By Alexander López
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Alexander López / Opinión /

No puedo hablar que si soy normal o no, porque no existe un ideal de normalidad. No puedo decir que están mal y yo estoy bien porque no conozco sus intenciones ni su historia, no puedo juzgarlos según cómo actúen en contraposición a mis ideales y valores cristianos porque no hemos sido formados de la misma manera; lo que sí puedo hacer es, asegurarme de convivir con aceptación y apoyo a pesar de todas nuestras diferencias.

La situación va cambiando y con la ayuda de periódicos y redes sociales, artistas como Macklemore o The Irrepressibles, e incluso el propio Papa Francisco, nos han brindado un precedente cultural y social hacia un camino a la aceptación y el perdón, desprendiéndonos de estereotipos incrustados por la sociedad y cambiándolos por: ser homosexual o bisexual no es pecado, no es un problema y ni mucho menos una enfermedad.

Sin embargo, estos precedentes no serían significativos si no experimentáramos la contraposición de algunos otros, como en las publicaciones de columnistas o los comentarios en los artículos que son compartidos por periódicos a favor de la comunidad y que el objetivo es el de promulgar diálogo. Lo que observo con gracia y preocupación es que en la mayoría de los casos, aparecen más los comentarios de los santulones y predicadores con su juego de citar textos de la biblia para ver quién puede juzgar más y hacer perder con más versículos al contrincante.

Esta contraposición también podría provenir del propio hogar así como de algunos amigos cercanos quienes querrán curarte con unas cuantas idas a la iglesia, especialmente la cristiana evangélica que todo lo cura. A pesar de estas conductas, observo que estos amigos tienen gestos de generosidad y amor, así como intenciones de querer lo mejor para nosotros y a veces estos sentimientos son manchados por su propio egoísmo y necesidad de perfección a través de nuestro cambio.

El rechazo que se genera en la sociedad a través de la homofobia no es la única que nos afecta, sino también aquella que contradictoriamente se genera dentro de la misma comunidad LGTB, que se encarga de ejercer rechazo por el hecho de ser bisexuales, Drag Queens, transgénero, gordos, delgados, maricones, machos, ocultos en el clóset o públicos de día o de noche, etc.-.

Ser homosexual o bisexual no es solamente tener relaciones sexuales con personas del mismo sexo o sentirnos atraídos por éstos. Ser homosexual es primeramente un sentir o ser que no puedes cambiar, porque nunca decidiste querer ese algo –simplemente vino a tu vida-, ni mucho menos sanar porque nunca la felicidad llegó a ser una enfermedad. En segundo lugar, -y hablando de la contrapartida- también acarrea cierto sufrimiento o insatisfacción emocional causado por la presión social de un entorno dogmático, conservador y poco abierto, también por los ideales, las necesidades homoeróticas singulares o desbordadas, la ansiedad, el temor  e incluso por el hecho de la no estabilidad en una relación amorosa según la “predisposición que los homosexuales tenemos a ser promiscuos o infieles”, aunque en ambas situaciones los heterosexuales no se quedan atrás. Todo lo anterior combinado con la homofobia del entorno, genera una situación desagradable y frustrante del que muchos tomamos uno de los tres caminos: hacer frente y asumir la orientación con aceptación, valentía y agradecimiento; la segunda, ocultarse y asumir una doble vida, que en la mayoría de veces termina en tristeza o inconformidad; y la tercera -y quizás las más triste-, el resguardo en adicciones e incluso el suicidio.

Pero la vida no es mala como aparenta ser para la comunidad LGTB porque tenemos los mismos ideales y espíritu de felicidad y amor que cualquier persona. Asimismo también tenemos el lado humano –en algunos casos, más desarrollado que nuestros pares- y el soporte emocional. Siempre hay personas cercanas que no se imaginan cuánto serán de especiales en su vida. Para mí, los primeros de ellos, mis padres quienes han entendido con esfuerzo y amor mi orientación, dejando atrás sus deseos e ideales para mi futuro. No solo mis padres, sino también mis amigos, entre ellos, amigas y unos cuantos amigos varones cercanos y heterosexuales, quienes con su apoyo, sentido del humor y respeto me han hecho sentir valorado por lo que soy: un hombre hecho y derecho. ¡Ah!, que satisfacción me da saber tener amigos quienes me entienden –o tratan de hacerlo-, escuchan y aman a pesar que mi orientación es distinta o en algunos casos, igual a la suya.

Quisiera que realmente el mundo entendiera que la homosexualidad o bisexualidad no se puede curar o cambiar y que no tiene que ver con ser una aberración para Dios, únicamente por ser diferente ya que de lo contrario no nos hubiera podido crear de esta manera. Al final somos personas de bien y con un buen corazón. Somos iguales que todos y con la característica de que nos atraen personas de ambos o solo del mismo sexo.

Sé que es difícil entender lo que no se conoce y que causa temor y malestar pensar en semejantes actos homosexuales, pero es lo que nos hace feliz, lo que nos llena o atrae, no por el hecho de haber decidido eso, sino porque nuestro corazón de alguna manera así lo dicta, y nos lleva a sentirnos satisfechos de quienes somos o de cómo actuamos.

No sé si fue la natualeza, la crianza, el entorno o Dios quien me hizo así, lo que sí sé es que soy feliz cuando soy quien soy.

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