By Brújula
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AnaRaquel Enero

La Vía Láctea sobre las ‘Devils Tower’ en Wyoming, Estados Unidos. 

(Fotografía de David Lane; encontrada en el sitio de la NASA el 31.10.14)

Ana Raquel Aquino / Opinión /

 

“No perdamos nada de nuestro tiempo; quizá los hubo más bellos, pero este es el nuestro.”

-Jean Paul Sartre

 

No dormía casi nada. No era debido al insomnio sino por decisión personal. Era complicado según me explicó: ahora todos viven demasiado rápido. Un minuto nos resulta demasiado tiempo, no recapacitamos al desperdiciar los segundos; respiramos sin aprovechar los instantes. Por las noches él se transportaba a su universo; su propio espacio-tiempo. Era difícil comprenderlo. Un tipo solitario, reservado, con una mirada que intriga, conocedor de realidades y perspectivas.

Hacía lo que todos pero a su manera, desde su óptica. Estar consciente de hacer y no, lo que se quiere o no. Dividir lo que se debe y no, de lo que se tiene o no. Después de las dos o tres horas de sueño, la mañana lo recibía con un frío que perfora la piel. Se estiraba y acudía a la cocina por una o dos tazas de café. No entendía los sonidos de las alarmas que hacían eco en su casa; pensaba que eran necesarias para la gente que sufría de falta de autoconocimiento. Después del baño, se vestía con lo primero que encontraba en el armario[1]. Agotado estaba de intentar comprender para qué guardábamos tantas prendas, de tantos colores, con esas letras que -según le explicaron- eran la marca de la ropa y algo tenía que ver con respecto a la “oferta y demanda”; el logotipo, una especie de plusvalía social de este siglo en el cual él se encontraba. Sentía que quitaba tiempo tomar tanta decisión superflua. Le había tomado décadas entender que ese tiempo, no se repetía y encima, escaseaba.

Había trabajado mucho, había visto tanto, había perdido demasiado. Le resultaba extraño ver a todos tecleando, viendo pantallas planas, descifrando comandos, conectados entre sí por la invisibilidad de las redes y la frialdad de los sistemas operativos. Le parecía absurdo la cantidad de horas que una buena parte de la población pasaba haciendo tareas mecánicas, las cuales necesitaban poco o nada del razonamiento de la persona que las realizaba. Difícil averiguar ¿por qué el oscurantismo persistía?

Observó que en este siglo la ignorancia seguía siendo uno de los pilares del problema. Pero había cambiado, la ignorancia ahora era selectiva, opcional y voluntaria en muchos de los casos.

Decepcionado de la sociedad sin saciedad de bienes y servicios, entablaba conversaciones triviales acerca de carros, celebridades, moda, política partidista y hasta de música -que lejos estaba de ser arte- con cualquiera que por casualidad se topaba. En un mundo donde la persona común y corriente era un ser muy extraño, él se sentía normal. Salió a hacer un par de diligencias y llamó su atención la cantidad de gente que ingresaba a esos formidables edificios en medio de la ciudad, en donde la actividad principal era reír frente a superficies planas gigantes que proyectaban imágenes y sonidos con un volumen alto.  Otras personas adquirían más prendas de colores y colgaban –orgullosamente-  en ellos las bolsas en sus muñecas. Al finalizar la travesía, pagaban en una máquina que recibía: billetes o un plástico cuadrangular, a cambio escupía un pedazo de cartón y otro de papel. Le dijeron que si no entregaba el papel al salir del recinto había que dar más billetes o más plástico. Nunca le entendió –ni él ni nadie- al joven que atendía en la oficina que se denominaba “parqueos”.

Disfrutaba de tardes tranquilas, tocando piano o leyendo algún libro que explicara la fenomenología de las cosas, su actual pasatiempo. Para él estaba prohibido estar aburrido de estar aburrido. Una vez le dijeron que era antisocial porque no le gustaba salir los fines de semana ya que solían ser estruendosos y llenos de tránsito -en sus palabras-; él disfrutaba de sus momentos a solas: creía que uno nunca está realmente solo -según dijo-, siempre se está con uno mismo. La contradicción y al mismo tiempo, la paradoja de la tecnología tenía relación con el ensimismamiento: mientras se perfeccionen los medios para la comunicación, se perderá aún más el contacto directo con las personas. Existía una gran consternación en él por su deseo de hacer ver que es posible ser uno mismo aunque nuestra esfera actual venda el ser único al por mayor y el ser raro como moda.

Le molestaba de la actual cultura masificada que no se vea problema alguno con la existencia de productos comestibles transgénicos o adulterados, se indignaba ante la explotación animal; la censura le daba fuertes dolores de cabeza ya que la expresión debía responder a los poderes económicos del siglo XXI, a éstos y sus políticas deshumanizantes -a conveniencia- las podemos señalar con los dedos.

Me hizo analizar que el consumismo había generado dos grandes enfermedades: el sedentarismo y la obesidad debido a un estilo de vida poco saludable que se traducían en no querer cuidar de uno mismo dejando a lo irracional apoderarse de la mente. Se enojaba con la relativización de la vida misma; argumentaba que entonces la cotidianidad también es descartable tal cual envase Tetra Brik y he aquí la segunda paradoja: mientras el mundo que nos rodea sea desechable, nosotros lo seremos también.

Quién sabe, en la era del me conecto luego existo* probablemente el nuevo negocio sea la visa a Marte. Es un círculo incesante.

Aún no sé si la persona que conocí es del pasado o del futuro; no sé siquiera si es o no de este planeta, pero hace un par de días Jorge Luis Borges me recordó que “aunque se escriba en el tiempo, envueltos en circunstancias y accidentes y frustraciones temporales, es posible alcanzar, de algún modo, un poco de belleza eterna”. Hay ciertas ideas que no son históricas, me explico: no se cree en ellas por ser coyunturales sino porque contienen en sí mismas algo más profundo. Son ideales, utopías. Y éstas a su vez, son atemporales. El regreso del ser humano a su simplicidad máxima con la diferenciación de las necesidades reales y las creadas llega a ser, a su vez, un dilema vigente. El despertar es siempre opción toda vez se tengan los mecanismos para hacerlo; se vuelven innecesarios los relatos cortos con personajes casi ficticios si se aprende a observar con otros ojos la cotidianidad; aquí la tercera y última paradoja de la historia: lo cotidiano y su condición fugaz es lo que envuelve, instante por instante, a la eternidad.


[1] Originalmente coloqué aquí la palabra: closet, él la corrigió debido al extranjerismo.

*Gracias al viajero por los argumentos (y los instantes).

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One Comment
 
  1. Avatar
    Sebastián / 26/01/2015 at 08:46 /Responder

    Hace un tiempo vengo sobrevolando esas ideas que ya comienzan a decantar. Podríamos decir que la eternidad es la vacuidad de mente; espíritu en estado puro.
    Gracias por esta joya del pensamiento y de la sensibilidad, gracias también a quién lo inspira… y que se sigan multiplicando esos instantes de eternidad.

    Besos

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