By Rincón Literario
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/Por: Andy Doxel

 

Entre pasos y pedales, risas y una piña colada, perdí, no solo la mirada, sino el alma.

Llegaste como una brisa en verano, cuando mis heridas sanaban y mi corazón bailaba.

El tiempo fue tu aliado para que te alojaras en mí como un atardecer en inicios del invierno.

No fue que no quisiera enamorarme.

No quería amarte por la inseguridad de perderte, por el miedo a soltarte.

Pero, ¿quién controla al corazón cuando la razón juega cartas con la incertidumbre?

Te impusiste en mí como un sueño.

Una deleitable propuesta a un futuro consagrado.

Caí en lo inevitable, me embriagué de deseo, me emborraché de ti y de tu tacto.

Buscándote en cada parte, acompañado de locura y obsesión, te encontré:

En tu mundo y laureles, danzando con la vida.

Riendo entre las penas, llorando desamores, anhelando aventuras.

Tenías tu vida escrita y yo, expectante, quería ser parte de ti.

Quería ser razón, atención y todo.

Quería ser uno en un millón.

Pero tarde comprendí, que tú no necesitabas tanto como yo de ti.

Lamento la carga y estrés, el atosigamiento y enojo que provoqué;

por no acertar en lo que buscabas y ser lo que querías.

Si decides irte con el viento,

marcharte más allá de las estrellas,

llevarte contigo este poema;

Pero antes de que el tiempo se esfume,

que el instante quede olvidado,

te agradezco con el puño en el pecho,

con la sinceridad de mi ser,

y te digo: Te amo.

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