By Daniel Monroy
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Una de las particularidades de algunos miembros de la izquierda local es que cualquier puerta que ven medio abierta para criticar a la religión, en especial al cristianismo, la aprovechan para lanzar cualquier tipo de comentarios y generalizaciones apresuradas que a veces rayan en lo absurdo y en lo irracional. Peor aún, sacan de contexto determinadas circunstancias para ajustarlas a su narrativa y a su discurso de resentimiento y tirria sistemática contra la fe cristiana.

La muerte de Domingo Choc es un hecho lamentable y repudiable. Es una muestra de la maldad que reside en el corazón de muchas personas y de un Estado que es incapaz de garantizar condiciones de seguridad en todo el territorio nacional.

La primera explicación que se dio sobre el hecho fue que los autores y ejecutores del delito fueron unos cristianos que acusaron al científico maya de practicar brujería. No obstante, ahora que las autoridades capturaron a unos presuntos responsables, algunos medios y publicaciones en redes sociales afirman que los detenidos eran personas que compartían la misma cosmovisión que don Domingo Choc. En fin, desde nuestra posición, no podemos afirmar con precisión si la causa fue un asunto religioso o un conflicto personal.

La primera opción –la religión- es caldo de cultivo para que las personas aprovechen la situación para criticar con amplio desconocimiento a la fe cristiana. La segunda explicación –conflicto personal- implica aceptar que el delito fue ejecutado por personas que creen en la misma cosmovisión maya que abrazaba el señor Choc, y al parecer, esa es una explicación que no tiene cabida para muchos en la actualidad.

Supongamos que los autores sí fueron un grupo de cristianos que creyeron estar haciendo justicia divina: ¿Eso pone en riesgo la esencia y la veracidad del cristianismo? ¿Eso implica que “el monoteísmo y el cristocentrismo llevan al creyente a matar a ‘otro’ diferente”?

Creo que para poder hacer generalizaciones de esa manera, hay que tomar en cuenta dos aspectos. El primero es: debemos estudiar qué es la fe cristiana, quién fue Jesús y cuál es su representación para sus seguidores y qué dice la Biblia sobre la justicia, el amor y la convivencia entre los seres humanos a pesar de las diferencias ideológicas y de credos. El segundo es: debemos entender que las acciones inhumanas e inmorales que determinadas personas e instituciones han llevado a cabo en nombre de la fe cristiana no están respaldadas por las enseñanzas de Jesucristo ni las de sus discípulos y apóstoles. Al contrario, dichos actos caminan en dirección opuesta a lo que el cristianismo enseña.

Teniendo claro qué es el verdadero cristianismo, podremos identificar claramente cuando una persona, una comunidad o una institución están simplemente utilizando la fe cristiana como excusa para ejecutar un plan que encuentra sus raíces en el poder político, la venganza personal, la ira o la avaricia, por mencionar algunos.

A pesar de que los dos factores mencionados recientemente son importantes para evitar caer en generalizaciones y en mal entendidos (tan comunes incluso en círculos donde se presume alto intelecto y capacidad de análisis), la explicación que el cristianismo ofrece sobre la condición del corazón humano nos ayuda a llegar al fondo del problema.

Tim Keller en su libro El Profeta Pródigo, cita a J.I. Packer para explicar qué es la gracia de Dios. Personalmente, si alguien me pide que le explique a qué nos referimos los cristianos cuando hablamos del Evangelio de Jesús, lo haría, basándome en Keller y Packer, de la siguiente forma: debido a nuestro pecado, vivimos en un estado de bancarrota moral, en el cual no somos capaces de salvarnos ni restaurarnos por nuestra propia cuenta. Podemos tratar de llevar una vida moralmente impecable y esforzarnos por hacer buenas obras, pero eso no nos limpia de nuestra condición y en el proceso vamos a fallar continuamente. Somos impotentes espiritualmente. Para ello, necesitamos un salvador: alguien que nos otorgue perdón, redención, justificación, libertad, propósito y sentido. Eso es lo que Packer llama el costo de la gracia: el sacrificio de Jesús en la cruz que nos libera de la culpa y nos otorga perdón y libertad.

Sin embargo, hay un punto a resaltar el cual muchas veces incluso los mismos cristianos ignoramos y es que asociamos al pecado únicamente con el comportamiento; es decir, creemos que pecamos cuando una acción es consumada; pero la doctrina cristiana también nos dice que el problema del pecado se encuentra en las profundidades de nuestro corazón. Es más profundo de los que creemos. De nuevo, vivimos en bancarrota moral, impotentes espiritualmente pero Jesús dio su vida por nosotros y ahora la deuda está pagada.

