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José Andrés Ochoa/ Corresponsal/

Cuando veo partidos de fútbol prefiero la esquina del sillón. Me gusta aislarme, dedicarme a ver el partido y no emitir gesto o sonido alguno durante los 90 minutos. “Estás nervioso”, me suelen  decir. Para nada; lo que sucede es que como buen aficionado que soy, me gusta ver el fútbol. Apreciarlo.

Así que es rara la ocasión en la que un gol es capaz de hacerme levantar del sillón. No importa si juega alguno de mis equipos preferidos. Me acostumbré a expresar mis emociones hasta el final, con la mente fría y decir “buen partido”. O malo, según el resultado.

En mis 21 años he visto muchos goles, algunos preciosos, otros fantásticos. Están los que dan un campeonato o aquellos que me han dado ganas de irme a la cama y esconderme bajo las sábanas.

Hay tres goles, sin embargo, que puedo recordar a la primera. Y que sí, o me hicieron gritar o consiguieron que me quitara la camiseta sin importar la barriga.

Vamos a recordar.

6 de junio de 2004: Un día después de mi cumpleaños, Cobán Imperial volvía al Mateo Flores para intentar ganar un campeonato. Los antecedentes en finales no eran favorables. Aquel gol de Latorre que nos apagó en La Pedrera o el 0-3 que remontaron los Rojos y nos liquidaron en penales. La historia parecía repetirse. Ese 6 de junio, casi al final del partido, Christian Chaparro empató el global con un gol que nunca debió contar: un rubio argentino cuyo nombre no recuerdo –o no quiero acordarme- le asiste con la mano y cae el tanto que lleva el partido a tiempos extra. La veía mal; por poco creía que en este país solo ganaban los de la capital. Pero Tránsito Montepeque, ese inquieto delantero, la mandó a guardar. Encara, hace finta de disparo y luego remata con tal potencia que estaba destinado a doblar las manos del portero y entrar al arco. Me hizo levantarme de la cama, donde veía el partido y agitar los brazos por varios minutos. Cobán campeón en el Mateo Flores. Por fin.

9 de junio de 2007: Otra vez el mes de mi cumpleaños. La anécdota es más memorable porque aún eran tiempos en donde la liga española iba por televisión abierta en Guatemala. Doble gozo. El Madrid jugaba en La Romareda contra el Zaragoza que era una auténtica piedra en el zapato en esos tiempos. Quiso serlo, con ese gol de Milito que ponía el 2-1 en contra, mientras el Barca en el Camp Nou ganaba el derbi con el mismo marcador sobre el Espanyol. Pero fue al 89 cuando Van Niestelrooy, a rechace de César, puso cuerpo y corazón para empujar un balón que daba el empate. Sin embargo, ese no fue el gol que les quiero contar. Rápido cambié de canal. Real Madrid necesitaba que el Barca también empatase para no perder el liderato de la Liga. Y sucedió. Pase a Raúl Tamudo –tenía que llamarse Raúl- y define con tiro cruzado, sutil. El Camp Nou se cruza de brazos y yo, que recién había aprendido a chiflar, lo hice con tremenda alegría que mi corazón latió con gran rapidez los siguientes cinco minutos. Se dieron las cosas y una fecha después ganamos al Mallorca. Campeones con Capello. Gracias, Raúl.

6 de abril de 2011: Guatemala estaba a una victoria de conseguir la hazaña más grande en un país que tiene poco fútbol pero sí mucha pasión por ello. La selección sub 20 jugaba, a casa llena, contra Estados Unidos. Fui al estadio con unos amigos. La camisola que llevaba puesta era la de Cobán. Y si bien no soy asiduo de la selección nacional, sin duda era un momento importante y tenía la oportunidad de asistir. Compramos los boletos en reventa –maldito negocio-. Estados Unidos acababa de empatar. El juego no se veía de buen modo. Pero falló la defensa norteamericana. Balón largo que le queda a Henry López y la pone ahí, al fondo. Grité, abracé a los amigos y vi cómo unos patojos se dejaban la piel. El resto del partido fue un manojo de nervios escondido en los miles de gritos de quienes estábamos ahí y el grito colectivo fue aún mayor.

Que hay goles mejores, seguro. Que los hay en marcos más bonitos, también. Pero esos tres, si me preguntan, me hacen sonreír cada vez que los recuerdo. A veces me meto al YouTube, busco los goles y me recuesto en la silla. Y me emociono.

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