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Antonio Flores / Opinión /

“Si lo piensas bien, todos cambiamos. Todos somos diferentes a lo largo de nuestras vidas; y eso está bien, eso es bueno. Tienes que seguir avanzando, siempre que recuerdes a todas las personas que solías ser.” – Doctor Who

Estoy en la edad donde la mayoría de adolescentes sueña estar, esa donde uno supone que todo estará resuelto y habrán solo cosas buenas e interesantes, pocas responsabilidades y planes por montones para llevar a cabo; heme aquí, pues, con muchas ideas y sueños, experiencias, errores, miedos, oportunidades y lecciones aprendidas, lejos de donde quería estar, pero quizá es aquí donde debo estar. Toma tiempo darse cuenta que cuando somos jóvenes, nos gusta creer que todo lo sabemos, que todo lo podemos y nada se nos escapa; aun recuerdo los carteles en la plaza que decían: “se metieron con la generación equivocada” (la del mp3, caricaturas, juegos de vídeo, redes sociales, etc.), esto para hacerle entender a la generación anterior (la de nuestros padres) que no eramos hijos del miedo y la indiferencia, sino hombres y mujeres pensantes, que cuestionaban, alzaban la voz y lucharían… los nietos de octubre. Hemos de aclarar que hay diferencias abismales entre hablar y actuar; logramos mucho, hicimos lo que nuestros padres buscaron un día e imitamos el andar de nuestros abuelos. Marcamos un precedente para nosotros mismos, iniciamos cambios que debemos seguir y fomentar, porque esto apenas comienza; exigir conlleva responsabilidad, las responsabilidades nos otorgan derechos y los derechos fomentan el buen vivir entre nosotros.

Pero 6 meses después de los primeros aires de primavera, no hemos cambiado del todo, al menos no en el rutinario ejercicio de nuestras vidas.

Jueves por la tarde, espero el cambio del semáforo y en medio del congestionamiento vehicular (escoja usted la avenida) pude ver al frente de una hilera de carros, un anciano que se ponía de cabeza mientras agitaba sus piernas en el aire. “Tengo 73 años” tenía escrito en una alfombra que llevaba en las manos, hubo quien le dio una moneda, otros que subieron el vidrio y un taxista le llamó para darle algo de comer. Una vieja camisa, por cinturón dos cuerdas de zapato, un pantalón raído y tenis que no son de su talla; hilos de plata en su cabeza y barba, arrugas en su rostro y dos manos oscurecidas por el asfalto. Un hombre que realiza un acto, que para cualquier persona normal, representa un esfuerzo colosal; él a sus 73 años lo hace para poder comer, para tener un techo donde dormir y un abrigo que lo proteja en las noches frias y guarde su corazón de la indiferencia de los capitalinos.

Tiene 73 años y su hogar es la calle, sus amigos el viento, la luna, el sol y las estrellas… Su historia tiene de todo un poco, a veces solo quisiera alguien con quien platicar. Es parte de una ciudad que lo ve como una mancha en la pared, algo que no debería estar allí pero con lo que nadie quiere lidiar; el semaforo marca verde, suenan las bocinas, rugen los motores, él se apresura a regresar a la acera y contar lo recibido, agradece al cielo y se prepara para la siguiente luz roja.

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Noviembre, cuando el viento sopla ligero y el sol acaricia las nubes; llevaron una piñata, dulces, gelatinas, pastel, cafecito y champurradas… allí está Emilia con su sonrisa y su viejo suéter. Espera con ansias a los invitados, quiere saber qué hay en la piñata, para quién es el pastel y si alguno de esos regalos tendrá su nombre; no sabe qué celebran, pero le gusta celebrar, le gusta sentirse en compañía y hablar al calor de una tacita de café. Un joven se acerca y la abraza, para su sorpresa hoy tendrá más que un abrazo, le han dejado en su regazo una cajita rosada con su nombre; no puede ocultar su emoción, mientras disfruta del viento y las flores en el jardín. Otro joven se acerca a ella, le ofrece abrir su regalo e inspeccionar juntos su contenido; una bufanda, ganchitos para el cabello, dulces, una blusa, calcetas… contemplan todo y lo guardan en la cajita. Emilia prosigue con su tarea diaria de observar las flores y las nubes, de pronto emocionada ve una cajita rosada a su lado “¿es para mi?” pregunta y el joven extrañado, responde que si… Ella pide abrirla y ver qué le regalaron, sacan las cosas una por una de nuevo, “una bufanda, unos ganchitos, dulces…etc.” y lo guardan llenos de asombro. Tras una breve charla sobre el pasado, ella guarda silencio y pregunta por la cajita rosada a su lado “¿Es para mi?” pregunta; entiende entonces nuestro joven amigo, que en el atardecer de su vida, a Emilia se le otorgó la habilidad de maravillarse con las pequeñas cosas de la vida una y otra vez. “Sí, es para usted ¿Lo abrimos?” responde el joven, ella asienta con la cabeza “le regalaron una bufanda, ganchitos…”