Quizás el lector se pregunta qué tiene que ver todo esto con la muerte de Domingo Choc, el racismo, la discriminación y el papel del cristianismo en la sociedad. La respuesta es esta: cuando una persona reconoce su condición de pecado, cuando entiende que toda su vida ha tratado de vivir alejada de Dios creyéndose autosuficiente y logra comprender que un día Jesús murió para que ella pueda ser libre de su condición y decide que ahora el centro de su vida ya no es su carrera profesional, su vida sexual, su raza, la fama, el dinero, el activismo político o cualquier otra cosa que ella sustituyó por Dios, o dicho de otra forma, cuando una persona tiene un encuentro con lo que los cristianos llamamos la gracia de Dios, la forma en la que convive con los demás y con su entorno cambia radicalmente.

Como cristianos, sabemos que todos los seres humanos somos pecadores y que todos necesitamos gracia y misericordia. Eso nos enseña que ante Dios, citando al apóstol Pablo, todos estamos muertos espiritualmente en nuestros delitos y pecados. No tenemos motivos para discriminar o excluir a los demás porque sabemos que todos estamos en la misma condición. Respetamos la vida humana porque creemos que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Respetamos el medio ambiente porque entendemos es la creación divina. No buscamos oprimir a los demás porque sabemos que Jesús nos enseña lo contrario. Todos somos iguales ante Dios. Todos necesitamos un Salvador.

Nuestro corazón anhela seguir los mandamientos porque el amor de Dios y el sacrifico de Jesús es una realidad en nuestras vidas. En otras palabras, vivimos por lo que Jesús hizo por la humanidad y no por lo que nosotros hacemos o logramos.

¿Esto quiere decir que solo los cristianos tienen el monopolio de las buenas obras y las buenas acciones? Por supuesto que no. Creemos en la gracia común que Dios brinda a toda la humanidad y eso incluye el respeto, la inteligencia, la sabiduría y muchas cosas más.

No obstante, los tiempos actuales nos enseñan, cuando la sociedad relativiza la moralidad y la verdad y se enfoca en decirle a las personas que la vida real es una lucha entre personas buenas y malas, eso solamente abre la puerta para que ahora los malos seamos los que, por ejemplo, estamos en contra de que sea legal matar a un bebé y que seamos tildados de retrógrados y medievales por creer que la Biblia es la palabra de Dios. Si no nos alineamos a la agenda política del momento, somos opresores y enemigos del bienestar social.

Ahora, lastimosamente nuestra moralidad y nuestra base como sociedad es dictada desde del despacho de un grupo de políticos o activistas. Anulamos el sentido de responsabilidad humana, no ejercemos el perdón, priorizamos el resentimiento, la venganza y la amargura y en el largo plazo, terminamos haciendo lo que tanto condenamos; a decir, vivimos más polarizados, matando inocentes, persiguiendo a los que no piensan igual que nosotros y asignándole un valor circunstancial a la vida humana.

Esta es mi defensa: contrario a lo que algunos “intelectuales” locales nos hacen creer, como sociedad necesitamos escuchar el mensaje del cristianismo.

La identidad cristiana es esta: somos tan pecadores pero tan amados al mismo tiempo que Jesús vino al mundo a dar su vida por nosotros y las implicaciones que eso tiene a nivel individual y social son enormes.

Lo bello del cristianismo es que nunca en la historia de la humanidad el amor verdadero, el sacrifico sustitutivo, la justicia perfecta y la bondad infinita convergieron en un punto para traer vida y esperanza verdadera a las personas y que todo ello no es una idea abstracta que no cobra sentido en nuestras vidas, sino que tomó forma de hombre y caminó entre nosotros.

Quizás es tiempo de dejar de depositar nuestras esperanzas en políticos benevolentes o en movimientos sociales que nos prometen el mundo entero. Nuestra solución a la violencia desenfrenada, a la exclusión y al racismo no se encuentra en el Estado ni en la coerción de las leyes ni en la inteligencia detrás de una política pública. Son cosas necesarias, pero no suficientes.

Todo lo que buscamos como humanidad está ahí, pero nuestro orgullo nos impide verlo.

Y yo, lo digo sin titubear: Jesús es la respuesta.

Atentamente, un cristiano que lamenta profundamente la muerte de Domingo Choc.

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Estudiante en el día y músico por la noche. Amante de las buenas historias y las buenas conversaciones. Escribo para escaparme del bullicio del día a día.

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