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Daniel Monroy/ Opinión/

Dentro del bullicio político actual, relacionar la moral con la política constituye una entelequia para quienes son espectadores de la coyuntura nacional. El actuar de los principales personajes de la política guatemalteca no denota la amistad que debe existir entre la moral y la política; esta última, entendida como la actividad pública de determinados ciudadanos que ejercen ciertos cargos para la toma de decisiones en diversas materias para la correcta conducción de un país.

Una definición simple pero que en el plano real, lamentablemente, nunca llega a concretarse.

La exacerbada corrupción que ha investido al Estado guatemalteco durante décadas –si no es que siglos-, desnuda una realidad dicotómica. Por un lado, manifiesta que el hombre moderno ha seguido el postulado de Thomas Hobbes, el famoso “el hombre es el lobo del hombre” –homo homini lupus-. Enunciado que en la praxis política se evidencia de distintas maneras cuando los hombres anteponen sus intereses individuales sobre los colectivos para vanagloriarse de logros efímeros. Por otro lado, está el papel preponderante del dinero y la avaricia que endulza el oído de nuestros políticos. A veces resulta un poco tesonero hacer tanto énfasis en el dinero y en los efectos perniciosos que éste tiene en la vida del ser humano, pero, ¿acaso el dinero no representa la debacle de todos los hombres que deciden involucrarse en actos ilícitos cuando ostentan poder político? Si en los corazones de todos los políticos y empresarios que caen en las trampas del poder no habitara la desenfrenada codicia por el bien económico, no seriamos espectadores de La Línea, Cooptación del Estado, TCQ, etc. La corrupción está estrechamente ligada al deseo de la vida ostentosa y los salarios onerosos.

Si bien es cierto que es urgente y necesaria la refundación del Estado, de igual manera considero que es imperioso volver a construir los cimientos de los ignotos rincones de la conciencia humana. Debemos inculcar valores y principios a las nuevas generaciones desde temprana edad. Ellos son los futuros políticos de la Nación y si queremos nuevas facetas, debemos actuar de manera inmediata. Necesitamos una nueva generación de hombres y mujeres que llevan consigo un embalaje lleno de arquetipos basados en el respeto mutuo y en el amor por la patria.

La reconstrucción del Estado significa para mí la reconstrucción del interior del ciudadano guatemalteco.

Necesitamos reformas de toda índole, pero al mismo tiempo, necesitamos un aliciente que nos lleve a nadar por la frescura de los mares de la humildad, la honestidad y el afecto por nuestros ciudadanos. Si queremos un nuevo Estado y una nueva forma de hacer política, debemos establecer que la felicidad del guatemalteco debe ser nuestro fin último. El cambio involucra a todos.

Es por ello que debemos preguntarnos si como ciudadanos estamos listos para construir un nuevo Estado. Ya nos dimos cuenta que la Plaza es un mecanismo efectivo para corear las voces de la democracia, pero el cambio va más allá: la transformación radica en la refundación de valores en el interior de todos nosotros. Valores, que puestos en práctica, generan profesionales probos comprometidos a luchar para llevarnos a disfrutar de las alamedas de la democracia y el bien común. ¡Algo tan simple de plasmar en letras pero tan complejo de verlo en la vida real!

Cuando podamos encontrar el nexo que existe entre la moral y la práctica política, sentaremos las bases de un nuevo Estado Democrático de Derecho, donde los valores serán la guía del actuar de todos aquellos que tienen como tarea trazar el nuevo rumbo de nuestro país.

Mientras tanto, Guatemala sigue siendo el país de la eterna zozobra.

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