Marcelo I. Coj Sam

¿Ya te diste cuenta del evento que nos espera a la vuelta de la esquina? No es el concierto del artista de moda, ni su nuevo disco. ¡Tampoco el chupe del finde! Se trata del 11 de septiembre, el día en que elegiremos a las autoridades que nos gobernarán los próximos cuatro años. Así que ¡pilas! porque es un día muy especial; el día de hacer valer nuestra ciudadanía.

Ser pilas implica analizar y meditar muy bien a quién le daremos nuestro voto. ¿Qué cosas debemos tomar en cuenta? Primero, la trayectoria del candidato y conocer su grado de compromiso con Guatemala. Esto significa observar si no ha sido denunciado por corrupto. Segundo, su experiencia y nivel de educación, puesto que ello nos dará alguna certeza de lo que haría en su cargo. Recordemos que no necesariamente el nivel de educación es lo más importante, pues hay candidatos que a pesar de su buena formación, dejan mucho que desear, con promesas incoherentes y sin fundamento. Tercero, y a mi juicio lo más importante, la coherencia y sustento de sus propuestas de campaña –destacándose los planes de gobierno-.

Sobre este último, los políticos tienen la tentación de prometer más de lo que pueden cumplir, sin importar si pueden o no efectuar sus promesas de campaña. Esto con el único fin de obtener nuestro voto y de esta manera ganar las elecciones. Evitar dicha situación está en nuestras manos. Si aprendemos a separar el trigo de la paja, podremos identificar qué propuestas están hechas con el ánimo de cambiar Guate y cuáles no.

Por otro lado, a la situación de lanzar propuestas sin fundamento, a sabiendas de que no se podrán cumplir y que constituirán un engaño, se le llama demagogia. Ésta tiene efectos negativos para nuestra democracia, ya que hace que nosotros ya no creamos ni confiemos en los políticos, y por esa vía, ya no busquemos mejorar nuestra democracia.

Por todo lo anterior debemos analizar cuidadosa y detalladamente sus propuestas. Eso significa verificar la factibilidad de las propuestas de los partidos políticos. En pocas palabras, ver si sus propuestas son realizables y posibles de hacer. Las promesas de campaña deben ser viables en términos políticos, legales, técnicos y presupuestarios. Viables políticamente en el sentido de que cuenten con el respaldo de los grupos implicados. Por ejemplo, si alguien propone una rebaja del sueldo de los funcionarios públicos, es probable que no cuente con ningún inconveniente de tipo legal, técnico ni presupuestario, pero sí del lado político. Seguramente se armaría una huelga que impediría tomar esa medida. Así que de antemano, esa sería una propuesta irrealizable, por más que sea fácil de implementar.

En sentido legal, si un candidato a presidente propone la no reelección a alcaldes y diputados, debemos saber que eso es inviable, puesto que ese tipo de decisiones no le competen al presidente. En sentido técnico, si para la capital prometen traer agua desde Huehuetenango, hay que saber que eso es imposible, ya que requiere de una expertise que supera a nuestros ingenieros y técnicos. Asimismo, políticamente sería inviable puesto que las comunidades de Huehuetenango por el miedo de quedarse sin agua, seguro se opondrían. Finalmente, el Estado a duras penas cuenta con recursos financieros para esto, mucho menos la municipalidad de Guatemala.

En el ejemplo anterior ya se adelanta un poco la viabilidad presupuestaria. En pocas palabras, ésta versa sobre la disponibilidad de recursos para cumplir las propuestas electorales. De hecho, en este punto es donde son más débiles las promesas de los políticos. A manera de ejemplo, si nos prometieran que van a construir un nuevo aeropuerto, construir un millón de viviendas y duplicar el número de policías (de 20,000 a 40,000). Sabemos que eso es imposible. Tales proyectos superarían en por lo menos el doble el presupuesto estatal (que es de casi 50,000 mil millones de quetzales).

Otro ejemplo lo constituye si un político ofrece rebajar impuestos, como es el caso de una propuesta que anda por ahí –de un tributo único del 5% sobre los ingresos-. Eso en el corto plazo representaría una caída drástica de los ingresos estatales, paralizando el aparato estatal e impidiendo cumplir con cualquier programa de gobierno. Ello sería un suicidio político que se llevaría a toda Guate por la borda. ¿Por qué digo esto? Porque sin recursos, no podría satisfacerse las demandas ciudadanas, entre ellas la seguridad. Esta se desbordaría más de lo que conocemos, ¡haciendo imposible gobernar y vivir!

Por último, les dejo el suplemento la “Hola Política” para que conozcamos con qué promesas endulzan nuestros oídos y ojos los candidatos a la presidencia, www.lahora.com.gt/index.php/suplementos/suplementos/politico

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