Por: ValentinadeLeón, campusSanAlberto Hurtado S.J de Quetzaltenango.
Tratar con la muerte es aceptar que habrán despedidas que no pedimos, un duelo silencioso que se encarna en el alma y que habrá grietas en nosotros que ni siquiera sabíamos que existían.
Me reconozco como alguien que ha perdido demasiado, de formas distintas y a destiempo, y aunque el dolor no se vuelve menos intenso, es cierto que un adiós que no se escucha, viene cargado de enseñanzas. Nos demuestra que estar solos es riqueza, que la compañía a veces abruma, pero, sobre todo, que nada es para siempre, ni lo bueno, ni lo malo. La muerte me enseñó a cultivar cierto grado de sensibilidad emocional, a sostener las ausencias sin que me arrastren por completo, pero no nos engañemos, saber atravesarlas no me exime de quebrarme.
Quiero volver a la primera vez en la que quise reclamarle a lo único que no tiene solución. Como alma principiante, no supe interpretar el mensaje que trae la muerte y además no era capaz de comprender que el mundo que se detenía era solamente el mío. Aceptar que el tiempo nunca se va a detener, ni siquiera ante un dolor tan profundo como la muerte, es una tarea de la mente y del corazón, cada uno en su debido momento, el tiempo seguía corriendo segundo tras segundo y yo me frustraba pensando que todo debía detenerse ante el dolor que enterraba a mi esencia, que error tan humano.
El duelo tocó la puerta, no le abrí y quebró mi ventana, convirtió el hogar en un espacio extraño, en un caos demasiado silencioso, mismo que lo volvía incómodo. El tiempo quizá no se detiene, pero sí se hace más lento, más espeso, más profundo. Tal vez, en mi afán por hacer que el mundo se detuviera conmigo, hice todo lo posible por cumplir con eso, aunque se tradujera en años perdidos por andar encapsulando sentimientos. No quiero juzgarme, quiero comprenderme, en ese momento no tenía las herramientas necesarias para sostenerme, solo estaba tratando de sobrevivir de manera equivocada.
De alguna manera el duelo siempre está, aunque no lo notemos de primera mano, aunque lo creamos superado. Cuando uno extraña, se aferra al pensamiento de que la muerte, aunque dolorosa, no es tan mala como parece, que la muerte es parte de la vida y no tengo que recriminarle el por qué se lleva a una parte de mi esencia, sino preguntarme qué me está enseñando su ausencia, con manos duras nos enseña lo frágil, nos obliga a mirar lo esencial, a reconocer el amor en su estado más puro: el que permanece incluso cuando ya no hay cuerpo que lo contenga.
No se trata de que deje de doler, porque si somos honestos, eso quizá nunca llegue a suceder, se trata de entender que cada ausencia tiene su propio lenguaje, que no todos nos van a hablar de la misma
manera. Los que partieron no desaparecen del todo, he de admitir que no soy la misma desde que faltan, y tal vez eso sea lo más honesto que puedo decir sobre el duelo: que transforma. No en el momento, no de golpe, pero sí con el tiempo. Te vuelve más consciente, más sensible, más capaz de sostener lo que antes parecía insoportable.
