By Rincón Literario
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Leonid Andreiev

Leonid Andreiev / Rincón Literario /

III

Nadie se preocupaba de Lázaro; amigos y deudos, todos sin excepción, lo habían abandonado y el gran desierto que rodeaba la ciudad santa, llegaba hasta los umbrales mismos de su casa. Y en su casa se metía y en su cuarto se instalaba cual si fuese su mujer y apagaba los fuegos. Nadie se preocupaba de Lázaro. Una tras otra, fuéronse de su lado sus hermanas… María y Marta… Resistióse mucho a hacerlo Marta, porque no sabía quién iría luego a alimentarlo y le daba lástima y lloraba y oraba. Pero una noche, habiéndose levantado en el desierto un huracán que, silbando, zarandeaba los cipreses sobre el techo, vistióse sus ropas con sigilo y con el mismo sigilo se fue. Seguro que Lázaro oiría el ruido de la puerta que, mal cerrada, volteaba sobre sus goznes bajo los intermitentes embates del viento… pero no se levantó ni salió a mirar. Y toda la noche, hasta ser de día, estuvieron zumbando sobre su cabeza los cipreses y crujiendo, quejumbrosa, la puerta, dando paso franco hasta el interior de la casa, al frío y ansiosamente galopante desierto. Cual a un leproso huíanle todos y como a un leproso querían colgarle al cuello una campanilla, con el fin de evitar oportunamente su encuentro. Pero hubo quien, palideciendo, dijo que sería terrible eso de oír en el silencio de lanoche, al pie de la ventana, el tintineo de la campanilla de Lázaro… y todos también, palideciendo, le dieron la razón.

Y como tampoco él se cuidaba de sí mismo, es posible que se hubiera muerto de hambre, si sus vecinos, por efecto de cierto temor, no se hubieran encargado de llevarle la comida. Valíanse para esto de los niños, que eran los únicos que no se asustaban de Lázaro; sino que, lejos de eso, burlábanse de él, como suelen hacerlo, con inocente crueldad, de todos los desdichados. Mostrábansele indiferentes, y con la misma indiferencia pagaba Lázaro; no sentía el menor antojo de acariciar sus negras cabecitas ni mirar a sus ojillos, brillantes e ingenuos. Rendida al poder del tiempo y del desierto, derrumbóse su casa, y mucho hacía ya que se le fueran con sus vecinos sus hambrientas escuálidas cabras. Desgarráronsele también sus lujosas vestiduras nupciales. Según se las pusiera aquel venturoso día, en que tocó la música, así las llevó sin mudárseles, cual si no advirtiese diferencia alguna entre lo nuevo y lo viejo, entre lo roto y lo entero. Aquellos vistosos colores se destiñeron y perdieron su brillo; los malignos perros de la ciudad y los agudos abrojos del desierto convirtieron en andrajos su delicado cíngulo.

Un día, que el implacable sol volviérase un verdugo de toda cosa viva y hasta los escorpiones permanecían amodorrados bajo sus piedras, conteniendo su loca ansia de morder, Lázaro, sentado inmóvil bajo los rayos solares, alzaba a lo alto su azulesco rostro y sus greñudas y salvajes barbazas.

Cuando todavía los hombres le hablaban, preguntáronle una vez:

—Pobre Lázaro, ¿es que te gusta estarte sentado, mirando al sol?

Y contestó él:

—Sí.

Tan grande debía de ser el frío de tres días en la tumba y tan profunda su tiniebla, que no había ya en la tierra calor ni luz bastantes a calentar a Lázaro y a iluminar las sombras de sus ojos —pensaban los preguntones y, suspirando, se alejaban.

Y cuando el globo rojizo, incandescente, se inclinaba hacia la tierra, salíase Lázaro al desierto e iba a plantarse frente al sol, como si quisiera cogerlo. Siempre caminaba cara al sol; los que tuvieron ocasión de seguirlo y ver lo que hacía por las noches en el yermo, conservaban indelebles en la memoria la larga silueta de aquel hombre alto, sombrío sobre el rojo y enorme disco encendido del astro. Ahuyentábalos la noche con sus terrores y no llegaban a saber lo que hacía Lázaro en el desierto; pero su imagen negra sobre rojo, quedábaseles grabada en el cerebro, con caracteres imborrables. Como una fiera que revuelve los ojos y se frota el hocico con sus patas, así también apartaban ellos la vista y se restregaban los ojos; pero la imagen de Lázaro quedaba impresa en ellos hasta la muerte.

Pero había individuos que vivían lejos y nunca habían visto a Lázaro y sólo tenían de él vagas referencias. Por efecto de esa curiosidad irresistible, más poderosa todavía que el miedo, aunque del miedo se nutre, con una íntima burla en el alma, llegábanse a Lázaro, que estaba sentado al sol, y lo interpelaban. Por aquel entonces, ya el aspecto exterior de Lázaro había mejorado y no resultaba tan imponente; así que, al pronto, ellos chascaban los dedos y pensaban que los habitantes de la ciudad santa eran unos estúpidos. Pero luego de terminarse el breve coloquio, cuando ya se iban a sus casas, mostraban un aspecto tal, que en seguida los habitantes de la ciudad santa los conocían y comentaban:

—Todavía hay locos que van a ver a Lázaro —y sonreían compasivos y alzaban al cielo los brazos.

Llegaban, con estruendo de armas, valientes guerreros que no conocían el miedo; llegaban, con risas y canciones, jóvenes felices; y discretos publicanos, preocupados con el dinero, y los arrogantes ministros del templo detenían sus rebaños junto al hebreo Lázaro…, pero ninguno volvía de allí como había ido. La misma sombra terrible caía sobre las almas y confería un nuevo aspecto al viejo mundo conocido.

Así expresaban sus sentimientos aquellos que se prestaban aún a hablar:

Todos los objetos, visibles para los ojos y tangibles para la mano, vuélvense vacíos, livianos y translúcidos… semejantes a claras sombras en la bruma nocturna, así se vuelven; porque esa misma gran bruma que envuelve toda la creación, no iluminada por el sol ni por la luna, ni por las estrellas, que cual velo negro infinito arropa a la tierra como una madre, envolvíalos a todos; todos los cuerpos penetrábamos, así el hierro como la piedra y soltábanse las partes del cuerpo, faltas de encaje, y en lo hondo de esas partes penetraba también y disgregábanse las partes en partículas; porque ese gran vacío, que envuelve la creación no se colmaba ni con el sol ni con la luna o las estrellas, sino que imperaba sin límites, por doquiera calaba, separándolo todo, cuerpos de cuerpos y partes de partes; en el vacío hundían sus raíces los árboles y ellos también estaban vacíos; en el vacío, amenazando con espectral caída, gravitaban los templos, los palacios y las casas y ellos también estaban vacíos; y en el vacío agitábase inquieto el hombre y también resultaba vacío y leve cual una sombra; porque no existía el tiempo y el principio de cada cosa fundiase con su fin; apenas labraban un edificio y aún sus constructores daban martillazos; cuando ya se dejaban ver sus escombros y en el lugar de ellos, el vacío; apenas nacía una criatura, cuando ya sobre su cabeza ardían los blandones fúnebres y se apagaban y ya el vacío ocupaba el lugar del hombre y de los fúnebres blandones; y abrazado por el vacío y la sombra, temblaba sin esperanza el hombre ante el horror de lo Infinito.

Así decían aquellos que aún se prestaban a hablar. Pero es de suponer que aún habrían podido decir más aquellos otros que se negaban a hablar y en silencio morían.

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