By Voluntariado Social Landivariano URL
Posted: Updated:
0 Comments

Érase una vez, hace un par de meses en este mismo país, una niña que quería llegar al norte. Marisa—así se llamaba la niña—vivía en Comayagua con su mamá, doña Georgina, y su hermanito José. Todos los días, Marisa se levantaba temprano para ir a la escuela; cuando regresaba, hacía sus tareas y cuidaba a José. Marisa era muy feliz, preparándose panes con jalea y cenando baleadas dos veces por semana.

 

Un día, doña Georgina llamó a Marisa y le dijo que en unos días iban a viajar. Marisa se puso muy contenta, «¿vamos a la playa? Me encanta la playa»

 

— ¿A dónde, mami?

—Vamos a ver a tu papá, mija.

Su papá. Hace unos cuatro años que Marisa no veía a su papá y ya no se acordaba mucho de él, solo de su voz, porque hablaba con él todos los martes, jueves y sábados. Pero Marisa no quería dejar su escuela y sus amigas.

— ¿Vamos a regresar, mami?

—No, mi amor. Queremos quedarnos allí con tu papá.

—Pero, ¿y mis amigas? ¿Quién va a ver a la abuelita Fátima?

—Yo sé que las vas a extrañar, mi amor, pero podés seguir hablando con ellas por el teléfono y allá vas a hacer amigas nuevas. También vas a conocer a tus primas. Y tu tía se va a quedar acá con la abuelita. Todo va a estar bien —dijo su mamá. Pero doña Georgina tenía esa sonrisa temblorosa, los ojos con lágrimas que no caían; que usaba cuando extrañaba a su esposo. María no quería que su mamá estuviera más triste, así que sonrió.

Una semana más tarde salieron de su casa. Caminando, con la mochilita de la escuela en la espalda, llevando ropa y sándwiches. Había otro par de familias en la aldea y mientras continuaban, se fueron encontrando con más y más personas que se iban al norte. Al principio, Marisa estaba entretenida viendo el paisaje y cómo iba cambiando. A ratos jugaba con su hermanito o con otros niños que estaban por allí. Pero luego quedó muy cansada. Todo era caminar, caminar, caminar.

Y estaba harta de los sándwiches. Lo que ella quería, honestamente, era una baleada. Una cama también estaría bien.

 

Eventualmente llegaron a la frontera con Guatemala. Doña Georgina estaba nerviosa, porque al parecer no los querían dejar pasar. Tuvieron que esperar varias horas, lo que al parecer de Marisa era estupendo, porque podían descansar. José se quedó dormido, así que no tuvo que cuidarlo y su mamá les compró unos jugos.

Cuando los dejaron pasar, Marisa casi llora junto con su hermano. Ya le dolían los pies y tenía hambre, pero no soportaría otro sándwich. Eventualmente un pick up les ofreció jalón y Marisa se sintió feliz. «¡No más caminar! Ya solo falta Guatemala y México. Espero que la otra frontera esté cerca y que aquí tengan comida». Marisa siguió viendo el paisaje cambiar. Los puentes sobre ríos se convirtieron en pasos a desnivel y cada vez había más carriles y más carros. Luego comenzaron los edificios, altos y llenos de cristales. El pick up les dejó ya en la ciudad capital, o eso parecía, su mamá le explicó que pasarían la noche en Casa del Migrante y que allí les darían comida. «Ojalá no sean sándwiches».

A Marisa le daba miedo caminar en la calle. Cuando los carros pasaban rápido, podía sentir su cabello volar. A las horas, con el sol alto en el cielo, Marisa y su familia se quedaron descansando debajo de unos árboles—justo en frente de un semáforo. Doña Georgina tomó un vasito y se acercó a un carro; Marisa la siguió. Aunque el carro estaba polarizado, Marisa pudo ver a la mujer—usaba lentes y tenía el cabello en una cola. Estaba segura que les daría algo. «Los niños traen empatía», le había dicho su mamá. «Por eso nos van a dejar entrar a los ‘Estados’». Pero luego la mujer regresó la mirada al frente y unos segundos más tarde, el semáforo dio verde. Su mamá no dijo nada. Al rato, siguieron caminando. «Vieja fufurufa. Ojalá en la frontera nos vaya mejor con eso de la empatía».

 

Por fin, esa noche, llegaron a la Casa del Migrante. El lugar estaba repleto de gente, pero al menos había comida y un baño. «Espero que tengan baleadas», pensó Marisa. «Y una chamarra».

 

Había que hacer cola para todo y personas mandonas diciéndoles qué hacer, pero al menos Marisa pudo conseguir una chaqueta y darse un baño. «No sabía cuánto amaba el agua. ¡Se siente tan bien bañarse!» Marisa, José y su mamá dormirían junto con otras cincuenta personas, en una tienda gigante. Repartieron colchones y algunas chamarras, aunque no todos pudieron obtener una. Les entregaron comida: huevitos, frijoles, crema, tortilla y atol de elote. Marisa apiló la comida dentro de la tortilla y se imaginó que tenía pollo y aguacate. No era la mejor baleada que había probado, pero al menos no era un sándwich.

Marisa sabía que mañana tendría que caminar, caminar y caminar. Aunque no quisiera, tendría que comer más sándwiches y cuidar a su hermano. Pero al menos esa noche, con el estómago lleno, una chamarra sobre su espalda, un colchón debajo de ella y agarrada de la mano de su mamá, Marisa se sintió muy feliz.

 

Related Posts

El 20 de octubre de 1944, un movimiento militar y civil, saltó a las calles para ponerle fin a los...

**para comprender esta columna, usted tiene que entender el uso de la ironía y el sarcasmo como...

Desde Tik Na´oj consideramos importante la implementación de la interseccionalidad en nuestros...

Leave a Reply