Por: Natalia Jimena Piloña Cabrera y Derek Stanley López Alvarez
Durante años, vivir en El Salvador significó acostumbrarse al miedo. Miedo a caminar por las calles, a tomar un bus equivocado o contestar una llamada desconocida con la incertidumbre de una posible extorsión o amenaza. Las pandillas no solo controlaban territorios, sino que también las decisiones de la población. Crecer en un país donde la violencia era parte del día a día termina cansando a las personas y cuando una sociedad está cansada, deja de preguntarse cuánto cuesta una solución, lo fundamental es que siempre y cuando la solución funcione, no hay problema.
Para millones de salvadoreños, Bukele no fue solo un presidente, sino la promesa de recuperar algo tan valioso como la tranquilidad que durante años parecía imposible. Su política de mano dura, basada en el Estado de excepción y las capturas masivas, logró reducir drásticamente la violencia y devolverle a gran parte de la población la sensación de seguridad. Las imágenes de cárceles gigantes, militares armados y miles de pandilleros esposados rápidamente se volvieron virales alrededor del mundo como símbolo de orden recuperado. Mientras muchos observan con preocupación las consecuencias democráticas de estas medidas, gran parte de los salvadoreños las celebran porque, por primera vez en mucho tiempo, sienten que pueden vivir sin miedo.
Cuando una sociedad vive durante tanto tiempo bajo una inseguridad extrema, ocurre algo peligroso, las personas dejan de confiar en las instituciones. Las leyes ya no parecen proteger a nadie, la justicia parece inútil e ineficaz y el Estado pierde legitimidad. El sociólogo Durkheim llamaba a esto anomia, la cual es un estado donde las normas dejan de tener sentido para la sociedad. Y cuando las reglas dejan de funcionar, las personas empiezan a buscar figuras que prometan imponer orden, aunque sea por la fuerza o coerción.
Eso explica por qué muchas personas están dispuestas a ceder parte de sus libertades a cambio de seguridad inmediata. El problema es que esa decisión no ocurre solo en El Salvador. También es una advertencia para nosotros ya que se está permitiendo este tipo de conductas autoritarias que terminan vulnerando la democracia. El Estado de excepción, implementado en El Salvador desde 2022, suspendió derechos fundamentales como la libertad de reunión, el derecho a la defensa inmediata y ciertos límites a las detenciones. Miles de personas fueron arrestadas sin órdenes judiciales y algunas organizaciones de derechos humanos denunciaron detenciones ilegales, abusos y muertes a cargo del Estado. Sin embargo, para una gran parte de la población, estas denuncias no importaban tanto como el hecho de poder vivir sin terror y ahí empieza una narrativa inquietante sobre cuando el miedo domina a una sociedad, la democracia empieza a parecer una incomodidad. Las democracias funcionan porque existen límites al poder, hay procesos, leyes, instituciones y derechos que buscan evitar que una sola persona decida absolutamente todo. El problema es que esos límites también hacen que las soluciones sean más lentas. En cambio, el autoritarismo se ve como una solución porque alguien toma el control, elimina los problemas y actúa rápido. El precio es que, poco a poco, las instituciones dejan de importar y pierden el control.
Bukele entendió perfectamente cómo conectar con una población cansada. No se presenta como un político tradicional, sino como una figura moderna, cercana y directa. Utiliza TikTok, X e Instagram para construir una imagen de liderazgo, convirtiendo cada decisión en contenido viral. Sus discursos son simples pero contundentes. Hoy, muchas personas apoyan decisiones políticas no porque las hayan analizado críticamente, sino porque las consumieron como contenido y cayeron en la fachada que se le muestra al mundo sobre un gobierno que cumple y cuida a su población. El riesgo es que empecemos a normalizar ideas extremadamente peligrosas. Celebramos que el Estado ignore procesos legales porque creemos que eso solo afectará a los criminales que por años han hecho un infierno el territorio salvadoreño. Aplaudimos que se concentre el poder en una sola figura porque sentimos que al menos hay un presidente que realmente está haciendo algo y creando nuevas medidas.
Pero la historia demuestra que cuando un gobierno aprende que puede romper las reglas sin consecuencias, rara vez se detiene por voluntad propia. Las dictaduras modernas ya no necesitan actuar con golpes militares o discursos totalitarios. Muchas veces llegan disfrazadas de popularidad y resultados inmediatos que no siempre son sostenibles.
