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Ana Raquel Aquino / Opinión /

A ver… ¿Qué es un zombie? (así… con “e”) (así, zombie… en inglés)

El diccionario clásico más usado por la juventud del siglo XXI, Wikipedia, amablemente nos ofrece un significado para la palabra. Define a un zombie como una cadáver, “no muerto” por supuesto, que puede volver a la vida o resucitar de una u otra forma.

Interesante, “…que puede volver a la vida”

Después de una larga discusión mental he llegado a la conclusión de que conozco zombies. La verdad es que todos los conocemos, puesto que en este país heredamos una invasión de zombies clasemedieros. Ellos -por excelencia- habitan la ciudad y lo centros urbanos. Se la pasan comiendo cerebros, es su hábito porque eso es lo que han visto de las generaciones de zombies anteriores. Para ellos la muerte ya tocó su puerta así que la vida es una continuación de la misma. Son apáticos y de cartón. Se deleitan de su buen humor y optimismo extremo hacia el país, a pesar de que esto les cueste todo su análisis crítico.

Creen todo lo que ven; la prensa sensacionalista los adora.

Los síntomas del zombie clasemediero

La definición es extensa y creo que hasta cabría inventar una clasificación con ánimo de reflexión. El #ZombieGT está entre nosotros y es importante identificarlo. Se puede crear una especie de manual para curar la epidemia, como el de este Max Brooks o bien, se puede seguir conviviendo con zombies sin que siquiera importe.

Es nuestra condena y realidad porque son estos los jóvenes que tienen acceso a la información, a los medios y a la historia… Pero están muertos en vida. Están convencidos de que no necesitan aquello para vivir. Basan sus quejas (porque lejos están de ser críticas) en lectura light e información masticada. Para ellos no hay nada malo con el sistema y si lo hay, es preferible no criticar -o por lo menos, no mucho- porque la mejor actitud es siempre ser optimistas. Al final, lo que nos tiene así es la bola de cangrejos que no apoyan a los que triunfan, al talento nacional… como Arjona.

Por un lado, los zombies son los que aman a su país y lo demuestran a los cuatro vientos con la camisa de la selección y nada más. Por el otro, son los que comentan lo mal que está la situación -así por encimita- y lo expresan con falacias ad hominem; son dogmáticos, hasta el case.

El zombie chapín no se cansa de subir fotos a Facebook sobre cómo ayuda en hospicios y asentamientos o en tragedias como la del Cambray. Se sonríen entre ellos convenciéndose a sí mismos que el mercantilismo de la patria, heredado de un sistema neoliberal embarrado de sangre, de esta época es falso, a todas luces. Al final, lo único certero es que la Guatemorfosis está a la vuelta de la esquina.

Ser cool y ser zombie ahora van de la mano. Para la juventud guatemalteca es más fácil devorar sesos placenteramente con el feeling de que todo está bien. ¡Ánimo mi Guate! Ahora, el no ser zombie es una lucha contra epidémica (¿y cuándo no?). La definición del zombie joven se extiende a una vertiente, si se quiere, hipster cuando el traga cerebros se autoproclama “antisistema” con una pizca de rebelde inconsecuente (son esos que no saben ni por qué estamos luchando pero allí están).

O peor aún, si sostienen pancartas protestando con frases de Neruda y a la hora de la hora son primavera con flores plásticas de exhibición.

Para culminar la experiencia zombie -y en aras de su mejor identificación, repito- se visualiza el hashtag: #AmoAGuate o similares a la hora de subir la foto. Es más fácil individualizarlos ahora que las redes y su maravillosa manera de comunicación no hacen más que mostrarnos el lado híper oscuro (ya sea éste ultra derechoso o chairo, según sea el caso) de los zombies en cuestión.

Desde hace un tiempo, los ahora “jóvenes adultos” han apoyado la mercantilización de la patria, la publicidad del nacionalismo como verdad absoluta y motor de las luchas sociales, sea lo que eso signifique. Bajo esta premisa, ¡qué lejos estamos de entender a Guatemala! Consumir patria es más fácil que hacerla, diría Maurice Echeverría[1]. Respondiendo al mismo modelo neoliberal proliferante y abundante hasta en el café del desayuno que exportamos y ni probamos. La patria está alterada genéticamente pero sigue siendo del mismo criollo, al final. La finca está habitada ahora por algunos hijos de narcos y los futuros entacuchados herederos de la clásica foto de los comunicados del CACIF, donde al parecer no caben las niñas.

Y así como dice Wikipedia que los hipsters no se llaman a sí mismos hipsters, ya que el término se utiliza de manera peyorativa para hacer mención a alguien que es pretencioso o que se “esfuerza” por salir del molde. Entonces, nadie quiere que lo llamen zombie o autodenominarse zombie. Es duro aceptar el concepto zombie y trabajar en contra de él. Pero no hay manera de curar sin identificar y proponer.

La nueva clase política no necesita más de lo mismo, es cierto. Pero tampoco necesita zombies que obedezcan a momias (entre otras criaturas mitológicas) sin un cerebro capaz de criticar con las herramientas que le son dadas por el simple hecho de haber nacido en un lugar privilegiado dentro del estrato social. La juventud urbana clasemediera debe levantar la cabeza, dejar a un lado el smartphone y percatarse de todo el panorama. Darse cuenta de todos los zombies viejos con olor a naftalina que están en busca de nuestros cerebros, que los necesitan para perpetuarse en el poder.

Lo bueno de la definición es que si lo dice Wikipedia es casi cierto… “los zombies pueden volver a la vida, de una u otra forma”.

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[1]Recomiendo leer el ensayo publicado en Siglo XXI “Patria de Consumo” por Maurice Echeverría.

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