Diego Andrés Hernández Marroquin
Ese color no brotó de la nada ni fue votado por tus vecinos. Antes de que lo vieras en TikTok, ya estaba decidido en una sala de reuniones en Nueva Jersey, donde el Pantone Color Institute reúne a consultores, ejecutivos y analistas de tendencias. Revisan qué pigmentos produce la industria más barato, qué paleta aguanta bien en la pantalla de un teléfono y qué tono generará colaboraciones pagadas. La «intuición del momento» es solo el nombre elegante que le dan a la logística. Y no se detiene en los escaparates de Nueva York: llega a los pasillos de Oakland Mall, a las tiendas de segunda mano que replican lo que fue lujo hace dos temporadas, a los puestos que venden imitaciones del color que alguien, en alguna parte, ya declaró oficial. La cadena es larga. Tú eres su último eslabón.
Ahora viene la parte más inteligente del mecanismo: que te sientas libre. Que entres a una tienda, veas ese color y jures que «te representa», que es «muy tuyo». No es magia. Es entrenamiento. Durante meses, ese tono apareció en los cuerpos que el algoritmo decidió mostrarte, en las casas que seguiste en Instagram, en las alfombras rojas que admiraste. No lo viste llegar porque nadie puso un cartel. Lo que crees que es intuición estética ya fue calibrado para confundir la repetición con la autenticidad. Y aquí está lo más incómodo: cuando alguien de otro entorno, otro presupuesto u otro cuerpo elige un color diferente, tú lo llamas «feo» o «pasado de moda». No es una cuestión de gusto. Es una cuestión de posición social disfrazada de sensibilidad. El verdadero privilegio no es poder comprar el color del año: es poder llamar «personal» a lo que otros ya decidieron por ti.
Así que la próxima vez que estés frente a un perchero con ese tono entre las manos, sintiendo que te mira, que te entiende, haz una pausa. Ese color no sabe tu nombre, ni tu entorno, ni lo que de verdad te define. Lo que tienes frente a ti no es un encuentro íntimo entre tu identidad y un pigmento. Es el último tramo de una cadena que empezó lejos y llegó hasta tu bolsillo con una sola misión: que no preguntaras. ¿Lo elegiste tú, o te eligieron a ti? Si la respuesta te incomoda, quédatela. Es lo único realmente tuyo en toda esta historia.
