By Brújula
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Juan Pablo Romero/ Opinión/

La historia de este sueño inició en un pequeño, hermoso y humilde cuarto que mi padre construyó con mucho trabajo y esfuerzo hace muchos años, de hecho, fueron dos veces, una antes del terremoto de 1976, y luego tuvo que reconstruirlo. La intención de mi padre en esos días, era la de hacerse de un su carrito para cuidar a su familia, que cada vez era más grande, yo no había nacido por cierto; vine a este mundo años después. En fin, el cuarto del que hablamos era el garaje, el primer ambiente de nuestra casa familiar, tantas historias de mis hermanas y mi hermano, mis tíos y tías, primos y primas, amigos y conocidos de la familia. No crean que hemos dejado de usarlo, todavía sigue siendo la entrada principal. El carro nunca vino por cuestiones de plata, con el salario de un maestro en este país que le paga más a figuras públicas precisamente por ser figuras y no actores sociales, es difícil mantener económicamente a una familia grande; lo que sí logró fue comprarse una su moto de las buenas como dice mi papá que hasta la fecha conduce y la cuida como si fuera su carrito.

Yo nací hace treinta años y soy el más joven de mi familia; aquí me han enseñado a cuidar la vida e inculcado el compromiso social para vivir en un mundo mejor.

En septiembre 8 del año 2006, no solo familia entraba por la puerta de la casa y pasaba por el zaguán, también algunos niños y niñas de mi colonia empezaron a ser parte del escenario familiar, llegaron tres y con sus voces poderosas invitaron a otros tres  y poco a poco, de tres en tres ya eramos treinta y de treinta en treinta, cien… Y así cambió la historia de mi vida, la historia de mi familia, porque al hijo más pequeño se le había ocurrido iniciar una escuela, un espacio de seguridad y amor para la niñez de la colonia, del municipio, un proyecto de vida comunitaria donde todos y todas nos respetáramos y aprendiéramos a cuidarnos, a mantenernos lejos de la calle, la tristeza social y la violencia.

Le llamé  “Los Patojos”, porque cuando mis primos y yo éramos niños, nuestra abuela, nuestra santa abuela nos salía a llamar a la calle donde jugábamos: Patojos, patojos vengan a tomar su atolito. 

Nunca nadie jamás habrá de cuidarnos tanto como lo hizo nuestra Abuelita Beca y en su honor, le pusimos como nombre al proyecto: Los Patojos. Hoy, después de siete años, estoy sentado en la terraza de nuestra nueva casa, ya no es desde el techo de la casa de mis padres donde alrededor de 300 personas de todas las edades y partes del mundo se reúnen a soñar y activar sus  ideas, a comer, a reír, a llorar, a conversar, a bailar, a cantar, a estar bien… no, ya no es desde el lugar que me vio nacer y crecer. Estoy escribiendo la historia de Los Patojos, Sueños e Ideas en Acción y todos sus proyectos durante los últimos años. ¿Les gustaría conocer nuestra historia? espero que sí porque estoy listo para contarla, comencemos.

 

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