Fotografía: Artes Landívar

Ayer. Último ensayo de esta temporada. Trabajamos intensamente en diciembre y, ahora, a finales de enero. Todavía en pandemia. Casi no dormí la noche antes de estos últimos ensayos que eran frente a varios invitados. Tuve miedo de que se me hubiera olvidado el texto a pesar de que todos los días lo decía por lo menos una vez.  Como Mario es un escanner, y lo habrá notado, ese día, antes del ensayo, me habló sobre interesantes futuros proyectos y sobre anécdotas de su vida en el teatro. Fue increíble, pero después de un rato de escucharlo, empecé a sentir cómo mis hombros caían y mi cuerpo se relajaba. Antes de que llegara el público, ensayamos algunas escenas escogidas y eso me dio confianza. Revisamos las escenas unas veces juntos, otras veces lento y otras veces simplemente lo escuché. En ese último ensayo estaban mis dos hijos y mi hermana. Ese día sentí que realmente me relajaba siendo la Fufita. Era como si realmente estaba allí con el público, siendo ella y compartiendo con ellos. Y se hizo realidad lo que Mario tanto me dijo: Te vas a divertir siendo la Fufita. Al final del ensayo, estaba muy sorprendida del gozo que me llenaba. Incluso no entendía claramente cómo era que me sentía tan completa y tan feliz. ¡Y sin ninguna copa de vino!

 

Hoy es uno de esos días de febrero en los que ya no hay ensayos.  Extraño la mirada intensa de Marizza, mi repetidora, con la que desarrollamos una complicidad de hermanas menores. Extraño también el silencio de Sergio y el sonido de su máquina de fotos. Extraño ser la poco consecuente de la Fufita, la que dice lo que piensa y la que se enreda en un montón de líos. Pero, sobre todo, extraño la presencia de Mario. Esa presencia que siempre me mueve a dar lo mejor de mí. Que me dice que no marquemos nada, que reinvente la obra cada vez que la haga, que nunca repita lo mismo y que me atreva a jugar más. Gracias a él, eso planeo hacer porque además tenía razón, ahora realmente la quiero presentar.

 

Durante estos años Mario me llevó suavemente de la mano. Ayudándome a ganar confianza, ayudándome a tener la valentía para jugar más, ayudándome a encontrar placer en el rigor y a redirigir mi pasión por el escenario.

 

Quiero defender a la Fufita.

Quiero divertirme y ser ella muchas veces.

Quiero cometer todos sus errores.

En resumen, quiero atreverme a ser muy pero muy humana.

 

“Es de ser, humano, de lo que se trata. De primero, todos mis esfuerzos se encaminan al florecimiento del estudiante de la actuación, a través de un trabajo de la búsqueda de la verdad. Es un curso de interpretación con el sesgo de la máscara, guiado por la pasión de un juego liberador con reglas extremadamente precisas que no hacen más que aumentar el placer del rigor. He tenido el gozo de transmitir esta disciplina desde 1981 en el seno del Conservatorio.”

 

Mario González

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