By Carlos Martínez Roca
Posted: Updated:
2 Comments

Carlos M Enero 1

Carlos Martínez / Opinión /

Sin mayores preámbulos moralistas, les comparto un dato duro que, esperaría yo, les toque un poco las entrañas y los haga reflexionar un poco:

Entre 2000 y 2014, la pobreza en Guatemala aumentó en un 2.9%. Eso significa que en el país de la eterna primavera más de la mitad de la población es pobre, siendo más específico, el 59.3% de los chapines no cuentan con lo necesario para vivir dignamente.

La situación no es nueva, y eso es lo realmente preocupante. El fantasma de la pobreza se ha convertido en una constante, en un rasgo característico de nuestro país y pareciera que hemos caído en una especie de “acomodo” ante la situación tan preocupante que afronta nuestra nación. Dice un dicho por ahí que “los seres humanos nos hemos dejado de maravillar, y no precisamente por falta de maravillas”.

En el caso de Guatemala, utilizando un razonamiento contrario, sería correcto afirmar que los guatemaltecos ya no pensamos en la pobreza, y no precisamente por falta de pobres.

Detengámonos por un momento y analicemos nuestro día a día: salimos de casa al trabajo o a la Universidad y el semáforo marca rojo. Inmediatamente aparecen en escena dos niños malabaristas con el cuerpo bañado en pintura plateada, del otro lado de la calle, seguramente, puede que esté otro individuo lanzando fuego con su boca o puede que esté una mujer indígena, con su niño recién nacido en brazos; todos pidiendo limosna.

Puedo imaginar lo que muchos piensan al respecto. Yo mismo he escuchado el típico: “no hay que darle dinero a esa gente, únicamente se fomenta la vagancia”, o “gente huevona, ¿por qué no se van a trabajar?”. Sería pertinente preguntarse si en realidad se fomenta la vagancia al ayudar a una persona que lo necesita. Yo no sé a ustedes, pero a mí esos argumentos no me terminan de convencer.

Algunos podrían alegar que conocen muchos casos de personas que piden limosna en la calle y que, con todo el dinero que juntan, tienen más plata que cualquier persona trabajadora que se gana su pan de cada día con el sudor de su frente. Y sí, ¿por qué negarlo? Es probable que algunos sinvergüenzas hagan del pedir limosna su modus vivendi, no lo dudo. Sin embargo, me atrevería a afirmar que la gran mayoría de esa gente que anda por las calles pidiendo dinero es porque, simple y llanamente, no tienen qué comer. Son pobres. Gente pobre. Gente que pertenece a ese porcentaje fatal de guatemaltecos que viven en la pobreza.

¿Mi opinión? Me parece que si esa gente toma la decisión de salir a la calle, exponerse públicamente al rechazo y a la humillación, es porque hay una necesidad muy fuerte de por medio. Las cosas se llaman por su nombre, y en este caso, justo es reconocer que la gente más pobre se encuentra en un fuego cruzado: por un lado, el Estado no fue capaz de proporcionarle las condiciones necesarias para una vida digna. El Estado fallido en el que nos hemos convertido ha incumplido con el mandato constitucional de garantizar el bienestar de todos sus habitantes. No hay trabajo, no hay educación, y por eso les toca salir a la calle; y por otro lado (por si no fuera suficiente que el Estado les haya dado la espalda), a la gente que está afuera no les importa la situación de aquellos que se están muriendo de hambre, y por el contrario, la mayoría los ve como vagos, maleantes o rufianes de mala vida.

Tampoco pretendo que quien lea este artículo, de la noche a la mañana, cambie su forma de pensar y empiece a darle Q.1.00 a cada limosnero que se encuentre por la calle.

Cierto es también que la pobreza, como fenómeno social, presenta diversos matices y aristas que es necesario analizar en su justo contexto. Ni todo es culpa del gobierno, ni todo es indiferencia nuestra. Es un problema bastante complejo que debe arrancarse desde raíz, tomando en cuenta los diversos factores que la generan.

Aún así, pareciera paradójico que un país tan pequeño – en comparación con las grandes metrópolis del mundo – y con tanta riqueza natural, esté catalogado entre los países más pobres del mundo.

¿La razón? La gran brecha que actualmente existe entre la mal llamada Guatemala profunda y la otra Guatemala, la Guatemala de Paseo Cayalá, por ejemplo. La marcada desigualdad social que impera en nuestro país es tema de otro artículo, sin duda, pero que al final de cuentas es la raíz de todos los problemas que afronta la nación: pocos que tienen mucho y muchos que tienen poco.

El sistema es desigual por naturaleza, desde su génesis. No se puede pretender cambiar la realidad económico-social del país en un abrir y cerrar de ojos. Aunado a lo anterior, y para colmo de males, ninguno de los sistemas políticos ha sabido dar respuesta a la necesidad de la gente pobre: ni el comunismo (un sistema injusto y que atenta contra los derechos humanos), ni el capitalismo (que nos tiene hundidos en la miseria), ni los pseudo-sistemas de hoy en día, llámese socialismo del siglo XXI o neoliberalismo.

