By Brújula
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Gabriel Reyes / Opinión/

La construcción de nuevos enfoques teóricos relativos al dilema del género y su circulación en los sistemas sociales y políticos actuales tiene una gran relevancia para el diálogo del rol de las mujeres dentro o fuera del sistema patriarcal. Sin embargo, aún frente al enfoque anarquista o a los nuevos modelos de institucionalidad de género, han sido poco estudiados los nuevos roles del hombre. Poco se ha teorizado con respecto a las nuevas masculinidades y las consecuencias que una redistribución del espacio social entre las mujeres y las conquistas feministas de la última mitad del siglo pasado puedan tener sobre el género masculino.

Entonces, más que retomar discursos obsoletos de viejos clichés de la tradición hetero-patriarcal, conviene reconstruir o bien pensar en la posibilidad de re sistematizar los conceptos de hombre, varón y masculino.

La pregunta entonces radica tanto en la nueva perspectiva del hombre en los espacios sociales como en los nuevos roles a asignarse, o en otro contexto, la ausencia de roles predeterminados.  Pero la discusión debe evaluar también la posibilidad de una nueva horizontalidad, no permisiva, sino asumida como existente.

Habrá que partir entonces de definir los objetivos que como sociedades deben construirse, siendo el primero de todos; el de la igualdad, entendida como un término que debe descomponerse en cada faceta de la vida humana: desde lo político, lo económico, lo relativo a derechos individuales y a responsabilidades humanas. El concepto de cambio adquiere entonces un valor particular para la búsqueda de este objetivo, el cambio en los hombres de una visión paradigmática y sesgada bajo los fundamentos históricos de la opresión patriarcal y sobre todo, por la determinación de los roles de la mujer como imposición cultural.

La tarea titánica parece ser la de elaborar no solo nuevos escenarios de convivencia igualitaria, sino la de generar una nueva zona de confort que incluya una transición hacia la igualdad en todos los espacios antes mencionados. La igualdad entonces debe ser posterior a una aceptación de culpa masculina, que redefina la postura del hombre dentro de los paradigmas de comportamiento; pero también una tarea de reconstrucción de la masculinidad, sobre todo en aquellos espacios donde dicha masculinidad está determinada por la ejecución de tareas (antes entendidas como) exclusivas del hombre. Por la heterosexualidad dogmática y la idea de abominación a la homosexualidad, por las construcciones de personalidad de lo masculino como la ausencia de lo sensible, y sobre todo, el concepto de autoridad intelectual masculina, la figura de “jefe de hogar”, una especie de patriarcado autoritario vertical.

El segundo objetivo debe ser el de la erradicación de todas las formas de violencia patriarcal; y la difícil tarea de abordar la violencia patriarcal entre hombres, la degeneración del concepto de masculinidad hasta el punto de relativizarlo como la ausencia de los femenino, impidiendo al hombre construir su propia identidad de género por haber aprendido desde el inicio de la vida “a no ser mujer”. El estudio de la violencia machista dentro del mismo género masculino, implica comprender la existencia de otro tipo de jerarquías construidas producto del mismo sistema de opresión patriarcal. Un sistema donde el concepto de hombre  rechaza como parte de la selectividad del gremio a otros hombres que no se apegan al modelo universal masculino generando una línea de violencia que recae (dentro del orden jerárquico del sistema) de arriba abajo como lluvia, creando, desde esa perspectiva piramidal, distintos grupos de víctimas de la violencia patriarcal.

El último objetivo debe ser el de la construcción de una agenda común, que determine un imaginario humanitario para la convivencia plena, aún como una idea teleológica o en base a rituales dialécticos, como bien puntualiza Judith Butler (2007). La principal tarea del feminismo no es crear un punto de vista externo a las identidades construidas; esto equivaldría a la construcción de un modelo epistemológico que deje de aceptar su propia posición cultural y, por lo tanto, se promueva como un sujeto global, posición que usa precisamente las estrategias imperialistas que el feminismo debería criticar.  Así como de la construcción de modelos verticales de comportamiento masculino a modo de construir una pirámide que genere más que dualidades, todo un sistema de opresión diferencial.

Entonces el fundamento de la agenda común que sobrepasa la importancia de la igualdad y de la erradicación de la violencia, tiene que ver con la eliminación de las estrategias imperialistas (o de dominación) de un género a otro.

Ese modelo de dominación vertical, de imposición hegemónica cultural de modelos de comportamiento masculinos es similar a la reconstrucción sistémica que propone (figurativamente) Donna Haraway (1988) cuando introduce como modelo la existencia de seres amorfos (sin formas construidas en imaginarios de opresión) que compara con monstruos que define como: unidades ciborgánicas que son monstruosas e ilegítimas. Estas pueden, en el camino, tomar cualquier forma, sin un camino o patrón predeterminado, que de no construirse recaiga en violencia sistemática.

Las nuevas masculinidades, si bien son un asunto más complejo de construir desde lo epistemológico y hasta desde lo psicológico, pueden empezar a sembrar iniciativas de reconocimiento. En un plan activo de incidencia cultural, el auto reconocimiento de ser hombre, la mea culpa de la pasividad bajo la que nos acomodamos al sistema patriarcal, el acto de contrición diario de la regeneración sistémica no en pro de ningún género sino de los tres enfoques descritos anteriormente: la igualdad, la eliminación de todas las formas de violencia patriarcal y la construcción de una agenda común horizontal. En un plan que permita al hombre asumir nuevos roles (monstruosos) desapegados de pre condicionamientos patriarcales .

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