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Domingo por la mañana, hay cierta tensión en el aire, los ancianos y las trabajadoras del lugar lo saben; algo está pasando, las cosas no marchan como de costumbre, el cereal sabe diferente, la luz es más opaca, el día está nublado… alguien llegará. El ruido de un viejo motor y los golpes en la puerta rompen la tensión, la encargada entra llevando en brazos a una mujer, cuyos cabellos lucen desordenados, su ropa está sucia y lleva heridas en su pierna derecha. Rompen su ropa, estaba pegada como una segunda piel, mezcla de sudor, sangre y lágrimas; la llevan a tomar un baño, el primero en meses y luego rompen el yeso en su pierna derecha. La pierna está sana, su piel no -producto de negligencia y suciedad-, se han formado llagas y la piel cae a pedazos. Curan sus heridas, le cortan el cabello, la visten elegantemente y le dan un plato de comida digno. La rescataron de una casa enorme, bonita y con un gran jardín; allí estaba ella, encerrada bajo llave, en un cuarto en ruinas, sin luz, lleno de basura, platos desechables, heces fecales y fotos, recuerdos. Sus ojos reflejan gratitud, su sonrisa felicidad, su semblante es tranquilo; quizá era porque su gran corazón no termina de entender qué había pasado o estaba pasando, pregunta por la familia que la abandonó a su muerte, pregunta quién llegará a verla, si puede llamar…

Todos se ven incrédulos, a pesar de todo, su amor es más fuerte que el odio.

A la distancia se escucha una pequeña campana, un pequeño sonido que hace eco en la memoria de algunos jovenes y adultos, que despierta nostalgia; seguro lo has visto a él o a muchos otros, quienes empujan sus carretas blancas, de dos o tres ruedas y con stickers de colores por todos lados. Allí van, allí los vemos, recorriendo la ciudad de sol a sol, sin prisa pero sin descanso; entre ellos esta don Abigail, un amigable y sencillo hombre, que ha dedicado 30 años de su vida a llevar helados por la ciudad, a compartir las tardes calurosas y los fines de semana con las familias de la capital. Su tez morena, su constante andar y sencillez al vestir parecen ser el común denominador de tantos hombres que han dedicado su vida a un solo oficio, a una sola profesión. Como él está la señora en la diagonal 6 ofreciendo sus periódicos, con su andar lento y su voz queda, sabe que su voluntad es lo más valioso que tiene y eso nadie se lo puede quitar; cuántas historias han visto sus ojos, cuántos atardeceres ha contemplado, cuántos rincones ha caminado. Puestos a un lado por la sociedad que los exprimió, puestos aparte por la familia que criaron pero que no los quiso ver envejecer… puede más, sin embargo, el deseo de seguir siendo productivos, de continuar acumulando historias y experiencias; caminar por una ciudad que es ajena a su edad, su vida y andar.

Historias cotidianas, de nuestra ciudad, de nuestro país; perpendiculares unas de otras, porque se cruzaron alguna vez, en algún momento, en algún lugar. Hemos cambiado, hemos avanzado y sabemos a dónde queremos ir, quizá sea buen momento para detener nuestro revolucionario andar y pensar en las cosas que no queremos repetir. Nuestro odio, indiferencia, prejuicios y miedos nos llevaron a un profundo abismo, del cual solo salimos trabajando juntos y aceptando nuestras diferencias; no tendría sentido que habiendo salido del agujero en el que estábamos, regresemos a las mismas actitudes que nos hundieron. Detenerse y aceptar que fuimos niños es algo que solemos hacer, hablamos de la belleza y sencillez de la niñez, pero no hacemos nada por los niños que no tienen la dicha que nosotros tuvimos; aún tenemos niños en las calles limpiando vidrios, ofreciendo accesorios para teléfonos, lustrando zapatos, vendiendo películas, haciendo granizadas. ¿Estábamos en la plaza luchando por ellos o por selfies? Hablamos, decimos y juzgamos al pasado, como si nosotros hubiésemos estado allí, nos llamamos “nietos de octubre” y demás, pero apenas cruzamos palabra con los ancianos, como si su opinión no importara o su experiencia nada tuviera que ver con lo que está pasando; nada más ver las burlas hacia el Pdte. Alejandro Maldonado y su gabinete por la edad que tienen, “mundo jurásico” “matusalen” “casa de retiro” y demás cosas que “la generación emergente” usa para referirse a ellos. Menos mal ellos si eran diferentes, ellos ya no eran prejuiciosos; quizá no lo son, y solamente es algo arraigado en nuestro sentir y pensar, en el rápido caminar de la vida; porque no estamos para gente lenta, anticuada y sencilla, necesitamos chispa, ímpetu y complejidad.

Olvidamos que en la eterna primavera también llega el otoño, que nuestras vidas tendrán un atardecer… y entonces nos preguntaremos, ¿por qué los jóvenes nos tratan así?

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