By Brújula
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la visa

Daniela Ochaita/ Opinión/

-¡Qué buena suerte que tus papás se preocuparon por esto antes!-,  me dijo la señorita de migración, al ver mi rostro asustado de 5 años en la fotocopia de mi visa vencida. Antes de poder responderle alzó su mano gritando: – ¡Siguiente!-. Supongo que solo planeaba ser un poco cortés con alguno de los muchos rostros que no recordaría de aquel día. Seguí caminando en la fila y llegué a una puerta donde esperé entre 2 y 3 minutos, una señora policía con cara de aburrida me abrió, registró y obligó a salir para ver en dónde podía dejar mi celular –la embajada de Estados Unidos no permite el ingreso de aparatos electrónicos-. Luego de ingeniármelas para dejar el celular en algún lugar seguro (porque en un país donde un aparato telefónico es causa de asesinato es inevitable estar pendiente hasta del policía), volví a esperar a que la guardia me abriera aquella puerta gruesa de metal.

Al entrar registraron mi bolsa, mis pantalones y claro, me manosearon revisando que no llevara nada que “atentara contra la seguridad” de la embajada estadounidense. Luego de pasar por la máquina detectora de metales llegué a un cuarto grande con largas bancas de madera que atravesaban la habitación, muy al estilo iglesia, pensé. Sentadas había unas 50-60 personas, todas con una expresión de preocupación en el rostro. Con que esta es la famosa embajada, pensé, mientras caminaba al final de la habitación buscando un espacio libre. Recordaba bien las muchas indicaciones que las personas me dieron antes de llegar –“no digás que tenés familia en Estados Unidos”, “andá bien vestida”, “llevá todos tus papeles en orden”, “no digás nada que no te pregunten”, “mostráte tranquila, que no sientan que estás escondiendo algo”-, y otras muchas frases más que determinaban y controlaban hasta mi más minúsculo movimiento; no vaya a ser que me crean migrante porque aquí, esa es una especie de mala palabra.

He de aceptar que mi idea de la embajada gringa era la de un lugar aterrador, en donde lo único que podía esperar eran malos tratos.

Decidí, entonces, dejar de pensar en el monstruoso proceso de renovación de visa y puse atención a mi alrededor. Me sentí fuera de lugar y un tanto ridícula por estar bien peinada, cuando veía que la mayoría de personas vestían con jeans, botas o tennis, y algunos con sombrero. Había más hombres que mujeres en la sala, algunos niños y un gran número de familias. Solo alcanzaba a escuchar a una señorita repetir la misma frase dando las indicaciones de la siguiente sala, hablaba con un tono monótono y repetía un diálogo de minuto y medio, como si fuera la millonésima vez que lo decía.

Las paredes de la sala estaban repletas de carteles diversos escritos en inglés y en español. Manifestaban las grandes ironías que observé incesantemente durante mi “encuentro en la embajada”. Recuerdo bien ver a Martin Luther King colgado en una pared con fragmentos de su discurso “I have a drem”, y aunque recuerdo solamente fragmentos borrosos de lo que pronunció en su famosa oratoria, sé que recalcaba la libertad para toda persona más allá de sus diferencias sociales. Otros personajes salían a la luz entre las paredes, todos con el mismo mensaje de “tierra de la libertad, la democracia y la prosperidad”, parecían anuncios publicitarios del sueño americano. Del lado derecho de la habitación había un cartel bastante impactante para el contexto en el que se encontraba, decía algo así: “No eres una mercancía, di NO a la trata de personas”. Mientras mi cerebro seguía tratando de imaginar quién diría SÍ a la trata de personas, otra parte de mí se asombraba de leer “no eres una mercancía” en un lugar donde estaba segura de que recibiría, junto a todos los demás presentes, cualquier trato excepto uno humano.

Por fin, llamaron al número del minúsculo papel que me dieron en la entrada, como dije “no éramos mercancía”. Pasando a la sala siguiente tomaron mis huellas digitales, no preguntaron nada, seguí caminando entre la fila dirigiéndome probablemente a una cola gigantesca, no podía siguiera entender en qué momento iba a poder sentarme en una silla, y solo alcanzaba a ver personas paradas, preocupadas e impacientes por su entrevista.

Después de aproximadamente 45 minutos, seguía allí, con la boca seca, los pies cansados y la atención puesta en las 5 personas delante mío. Por fin llegó el turno de sentarme, tenía a mi lado derecho a un señor bastante humilde, recuerdo sus botas un poco sucias, su sombrero en la rodilla y sus manos ásperas, lo que el discurso popular llamaría “gente de trabajo”. Al lado izquierdo estaba la señora de blusa roja que me había acompañado desde mi ingreso a la embajada, no la había escuchado ni siquiera estornudar desde que entramos. Para romper el silencio, o tal vez para evitar seguir escuchando las “entrevistas” que le hacían a las personas de turno en los pequeños cubículos abiertos, hice algún comentario básico como –”qué calor, ¿verdad?”-, el único que me respondió fue el señor del sombrero. Luego de un rato me sentía realmente cómoda hablando con aquel misterioso individuo de sombrero, sacó de su bolsa un dulce de miel y me lo regaló, –”para que no le duela la garganta”-, me dijo. Luego me contó que era de Huehuetenango y poco a poco fui reconstruyendo su historia con las pequeñas pistas que dejaba escapar de su boca. Había vivido en Los Ángeles y planeaba llegar a Chicago a trabajar con un amigo cercano. –”Las cosas no están bien en Guatemala, prefiero irme a trabajar a otro lugar”-, fue lo que me comentó. Al escuchar nuestra conversación, la señora de blusa roja fue acercándose, y poco a poco incorporándose a la conversación; era de Zacapa y lo único que comentó fue su miedo de no recibir la visa.

