By Alexander López
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Pandilla2

Alex López/Agrupación LEDH/

Una pequeña parte de mi vida estuvo enmarcada por un entorno social conflictivo, en el que figuraban las maras como grupo de refugio para jóvenes que tuvieran conflictos personales y familiares. Este entorno me hizo pensar cómo los niños y jóvenes llegan a parar en tales grupos, cómo los pensamientos e ideaciones de superación emocional y personal se ven afectados, distorsionando la creencia que el ingreso a una pandilla es la mejor decisión de sus vidas. Sin embargo, para entender esas bases, es necesario conocer primero las raíces y el entorno sociocultural guatemalteco que las promueve.

Las maras conforman un grupo social determinado por jóvenes violentos, organizados en clicas o células, quienes se comunican por medio de lenguaje de señas, tatuajes en el cuerpo como forma de identificación y grafitis en las paredes para representar su territorio (dieciochos, salvatruchas, etcétera). En su mayoría son hombres, alrededor de 14 a 24 años.  La esencia de estas pandillas es vivir a costas de los demás a través de la violencia y resguardar su territorio.  Para pertenecer a esta familia, muchas veces los nuevos integrantes deben atravesar ritos de iniciación que los marcan para toda la vida. Las actividades definidas por estos grupos son extorsionar, vender droga, matar a cualquier persona por simple agrado o deuda, robar, violar, causar terror en la ciudad y defender su territorio contra otras pandillas.

Una de las razones por las cuales se cree que los jóvenes se integran a estos grupos, es el hecho de sentirse parte de una familia que los acepte y una necesidad de pertenencia.

Las maras son grupos sociales que se originaron en la ciudad de Los Ángeles, California, con las pandillas mexicanas que luego se fueron nutriendo con algunos inmigrantes centroamericanos que escapaban de las dictaduras y conflictos armados de sus países.  Al ir creciendo, estas pandillas fueron deportadas a Centroamérica, cuando los gobiernos de dichos países se restablecían.   Esto dio lugar a que estos grupos organizados aprovecharan la situación y comenzaran a integrarse con personas de estratos sociales bajos, especialmente de los barrios pobres donde existía un gran porcentaje de madres solteras y una sociedad donde muchas familias se encontraban desintegradas.

Actualmente, y a pesar que no se cuenta con cifras oficiales al respecto, se estima que en Guatemala existen alrededor de 50,000 a 100,000 jóvenes integrados a pandillas.

Procesos de socialización y psicología delictiva

Desde el área de la psicología y la formación de hábitos, personalidad y socialización, se puede afirmar que el integrante de las pandillas sufre de grandes necesidades  afectivas, familiares y ambientales.  Para comenzar, el pandillero no internaliza bien el acto de socializar, ya que no se percata de los requerimientos de la sociedad que lo rodea. El individuo es inadaptable al ambiente de la sociedad, lo que lo lleva a apartarse y a formar parte de estos grupos delictivos, donde, según ellos, encuentra el bienestar y la seguridad de una familia.

Durante el crecimiento, lo que el pandillero internaliza y desarrolla es su tipo de personalidad conflictiva, debido probablemente a un ambiente familiar y social que no apoyan su desarrollo, es así como se forma su identidad antisocial. En su desarrollo primario, el marero no toma las costumbres, ni la pautas que lo llevan a ser una persona responsable y con valores, ya que no cuenta con la institución  familiar ni  escolar que ayudan a desarrollar sus habilidades de aprendizaje  y de interacción con los demás.  Si el pandillero no tiene una buena formación o buen cuidado de pequeño por parte de su familia, ni de sus compañeros en la escuela, este finalmente se identificará más con el grupo que lo apoye -las maras- y terminará rechazando las normas establecidas en la sociedad.

Los integrantes de las pandillas poseen un instinto de satisfacción por la supervivencia,  ya que por dicho objetivo buscan y causan la muerte de aquellos que los amenazan. Estos integrantes no poseen una sana necesidad de autorealización, ya que lo más importante (psicológicamente hablando) es matar gente, defender su propia pandilla y creerse superiores a los demás no importando las acciones tomadas. Eso sí, las acciones que toman para sobrevivir son las menos correctas, ya que se favorecen a sí mismos en la reacción, pero desfavorecen su entorno, donde los demás grupos sociales pierden sus bienes, pierden sus vidas y viven  con temor.

El marero en sí, no anda buscando qué robarte, no está intentado matar choferes, dependientes de tiendas y propietarios de empresas; desde mi análisis psicológico, lo que el marero verdaderamente anda buscando es cómo solventar las deficiencias y el vacío que la familia dejó en un pasado, así como las deficiencias de un entorno conflictivo-cíclico que la sociedad le brindó en la infancia.

 

Fotografía: www.davidmagnusson.se

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