez en marcha, echar vistazos automatizado a los tres retrovisores, incluso ya en un orden que no percatamos: enfrente, derecha, izquierda.

Y de repente, el repartidor de volantes, el vecino de la colonia que nos sonríe en el carro de la par o el señor de la tienda.  Y el miedo vuelve a activar todos sus impulsos nerviosos.  La violencia en nuestro país ha llevado a una explosión en velocidad turbo de todas las redes de confianza y tejido social que poco a poco el país se encontraba construyendo de nuevo después de 36 años de guerra.  Nos hemos deshumanizado, perdido contacto con el otro y en cambio, únicamente hemos afianzado nuestras relaciones personales más cercanas: la familia y los amigos.  Como comunidad landivariana creemos que es importante volver a mirarnos a los ojos y reencontrarnos, reconocer que el otro no es necesariamente el enemigo.  Animarse a platicar con Don Carlos y saludar al vecino de enfrente. ¿Y aquí en la Universidad?  Platicar con la señora que nos atiende en el food court, saludar a la señor de la limpieza o preocuparse por el catedrático que operaron y no llegó a clases por dos semanas.  Debemos empezar a recuperar las relaciones humanas que la violencia nos ha arrebatado.

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