By Brújula
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José Pablo del Águila/ Opinión/ 

Nadie quería que Jimmy Morales fuera presidente. Nadie, ni los que votaron por él, ni él mismo.

La palabra egomaníaco es pura invención. Esto, ante la necesidad de describir a un turbio personaje y la insuficiencia que caracteriza al lenguaje en algunas ocasiones. Y aunque el adjetivo podría resultar ultrajante para algunos, no pretende más que definir a un sujeto que se encuentra urgido de infundir respeto y de ser reconocido por su valor (ambas causas nobles y justas), pero valiéndose de los medios incorrectos: en el caso de Jimmy, del poder.

Durante estos nueve meses de gobierno, que bien podrían declararse errados en cuanto a los objetivos que se persiguen, lo que más se ha vislumbrado en Jimmy Morales, es la figura de un egomaníaco. Se le observa, por ejemplo, predicando moralina barata a través de malas fábulas.  ¿El público? Por lo general, grupos de niños que, gracias al paganismo propio de la infancia, no vacilan en mostrar su tedio ante el que -de seguro,- le gustaría ser reconocido como el Gran Soberano.  También se le observa en actividades religiosas, dirigiéndose a un sector evangélico neopentecostal con el cual él es afín y donde la ovación está asegurada.

En esa vía, merece especial atención la conflictiva relación que lleva el presidente con la prensa.

Son ya numerosas las apariciones públicas en las que se aprecia a un hombre que tiende a fruncir el ceño y a elevar el tono de voz cada vez que es cuestionado para, según él, mostrar el poder y autoridad que solo él cree tener. Es esa costumbre de dar declaraciones ambiguas lo que ha provocado pugnas con los reporteros. Y lo anterior, por supuesto, tiene una explicación.

Especulando un poco -que no tiene nada de malo- se puede deducir que Jimmy Morales, en realidad, nunca ha querido ser presidente. Las sermoneadas con las que hostiga a los niños, su satisfacción al ser vitoreado en sitios públicos y la conducta autoritaria que mantiene con la prensa, entre otras, son todas situaciones que demuestran que lo que el presidente en realidad quiere como ser humano, es ser reconocido, valorado, admirado y respetado. Esto no lo convierte en mala persona, ni tampoco lo vuelve un egomaníaco. Al final, es lo que todos desean en la vida, ¿no? Y además, esto es cuestión de empatía. Durante gran parte de su vida Jimmy Morales hizo mala comedia, valiéndose de estupideces racistas y que, probablemente, pudieron resultar agraviantes para ciertos grupos poblacionales. Por ello, es factible considerar, que el presidente se encuentra en un punto de inflexión y desea reivindicarse y aportar algo a los que le rodean. En ese sentido, el problema de fondo no son las necesidades afectivas insatisfechas que tiene.

El problema es que Jimmy Morales se equivoca al creer que llenará esos vacíos de atención al poseer la más alta investidura pública. 

El amor, respeto y reconocimiento, no se obtiene a través del poder. No se logran enojándose con los reporteros, ni interpretando el melodrama en actos religiosos.

Queda clara, entonces, esa tendencia egomaníaca de querer usar el poder para fines incorrectos. Pero por si fuera poco, la cosa no termina acá. La situación se agrava cuando se considera que esa egomanía no solo afecta a un Jimmy Morales, ya que al haberse postulado a un cargo de elección popular sin tener un mínimo de experiencia ni de conocimiento, incurrió en un acto de irresponsabilidad. Entonces, no solo es un egomaníaco, sino un irresponsable que ante la incompetencia que le atañe para lidiar con problemas de país, no está preparado para ello; estimula y acrecienta el peligro de muchos guatemaltecos que diariamente son afectados por las crisis que ya todos conocemos (salud, educación, pobreza, etcétera).

Dicho todo lo anterior, creo que si Jimmy Morales hubiera reflexionado un poco más en algunos momentos de su vida, hoy no sería presidente. En vez, hubiera dejado de hacer comedia racista y en su lugar habría optado por comprender y respetar al otro, al diferente. Seguramente, no sería presidente ni mucho menos poderoso, pero sí habría satisfecho esas necesidades que lo motivaron a postularse a la presidencia. Es decir, sería amado y respetado.

Imagen: Contrapoder

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