Elecciones2

Aury Minchez / Opinión /

Desde hace algunas semanas, venía investigando acerca de los distintos candidatos y sus propuestas de gobierno, por esta la primera vez que votaba.  Este ejercicio hacía que me indignara cada vez más, ya que empezaba a surgir en mí el sentimiento de desconfianza en este proceso electoral por no considerar idóneo a algún candidato y las condiciones en que se estaban desarrollando estas elecciones 2015.

Sin embargo, a pesar de ese sentimiento de incertidumbre y desconfianza hacia el proceso electoral y reconocer la debilidad de nuestro sistema político, tenía muy en claro que sí debía votar. En mi condición de estudiante de relaciones internacionales de la Universidad Rafael Landívar, debía reflejar ese compromiso y anhelo de poder aportar un grano de arena a la construcción de un mejor país para nosotros y las generaciones futuras, por lo que el abstenerme y no votar me parecía una idea absurda.  Asimismo, no dejaba a un lado la importancia que representa este ejercicio de libertad de decisión, ya que nuestro país aún se encuentra en vías de consolidación democrática, por lo que para mí era más que necesario el contribuir con su fortalecimiento.

A tres días de las elecciones se empezó a intensificar en mí ese deseo de acudir a las urnas y emitir por primera vez mi voto con el fin de reflejar mi compromiso y hacer valer mi derecho cívico.

¡Por fin había llegado el día tan esperado, 6 de septiembre!

El emitir por primera vez mi voto fue una experiencia única, debido a que me tocó romper con la tradición de “vamos todos en familia a votar”, como lo había hecho en años anteriores.  Mis papás votan en Huehuetenango, por lo que la única persona que me acompañó al centro de votación fue mi novio, quien por cuestiones de tráfico, se encargó de esperarme en el carro en lo que yo ingresaba al centro y emitía mi voto.

Llegamos a las afueras del centro de votación alrededor de las 8:00 horas y previo a entrar sentí emoción por los comentarios que escuchaba de otras personas. Nunca escuché un mal comentario o el por qué íbamos a votar a pesar de esta crisis, al contrario las personas que estaban ahí –adultos y niños- iban emocionados a hacer valer su derecho cívico sin importar el desalentador contexto; entré y al inicio me encontraba un tanto perdida ya que mi mesa estaba muy escondida.

Cuando finalmente la encontré, la suerte me acompañó ya que no había cola y fui directo con el personal de la mesa – quienes me atendieron con amabilidad- asimismo, mientras estaba ahí me cercioré del proceso y que no se estuvieran cometiendo anomalías.

Era la hora de sentir ese espíritu democrático y elegir con dignidad y consciencia a aquellos que yo consideraba idóneos para representar a los intereses de la mayoría, así que ejercí mi voto sin importar las decisiones y críticas de los demás, guiándome por convicción propia -como todos deberían de hacer- no dejándonos influir, con el fin de tener la conciencia tranquila y estar satisfechos con la decisión que tomamos, lo cual es un lujo que no muchos comprenden pero que  tenemos que valorar, ya que tenemos la capacidad de elegir y voz  en nuestra sociedad.

Yo voté por quien me parecía mejor para dirigir a nuestro país que ahora más que nunca necesita de nuestro apoyo; necesitamos como ciudadanos involucrarnos más, ser más estrictos y exigir una rendición de cuentas a las instituciones comprometidas a fiscalizar a la clase política para evitar caer en lo mismo y con ello lograr el cambio que tanto anhelamos para nuestro país.

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