embarazo

Pamela Avilés/ Opinión/

Para contextualizar esta columna: durante los primeros 7 meses del año 2013, en Guatemala se registraron 34,000 embarazos de jóvenes entre 15 y 19 años. Esto quiere decir que por día hay 160 jóvenes embarazadas, por mes hay 4,857 embarazos y por lo tanto para los 5 meses que restaban del año 2013 se pudieron esperar 24,285 embarazos más. La población total estimada para el 2013 es de 14 millones de habitantes y de acuerdo a un informe del UNICEF –año 2011- se indica que el 44% de mujeres son madres antes de los 20 años de edad. Las estadísticas demuestran un aumento significativo en la cantidad de embarazos de un año a otro; siendo las cifras las siguientes: el 2009 Guatemala registró alrededor del 41,500 casos, en el 2010 subió a 45,000, en el 2011 a 49,000 y en el 2012 hubo 59,000. La cuestión aquí es definir primero por qué Guatemala a nivel latinoamericano es uno de los países más afectados por este factor, y habiendo establecido el porqué, aclarar cómo estas alarmantes cifras pueden repercutir en el desarrollo social del país a nivel macro y por ende por qué es necesaria una educación sexual en el pensum nacional y en casa. Así pues, para esa columna se analiza un patrón de conducta –en auge- que serían los embarazos adolescentes. ¿A qué puede atribuírsele esta conducta?

Hay varios factores que influyen y definen el comportamiento de los jóvenes para tener relaciones sexuales unos con otros, sin percatarse de la necesidad de protegerse ni las complicaciones que pueden existir.

Dentro de estos factores los hay sociales, políticos, económicos, culturales, entre otros. Primeramente, es importante establecer que la carencia de una educación sexual objetiva para los adolescentes, da lugar a que al final la “educación sexual” –si puede llamársele así- que los adolescentes reciben sea puramente subjetiva ya que, no es extraño, que entre jóvenes se comenten ideas, anécdotas, experiencias y demás con respecto al sexo. Y es menos bizarro aún, que esto inquiete la mente de quienes las oyen. Consecuentemente la mente del joven se despierta ante estas conversaciones, y naturalmente sienten curiosidad no solo de conocer sino también de experimentar. Como se ha presentó, desde los 15 años se registran embarazos, lo que necesariamente implica que su curiosidad sexual se despertó durante los últimos años. Así mismo, el saber que el 44% de mujeres son madres antes de los 20 años, respalda y reconfirma el hecho de que la mujer experimenta desde muy temprana edad.

Esas pláticas entre jóvenes, sin embargo, no son de ninguna manera la mejor forma de educarse sexualmente. ¿Por qué? Es evidente que al hablar entre jóvenes predomina la experiencia del placer y se discrimina la responsabilidad con la que debe de ser tratado el tema sexual. Y no es de culpar que sea de esta forma, pues al final es también parte de los rasgos culturales de la juventud hablar de experiencias y no de responsabilidades.

El problema es que la educación sexual, en Guatemala al menos, no es dada en colegios (a excepción de algunos) y en casa. Esto se debe a que es un tema tabú y también al conservadurismo latente existente en nuestro país; por ello es muy difícil que se eduque en este sentido. Ante la falta de una educación sexual, la curiosidad es el “maestro” por excelencia en términos de sexualidad entre los jóvenes.

El sexo no puede ser tratado a la ligera, sin profundizar en su práctica, en sus cuidados y sus consecuencias.

Es necesario que este sea tratado como un paquete completo a la hora de hablar de él. Enfermedades de transmisión sexual, heridas que derivan de una mala praxis del sexo, repercusiones emocionales y ante todo embarazos no planificados, son los temas que deben de acompañar toda plática de índole sexual. Así pues, los embarazos no planificados es un tema de gran preocupación para el estado de Guatemala; de preocupación no solamente moral, sino biológica, psicológica, económica y política.

Estas preocupaciones son también las razones por las cuales se debería de considerar la educación sexual como un factor determinante para impulsar el desarrollo social de Guatemala. De manera que, expreso aquí a grandes y muy generales rasgos cómo la falta de educación sexual –apropiada- puede repercutir en diferentes ámbitos pero con la misma intensidad, en el desarrollo social de los guatemaltecos. Primeramente, en lo moral es sabido que en la mayoría de casos un embarazo fuera del matrimonio, es decir originado de la fornicación, no es moralmente aceptado, lo que puede generar un autorechazo o incluso rechazo por un tercero; provocando esto un incentivo para la discriminación. Por otro lado, en cuanto al aspecto biológico, existen evidencias de que las mujeres deben alcanzar un nivel de desarrollo en su sistema reproductivo –usualmente marcado por la primera menstruación- para poder tener relaciones sexuales, de manera que si se fuerza la integridad biológica de estas adolescentes, se puede llegar a padecer deformaciones por ejemplo en su sistema reproductivo, pudiendo crear repercusiones psicológicas y sociales que serán motivo de otra columna.

Por otro lado, en el aspecto económico, no cabe más que preguntar, ¿qué puede ofrecer alguien a un hijo sin antes haberlo dejado de ser él o ella misma? Una estabilidad e independencia económica es necesaria para criar a un hijo, y ese círculo vicioso que se genera debido a la ausencia de esta estabilidad económica en casos de adolescentes, promueve un estancamiento en la calidad de vida de quienes enfrentan esta situación. También es necesario considerar dentro del aspecto económico, a las mujeres que se vuelven madres a temprana edad ya que se ven limitadas en tiempo para terminar ya sea la escuela o la universidad, y esto repercute directamente en la futura fuerza laboral demográfica en Guatemala. Sea cual sea el caso, o entran al mercado laboral a una edad mayor –compitiendo con jóvenes (quienes tienen mayores oportunidades)- o por otro lado nunca ingresan al mercado laboral.

Pobreza y desempleo son algunos de los problemas que derivan de esta situación.

Y en el aspecto político, dos grandes elementos. El primero de ellos es que al no educar sexualmente, el Estado se ve obligado a gastar más en salud pública porque es un hecho que el embarazo adolescente es mucho más riesgoso, pudiendo caer en complicaciones que representan un mayor costo para el Estado. Un segundo elemento es el hecho de que estas madres se dedican -en su mayoría- a ser amas de casa y madres exclusivamente, y esto representa para el Estado una reducción de mano de obra cualificada o reducción en la fuerza laboral, fuerza que al final es la responsable del fomento de la producción y con ello del desarrollo.

Así pues, expuestos a grandes rasgos las posibles consecuencias de seguir excluyendo la educación sexual dentro del pensum nacional, no cabe más que afirmar que es preciso incluirla e iniciar a considerar alarmantes estas cifras de embarazo adolescente por un simple motivo: los jóvenes son el futuro, pero si el futuro de Guatemala está inmerso en el rol de madre y padre a temprana edad, ¿qué futuro nos depara?

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