Mafer-Sandoval-Junio

María Fernanda Sandoval / Opinión /

La soberanía, el poder elegir, imponer y ser autoridad en un territorio delimitado pertenece al pueblo -teóricamente-. El pueblo es quien, a través del voto, delega a los gobernantes la tarea de crear y hacer cumplir las leyes, así como de ejecutar las acciones necesarias para la felicidad de todos. Claro, puede pensarse que esto es teoría pura y que las realidades son distintas, sobre todo la de nuestro abandonado país. En el que la mayoría no analiza a quién elige, se dejan llevar por canciones y propagandas atractivas, y en el peor de los casos, se dejan comprar a través de medios que -por unos pocos días- los hagan sentir estableces y seguros. Una patria llena de personajes infames que se engrandecen con fondos estatales y dinero que no es suyo, tomando decisiones sin respaldos legales y sin el más mínimo respeto hacia aquellos que los llevaron al poder.

Lamentablemente son varios los pobladores desesperanzados que con desanimo total susurran un “de que vale protestar, a vos con tu cartel no te va a pelar nadie.”

Encontrando como fundamento la realidad que nos abraza, en la que el supuesto poder soberano que se estudia en las aulas solamente se efectúa en tiempos de votación y ni siquiera por decisión propia, sino por planes macabros de mentes políticas que se valen de las necesidades de las personas menos favorecidas para adueñarse de la guayaba por un rato, o peor aún, para alzar la voz con palabras que no les son propias.  Así que nuestros desesperanzados se convencen de que es mejor no manifestarse, mejor no pretender nada, si nuestras voces e intereses nunca llegarán a oídos de quienes dirigen el país. Es preferible resignarse a la pobreza, la desnutrición, la falta de empleo, la falta de salud, la analfabetización, la impunidad, la injusticia y sobre todo, la corrupción que nos ahoga; a demandar eso que nos aqueja, después de todo no va a cambiar.

Y por supuesto, es preferible para los gobernantes tener desesperanzados que no “pierdan el tiempo” exigiendo transparencias, así como minimizar aquello que unos cuantos demandan y fingir frente a ruedas de prensa que todo está bien, que son pocos los que se declaran en contra. Pues bien, si este poder del pueblo no es suficiente. Si es doctrina estatal que no es real; suena bonito.

¿Por qué entonces al manifestarse el pueblo, se le tiene tanto miedo? Pese a que -objetivamente- lo que desató el descontento nacional y movilizó a la clase media a moverse fuera de la comodidad de sus casas un sábado en la tarde, fue el caso de corrupción nombrado como “La Línea”, en el que Juan Carlos Monzón secretario de la exvicepresidente de nuestro país, fungía como líder. Pese a que esta clase media sacó de sus bolsillos el dinero para hacer sus carteles y movilizarse para decir que estaban cansados que estos altos funcionarios se apropiaran de forma ilegal de sus recursos. Pese a que en fecha 9 de mayo se dio a conocer la renuncia por supuesta voluntad propia de Roxana Baldetti, la cual era la mayor solicitud en la primera manifestación del 25 de abril.  Pese a que en la 16M, los manifestantes prefirieron seguir bajo la lluvia a volverse a sus hogares sin que nadie les prometiera un almuerzo, un regreso o una “bonificación”

¿Por qué entonces circulan páginas virtuales y se realizan llamadas telefónicas con el fin de dejar sin legitimación lo que la sociedad pide? ¿Quién puede plantearse un pensamiento tan cínico como hacer creer al transgredido que las ideas por las que lucha son producto de alguien más.

Tal vez sea el gobierno actual que ha visto desmoronarse la tierra bajo sus pies y en el que de a poco han caído varios funcionarios. O algunos cuantos que con ansias acunan la idea de ser un funcionario público importante, buscando más dinero al alcance para robar.

El poder del pueblo es real, se escucha a gritos los sábados en las calles de todo el país. Este pueblo conformado por niños, jóvenes, ancianos y adultos;  indígenas y ladinos, hombres y mujeres, todos por igual. Todos cansados de lo mismo. Izquierdosos y derechistas, todos perjudicados por la situación. Y si la teoría que lo respalda no es suficiente, y tampoco lo son las llamadas y mensajes de páginas sospechosas que lo disminuyen, entonces cabe retroceder el tiempo hace cuatro años y recordar la pequeña diferencia de 319,376 personas que eligieron al partido actual, comparados con los 15 millones de guatemaltecos que somos. Fuimos solamente trescientas mil las que decidimos, seamos trescientas mil las que exigimos bienestar, ya que no estamos tan lejos de alcanzar el número.

Tenemos con nuestro voto la capacidad de cambiar el futuro, empadronémonos. Tenemos la obligación de fiscalizar al gobernante que elegimos, hagamos escuchar nuestra voz. El poder está en el pueblo y lo empezamos a comprender, nuestra participación política es fundamental en la balanza, no la dejemos de lado. Informémonos, no permitamos que nos confundan y nos callen, y sobre todo no nos demos por vencidos antes de luchar.

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