Gabriela Maldonado
gabymg@gmail.com

Los eventos de esa noche rompieron con la rutina de “la hora de la cena”. Como era usual, Chava, su hermana y su madre, estaban sentados alrededor de la mesa. Lo que hacía única esa noche, al menos al inicio, era la visita inesperada de su tío, quien había estado incomunicado con la familia por dos años. La emoción radiaba desde la mirada de Chava, un muchacho de apenas 11 años que relataba orgullosamente sus experiencias como ayudante de chofer de camioneta. Desafortunadamente la visita del tío no fue lo único sorprendente de esa noche. Sin aviso previo y sin razón, el sonido de disparos, gritos y miedo envolvieron la casa de Chava y sus alrededores. Los temores de la madre de Chava se volvieron reales: la guerra había llegado hasta su aldea. Después del susto inicial, Chava y su tío salieron al auxilio de la vecina, una ancianita que cuidaba de sus nietos. Pero de nada sirvieron sus esfuerzos, la bala perdida penetró directo al corazón. La anciana lloraba “¡Se murió mi niña! ¡Dios mío, se murió mi niña!”

Esta escena es parte de la película “Voces Inocentes” presentada en México en el 2005. La película, del director Luis Mandoki, cuenta la historia de Chava y su familia durante la guerra civil salvadoreña. Yo vi la película por primera vez en la clase “Problemas Sociales de Guatemala” en el 2006: diez años después de la firma de la paz en Guatemala. “Voces Inocentes” fue la primera vez que pude presenciar (aunque de manera muy indirecta) lo que se vive durante un conflicto armado: pensé en Guatemala y en las más de 200,000 víctimas del conflicto armado; pensé en los cientos de niños como Chava que vieron a sus familiares y vecinos morir. La película creó en mí sentimientos fuertes que me llevaron a cuestionar la realidad en la que había crecido: a unos cuantos kilómetros de las crudas escenas de violencia pero al mismo tiempo, tan desconectada de ellas.

Crecí en la Ciudad de Guatemala durante la última década del conflicto armado. Pero en ese entonces no se escuchaba mucho sobre la guerra ni de las miles de muertes, principalmente de personas indígenas, que fueron resultado directo del conflicto. Aunque la guerra terminó oficialmente cuando yo tenía 11 años, en 1996, fue hasta la secundaria que comencé a escuchar de lo sucedido. Y no fue hasta que tuve la oportunidad de ir a estudiar a los Estados Unidos que realmente comencé a comprender lo devastador que fue la guerra (el sentirme responsable de representar a mí país me hizo buscar más información sobre nuestra historia y lo vivido por nuestra gente).

Ya que hablamos de historia es importante mencionar que “El hecho de que dos personas compartan una misma historia no significa que ellas compartan una misma experiencia. Esa experiencia es su pasado, su herencia, y así la misma historia crea muchos pasados, muchas herencias.” (McGuire 1992) Eso fue lo que comprendí al ver “Voces Inocentes”: que aunque yo comparto un país con todos los guatemaltecos, nuestras experiencias, pasado y herencias son muy distinta. 

Recientemente he comprendido que es importante que cómo miembros de una misma nación seamos capaces de mostrar empatía y solidaridad hacia nuestros compatriotas. No uso estas palabras con fines políticos, sino que me refiero a las relaciones sociales que se requieren para construir una verdadera democracia. Juan Méndez lo dijo de esta manera:

“Lo que sí es verdaderamente dañino para el éxito del impulso democrático es la actitud hacia estos acontecimientos [de violencia masiva durante el conflicto armado] por parte de quienes se consideran a sí mismos ‘ciudadanos ordinarios’ o ‘testigos inocentes’. No se trata de forzar a los que no tiene control sobre estos eventos a compartir la culpa; sin embargo, es crucial que ellos enfrenten el pasado y reconozcan esa situación dificil y especial de sus conciudadanos que han sido discriminados en términos raciales y étnicos. Ese reconocimiento es un paso inicial ineludible hacia la construcción de una sociedad más humana, más inclusiva.” (Méndez 2009)

Febrero, el mes en el que se celebra el amor y la amistad, también es el mes en el que se conmemora el Conflicto Armado. El propósito de esta nota es hacer un llamado a los jóvenes guatemaltecos a interesarse en nuestra historia y en los procesos socio-políticos que ha vivido el pueblo guatemalteco. Para que los cambios que suceden en el país sean realmente equitativos e inclusivos de todos los grupos del país, deben partir de un entendimiento de las varias experiencias vividas por cada grupo social. Este mes, y en los que vienen, atrevámonos a  hablar de la guerra, a hacer preguntas y buscar respuestas, para mostrar amor, solidaridad y empatía hacia nuestros hermanos y hermanas Guatemaltecas que, como Chava en “Voces Inocentes”, sufrieron durante el conflicto armado.

Referencias Bibliográficas
Alexander McGuire, The First Americans, 1992. American Anthropologist 94(4):816—836.
Juan Méndez, Preface: Genocide in Guatemala, en Quiet Genocide: Guatemala 1981-83 (Ettele Higonnet, Transaction 2009).

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