La gente pobre ya no quiere ser pobre, independientemente del sistema. No creo que ninguno de los pordioseros de la calle sepa de teorías económicas. ¡No le importan! Lo que le importa es su necesidad: el vacío que está sintiendo en el estómago por no tener comida.

Mi punto es el siguiente: Guatemala, ese país que en los últimos meses ha cambiado su forma de pensar en relación a la clase política corrupta que históricamente ha gobernado. Ese país que logró meter a la cárcel al binomio presidencial que asaltó las arcas del Estado durante su mandato. Ese país que logró congregar a miles y miles de personas en la Plaza de la Constitución para exigir reformas estructurales en el sector político y el sector justicia. Ese país no puede darse el lujo de seguir siendo indiferente ante la pobreza.

Es decir, ¡hemos avanzado mucho en muchos aspectos! Pero creo firmemente que la conciencia social sobre la grave situación de pobreza que afronta el país no debe de ser la excepción.

Hace algún tiempo, a la gente no le gustaba hablar de política. No les importaba. Les daba igual si los gobernantes de turno robaban o no. Apatía al máximo. Ahora el panorama luce diferente, las personas critican, las personas opinan, las personas debaten, y así, el ojo ciudadano está cada vez más vigilante del quehacer de los políticos. ¡Perfecto! Pues así como dejamos de ser indiferentes ante la corrupción, creo que es necesario ponernos la mano en la conciencia y voltear a ver a los más necesitados. A la gente pobre que tanto lo necesita.

No me malinterpreten: con esto no quiero decir que pongamos todas nuestras propiedades a nombre de un pordiosero de la calle. Ni mucho menos (que no fuera mala idea, pero impensable en nuestra cultura occidental).

Lo que trato de decir es que debemos de ser más conscientes, en especial los jóvenes, y de manera más especial aún, los universitarios.

Discúlpenme, pero un universitario sin conciencia social no es más que la misma basura de siempre. En Guatemala sobran los profesionales. Pero, en realidad, ¿cuántos de esos profesionales son conscientes de la realidad que los rodea? ¿Cuántos de esos profesionales ayudan a las demás personas sin antes exprimirles el bolsillo? ¿Cuántos de esos profesionales se atreverían a realizar un trabajo pro bono? Muy pocos tal vez.

Es común escuchar aquellas frases motivadoras: “estudia mijo, graduate de la Universidad y ¡vas a hacer pisto!”. Con toda honestidad, prefiero ser un profesional sencillo y humilde, con mucha conciencia social y que con mi trabajo pueda ser capaz de ayudar a muchas personas. En lugar de ser el mejor abogado de Guatemala, bañado en dinero, con dos maestrías y un doctorado, pero con un corazón mezquino e indiferente ante la gente más necesitada.

En fin, al final cada quién es responsable de sus propios actos y de la forma en que decide conducirse en su vida.

Como diría San Pablo, al final de los tiempos, vamos a ser juzgados de acuerdo a nuestra conciencia. Creo que San Juan de la Cruz lo entendió mejor al afirmar que “seremos juzgados de acuerdo al amor”. ¿Qué tanto amamos a los demás? ¿Seguiremos siendo indiferentes? Ya no más.

Creo que no es justo para Guatemala. Me parece buenísimo que ya no soportemos la corrupción. ¡Good for you! Pero, ¿y los pobres? ¿Eso sí lo seguimos aguantando?

Exijamos cambios, urge dejar de vivir en el país de la indiferencia.

Imagen

About the Author

Estudio Derecho, no leyes. Zurdo, soñador y poeta. Idealista hasta el tuétano.

Related Posts

Durante el primer trimestre del año 2020 una enfermedad infecciosa y sumamente contagiosa...

Es difícil decir algo que no se haya dicho ya acerca de esta pandemia, especialmente cuando no...

En mi niñez viví en una familia alegre, hacíamos muchas cosas juntos, disfrutábamos de las fiestas...

2 Comments
 
  1. Avatar
    Pablo R. / 26/01/2016 at 16:44 /Responder

    Charlie para presidente

  2. Avatar
    Evelyn Santos / 27/01/2016 at 09:00 /Responder

    La indiferencia es prácticamente una deshumanización social que vivimos actualmente, nos hemos acostumbrado a ver todo como “normal” tanto los actores como los espectadores. Un niño que sale a la calle cree que salir a vender o a hacer malabares es “normal” es común y su corta visualización del mundo lo hace pensar que así viven los demás. Al igual que un joven universitario de clase social media que piensa en divertirse, en hacer dinero, en estudiar, desconoce totalmente la realidad de la mayoría y tampoco le importa conocerla, su mundo es otro.
    La indiferencia viene de actores y espectadores, cuál es la solución? Cuál es la respuesta para resolver este problema? No existe una formula mágica para resolverlo. Pero si puede haber un cambio entre usted que lee y yo. Hagamos cambios de mentalalidad, pensemos en los demás, trabajemos para la gente, desarrollemos mentes, opinemos y principalmente involucrémonos en conocer la realidad para proponer cambios.

Leave a Reply