Claro, ¿a quién le iba a gustar haber gastado US$160 y encontrarse todo el día en cola para ser rechazado?, pensé.

Conforme iba avanzando la fila, la conversación siguió, el único momento de silencio fue cuando el señor me preguntó si ya había tenido visa. Respondí que sí, que estaba vencida desde hace 5 años pero que esperaba poderla renovar. –”Usted solo a traerla viene, no tiene nada de qué preocuparse como nosotros”-, me dijo. Francamente no supe qué responder a ello, claro, en un país donde la discriminación es un tema estructural, el 80% de los recursos está en manos del 20% de las personas, con una historia de terror y un pasado violento, con un alza precoz de la energía eléctrica, la canasta básica, el petróleo y, en general, cualquier servicio básico, la posibilidad de salir no era una opción, era una necesidad. Antes de que pudiera pronunciar palabra, toda la fila se silenció, estaban escuchando una de las entrevistas. El entrevistador con su mal español decía: –”Señor, nosotros ya perdonamos su castigo por haber sido deportado, ya cumplió su condena de cinco años pero no cumple con los requisitos, no puedo darle una visa, ya se puede ir”-. Castigo y perdón eran las últimas palabras que creí escuchar en ese lugar. En realidad la embajada no fue el monstruoso lugar que me pintaron, era un lugar dentro del territorio de Guatemala en donde el guatemalteco no tenía lugar, donde tenía que cumplir con requisitos exactos, donde le tenía que hacer buena cara a un señor detrás de una ventanilla, donde muchas personas iban a definir su futuro y el de sus familias. Había escuchado infinitas historias de migración, canciones, artículos, libros, videos…pero nunca, hasta ese momento, había sentido tal consternación por todo el peso que la delimitación territorial tiene.

No pude seguir hablando con el señor del sombrero porque me llamaron a la entrevista. Llegué nerviosa. El entrevistador me saludó sin verme a los ojos, me pidió mis papeles, en silencio los leyó. Me preguntó qué hacía, le contesté que era estudiante de antropología. Con cara de incógnito me dijo -¿por qué antropología? No sabía si era una pregunta capciosa, pero si lo pensaba mucho supuse que me iba a ver demasiado nerviosa, con un poco de enojo disfrazado le contesté: –”porque me gustan las personas”-. Sin decir mayor cosa me miró asustado, sus cejas se juntaron, selló mis papeles, me dijo que mi visa había sido renovada y me pidió que me retirara.

Fui muy cobarde como para voltear a ver si al señor del sombrero le habían puesto el sello de “aceptado”; sabía muy bien que él no iba de paseo, sabía que su propósito era trabajar, como más de la mitad de las personas en la sala. No podía pensar en ver su cara si el canciller le negaba la visa, ese mismo que trata con personas todo el día y que se quedó atónito de saber que hay personas a las que les gusta tratar con personas. Salí del lugar con mucho qué pensar, mucho qué decir. Y por favor, mi reflexión no va contra ninguna nación, más bien va hacia las fronteras cotidianas y las realidades a las que no somos tan ajenos. A fin de cuenta todos somos América pero al parecer ni al centro ni al el norte tenemos todos cabida en ella. Con un poco de sarcasmo, rabia y reflexión termino con un “God bless America, land that´s free” (Dios bendiga a America, tierra que es libre).

 

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3 Comments
 
  1. Avatar
    Sol Sevila / 21/05/2014 at 10:37 /Responder

    me encanto es un extraordinario relato

  2. Avatar
    Mynor / 22/05/2014 at 22:51 /Responder

    Me parece extraño que en nuestra patria haya gente extranjera tratando mal a los locales. Sin embargo también he visto muchos malos tratos de funcionarios públicos nacionales mal tratando a aquellos que pagamos sus salarios. Yo escribo en mi blog http://www.pisciculturaglobal.com y en mi mente no cabe la idea de las fronteras. Escribo consejos gratis para todo el mundo y en enero de este año me consultó una gringa de nombre Miriam que tiene una pequeña granja. La ayudé a solucionar problemas de alimentación de sus tilapias. Ojalá ellos ayuden a mis paisanos que viven allá en su tierra.

  3. Avatar
    Alfonso Argueta Batres. / 24/05/2014 at 16:49 /Responder

    Excelente relato, me gusta la última parte y el trasfondo que le transmite.

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