By Rincón Literario
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lasvoces

Francisco Juárez /

En una noche de mayo de mil novecientos cincuenta y nueve, en avenida Libertador, un hombre envuelto entre retazos de ropa sucia se arrastraba por la acera mientras pronunciaba éstas palabras:

—Ayuda, por favor. Tengo sed, ayuda. ¿Qué es lo que cae del cielo? ¿lodo? -decía mientras extendía sus brazos como dispuestos para recibir lluvia después de años de sequía—. ¿Qué nos tiran desde el cielo? ¿ya no queda maná? ¡Necesito agua! Por favor. Tengo sed.

Las personas que caminaban por el lugar lo veían de lejos, extrañados. En círculo un grupo de mujeres observaba al hombre dar vueltas en el piso, acurrucarse bajo un balcón rojo. En ese momento, levantándose repentinamente y tomándose de un poste del alumbrado eléctrico, alzó la mirada y dijo:

—¿Una esponja con vinagre?, es el fin, padre, ¡termina con mi suplicio!, ya todo está consumado. Me colocan la esponja en la cabeza, el casco de metal, el electrodo, me sujetan las manos. Escucho el interruptor. La soga y su nudo están listos alrededor de mi cuello, sólo deben remover el soporte de mis pies, atar mis manos, vendarme los ojos, escuchar el sonido de los disparos. «¡Renuncie a su fe!». Quiero gritar, decir mis últimas palabras pero ya se sienten las mandíbulas del tigre, sus enormes colmillos, el rugido del hambre y de lo salvaje —el hombre hizo silencio.

—¡Los gritos desde lo alto del Coliseo! —volvió a su soliloquio—. Se escucha el crujir de la madera, miles de troncos arden, «¡Avancen malditos herejes! ¡Caminen!», nos someten. Bajamos entonando una canción por las sendas de Montsegur. «¡Confiese su herejía, acepte a Cristo como su señor!». Los huesos se agrietan con las máquinas que retuercen mis músculos. Destrozan mi carne mientras avanzan sobre nuestros cuerpos los enormes tanques que nos impiden abandonar la plaza, llevábamos semanas de resistencia pacífica (era una revolución cultural).

»En la plaza lanzan disparos, vienen desde el tejado de una iglesia, desde las ventanas de cuarto piso del edificio Chihuahua, todo es confuso. Veo a uno de los compañeros caer abatido. Su rostro golpea contra el suelo. El látigo vuelve a lacerar su carne, «¡Continuarás construyendo!». Vemos la estatua del dios Akenatón surgir de entre la arena. «¡Trabaja!», construimos los enormes almacenes y la casa del Reichsmarschall. Escuchamos el sonido de las botas avanzar por las calles de Polonia. Entran por las grandes alamedas sobre bestias que no conocemos. Nuestro señor fue engañado y Tenochtitlán derrama sangre. Lo vendieron por veinte monedas de plata y bombardearon el palacio. Luchó hasta el último momento y antes de que lo tomaran preso se pegó un tiro. «¡Dejaré la Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera!».

»No me moveré de este lugar, no importa, incluso si el tanque pasa sobre mi cuerpo los restos y la sangre permanecerán como tinta indeleble. Siempre habrá un lugar donde luchar. «Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga bajo el brazo». Es impresionante ver tantos huesos apilados en las calles de Jerusalén. En el campo de Auschwitz. Muchos no aparecen, se han esfumado. «¡No están muertos ni vivos, están desaparecidos!», incinerados, volatilizados en el aire de Nagasaki, rodando en las profundidades de un río, enterrados metros bajo tierra en una base militar, apelmazados y hechos papel en un archivo de la policía, arrojados en un vuelo de la muerte al mar, enterrados en una mina de salitre, carcomidos por la arena del Sahara, por la nieve de Moscú, por la radioactividad en Chernóbil. Son miles, son millones de granos de arena, son hojas y raíces, un grano de tierra, una semilla y una hoja que vuela por el viento, un grito apagado y un nuevo canto. Todos, como yo, habrían querido ser enterrados con una palabra en su lápida: Paz.

»Los restantes tenemos sed. Nuestras heridas no han sido ungidas ni lavadas. Los restos de aquellos han sido trasladados de un lugar clandestino a una fosa común; no existe mausoleo donde se conozca su lugar de descanso eterno.

»Te cortan las manos, te destazan como aves de rapiña y te entierran en un lugar secreto, aun así vuelves entre nosotros, nos muestras tus muñecas atravesadas y malheridas, tus ojos y tu boca, tus manos que pelearon con espada, con fusil, con palabras y acciones, con infinito amor.

En ese momento cayó hincado, inclinado sobre el poste de madera, sus manos empezaron a moverse en el aire como bordando sus palabras:

—Soy Helena de Troya que aún teje el porvenir, soy Dante que sigue viendo los suplicios de los círculos infernales, a mi lado no se encuentra Virgilio, lo han secuestrado, «está desaparecido» —dijo mientras una carcajada infernal salía de su boca—. De alguna forma hay que hacer hablar a los huesos.

En el pecho, sobre uno de los trozos de ropa, el hombre movió sus manos sucias y ennegrecidas en representación de una persona tejiendo y la imagen de un poeta acusado por sus propios compañeros de ser contrarrevolucionario apareció milagrosamente. Todos cayeron de rodillas. Otras imágenes aparecieron. La de un poeta quemado vivo junto a su pareja, la de un hombre que se prende en llamas en una plaza y la de un anciano que llora al recordar la muerte de un alumno en la plaza de las Tres Culturas en un octubre que aún no había ocurrido.

Al amanecer se escucharon por última vez, lejanos, los sollozos de aquel hombre. Un campesino cuenta que él fue el último en verlo. Afirma que las últimas palabras de aquel hombre, dichas directamente a su oído fueron: “Ayúdeme, tengo sed, tengo tanta sed. No puedo evitar escuchar las voces”.

He visto nuevamente al campesino, se le ve caminar por el parque Mirador, a todo aquel que pasa a su lado le dice: “Ha resucitado”.

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