By Daniel Monroy
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Diciembre de un año cualquiera. El sol discutiendo con la luna. ¿Quién va a ganar? El cielo pinta la pelea. Yo apuesto por la luna; mis compañeros por el sol. Somos espectadores. Nuestros ojos puestos en el firmamento; nuestro corazón viajando en el tiempo. La carretera está desolada. De vez en cuando pasamos saludando a un campesino que está terminando la jornada. Él va cargando en su espalda el peso de la jornada. Me pregunto en qué va pensando. ¿Será que todavía tiene sueños? ¿Cuáles son sus pasiones? ¿Cuál es su destino? ¿Cree en algo superior al universo y a nuestra existencia?

Seguimos avanzando. Nos quedamos sin palabras.

La escena es interesante: somos cuatro desconocidos que vamos en la palangana de un picop rumbo a un pueblo cerca de la frontera. Cada uno va viendo una película en su mente. Quizás la culpa de los errores pasados entra en acción. Quizás es el recuerdo de un amor que embarcó pero nunca llegó a su destino. Quizás es la conversación interna de tratar de entender el cosmos. Cada uno viendo un mundo. Cada uno viviendo una vida. Cada uno siendo algo más. Nos une el silencio. De vez en cuando cruzamos una mirada. Es curioso: no hay risas, carcajadas, chistes sobre la vida cotidiana, frases… Nada, no nos decimos nada. Nos vemos y nuestro semblante es rígido, casi inanimado pero, por dentro, muy adentro, somos felices.

El aire nos va golpeando el rostro. A veces más fuerte, a veces más suave. No podemos esquivarlo. La impotencia tampoco nos molesta. Nos rendimos. No hay nada que perder. Por cierto, la luna ganó la pelea. Ahora solo escuchamos el sonido del carro que va luchando con llegar a salvo al pueblo. ¿Qué pasa si nos quedamos varados en medio de la nada? ¿Y si toda nuestra vida ha girado en torno a este momento? Sin darnos cuenta, estamos a cientos de kilómetros del bullicio citadino. No tenemos aparatos electrónicos, ni la ropa casual de todos los días o la comodidad de la colonia residencial. Nada superfluo, solo lo necesario.

La noche cada vez nos habla más fuerte. Ya dejó de ser tímida. Quiere conocernos. No tenemos miedo, solo desconfianza. Estamos acostumbrados a pelear con dudas e inseguridades. Algo liberador nos pasa: parece que cada kilómetro nos ofrece liberarnos de cada objeto pesado que vamos cargando. Vemos hacia atrás y nos aterroriza ver cómo nuestras luchas causan estragos en el camino. Nos vamos despojando. Seguimos avanzado.

El aire cada vez adquiere más fuerza. Estamos expuestos, desposeídos. Solo somos nosotros. De repente, alzamos la mirada y tenemos visitantes. Brillan. Por fin nos reímos. Nuestra risa es infantil, un sinsentido para el que no está viviendo lo nuestro. Cruzamos miradas de nuevo. Nuestros ojos brillan. No somos nosotros, son ellas usando nuestros ojos como espejo. Ya dejamos de pensar. Las explicaciones siguen el mismo trayecto que el aire. Ya no importa. Ahora hay algo más importante. El horizonte parece incierto. Ya no importa. Ahora hay algo más importante.

No hay duda: nacimos para este momento.

Lo perdimos todo y nos sentimos completos, plenos, satisfechos. Teníamos que perder para ganar. No queremos regresar. Ya perdimos noción del tiempo. No sabemos dónde estamos. Ya no importa. Ahora hay algo más importante. No hay música, no hay nada que adorne el momento. Solo somos nosotros. Por primera vez todo parece real, perfecto y honesto. Todo converge en un momento. Todo lo que anhelamos desde hace mucho tiempo por fin lo estamos viviendo.

Algo malo ocurre. De repente el cielo empieza a perder su brillo. Es el alba. Solo vemos cómo se despiden de nosotros. No es una despedida triste. Es algo cálido, honesto; un recordatorio de que un día nos volveremos a ver. No perdemos la sonrisa. Ahora somos libres. La vida sigue. Ya no importa. Ahora hay algo más importante.

El sol nos saluda. Llegamos al pueblo. Un poco consternados, nada fuera de lo normal. No tenemos explicaciones, solo recuerdos. Ya no importa el porqué. Estamos tranquilos. No tenemos las respuestas a todo. Ya no importa. Ahora hay algo más importante.

Sin embargo, estamos seguros de algo: ese día hablamos con las estrellas.

Todo lo malo quedó atrás. Ya no importa. Ahora hay algo más importante.

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Estudiante en el día y músico por la noche. Amante de las buenas historias y las buenas conversaciones. Escribo para escaparme del bullicio del día a día.

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