el migrante

Ursula Roldán Andrade /Área de Migraciones/INGEP-URL

La otra vez me topé a la salida de la Iglesia Yurrita, de la ciudad capital, como a eso de las 7 de la noche, con un hombre robusto, alto, de cabello castaño, que se dirigió a mí y me dijo: “soy migrante, vengo de Honduras y quiero llegar a Estados Unidos, no tengo para el pasaje, ¿quiere ayudarme?”  La reacción inmediata que te provoca que alguien con esas características se te acerque es de temor y desconfianza, generalmente, agarras lo que llevas como pertenencia en señal de cuidado frente al otro, que de inmediato sientes que amenaza tu seguridad. No puedo mentir, esa es una reacción de la que nadie se escapa, en esta ciudad donde los asaltos y crímenes están a la orden del día. El miedo frente al otro, el desconocido te provoca  desconfianza.

Pero algo resonó en mi corazón y mi mente, cuando dijo la palabra “soy migrante”.

Yo apenas llevo ocgho meses trabajando precisamente en la investigación y proyección social sobre migraciones en el Instituto de Investigaciones y Gerencia Política –INGEP- de la Universidad Rafael Landívar. Sin embargo, llevo más de 16 años conociendo la realidad rural de Guatemala, haciendo investigaciones y trabajo de acompañamiento con organizaciones que viven la exclusión social en este país. Así es que ese otro no me es ajeno; también reconozco, no es común que se te cruce en tu cotidianidad. A pesar de eso, esa resonancia que tuve sobre soy migrante afortunadamente me hizo reaccionar y preguntarle sobre su situación y si ya conocía La casa del migrante; le dije: “allí puede recibir apoyo para pasar la noche, comer algo caliente y recibir algunas indicaciones para su viaje”.  Me respondió que no conocía y que no sabía de esa información, se me ocurrió recurrir al internet móvil para darle la dirección y las indicaciones de cómo llegar.  Y desde luego le compartí un poco de dinero, para satisfacer su demanda inicial.  La verdad es que se me quedó viendo  sorprendido y agradeció mucho por la ayuda recibida.

Cuando me subí al carro, me quedé pensando lo diferente que es investigar sobre la realidad y apoyar a la mejora de los derechos humanos de los y las migrantes, desde nuestra posición institucional. Definitivamente, no es lo mismo cuando ese migrante se enfrenta con tu cotidianidad. También me pregunté, ¿pude haber hecho más? La duda sobre quién era realmente no ha desaparecido del todo, la realidad que afrontamos te hace mantener precauciones, pero me pregunto: ¿habrá cambiado en algo, la percepción del migrante con respecto a quién le pidió la ayuda y yo habré cambiado en algo, con respecto a quién nos interpela desde esta realidad cotidiana?

De esto se trata la campaña de la hospitalidad, interpelar la realidad que vivimos que excluye y discrimina al otro y ojalá transformar nuestras prácticas de recibir al “otro”, al extranjero, al extraño. 

Desaprender los estereotipos que nos han hecho creer sobre los y las migrantes y actuar a favor de ellas y ellos. En la historia que he contado, para mí, fue un mínimo apoyo, pero quizás esencial en ese momento para él. Además que fue importante traer a mi memoria inmediata  ¿quién era el migrante?  Esto por ejemplo, es un primer paso que ayudaría mucho a generar reacciones a favor de tener una actitud cada vez más abierta a la hospitalidad.  Importante es que leamos, que investiguemos, que escuchemos noticias sobre las características y problemáticas de los y las migrantes.  En pocas palabras yo diré, es una persona generalmente joven, hombre, mujer, pero también ya los hay niños, niñas y adolescentes. Ellos que toman la decisión de dejar su comunidad y generalmente su país de origen, por buscar oportunidades que no tienen y no les proporcionan sus lugares de origen y Estados.  Buscan tener trabajo, generar ingresos o rencontrarse con sus familiares que están ya viviendo en los Estados Unidos, que es a donde más migran.  O en los últimos años, también pueden estar huyendo de la situación de violencia que viven en sus barrios o en el caso de las mujeres, pueden estar huyendo de su cónyuge por maltrato; así también, no está lejos de la realidad de que estén migrando por la conflictividad generada en sus comunidades por los llamados mega-proyectos, por efectos del cambio climático o el crimen organizado. En muchos de estos casos, podríamos utilizar la categoría de refugiados que tendrían el derecho de solicitar asilo político.

Generalmente emprenden el viaje solo con una pequeña mochila donde llevan lo indispensable para sobrevivir unos cuantos días, agua y unas raciones de comida.  Llevan un poco de dinero, porque la cantidad de dinero mayor que han logrado conseguir a través de préstamos, ya le fue entregada al coyote como pago para conducirlos hasta el país del norte.  Ordinariamente, en Guatemala, vemos pasar nicaragüenses, hondureños y salvadoreños, pero también guatemaltecos de diversos departamentos del país, los vemos llegar a la ciudad capital. También llegan de Suramérica y hasta de otros continentes. Todos ellos, buscan mejorar sus condiciones de vida y/o sobrevivir a situaciones extremas.

Además de conocer su realidad y saber quién es él o la migrante, también hace falta que sintamos, desde el corazón, su realidad.

Ideal sería  intercambiar  con ellos y ellas. Los hay en las cárceles (su “delito” es regularmente viajar sin documentación), en las Casas del Migrante y en muchos municipios de Guatemala.  Aquí mismo, en la capital, los hay en los barrios marginales y como cuenta la historia, en las calles podemos encontrarnos con ellos y ellas. Desde este intercambio con su realidad, quizás esto nos provoque preguntarnos  ¿cómo se sitúa mi familia, mi comunidad, mi barrio, mi centro de estudios, de trabajo, frente a los y las migrantes, refugiados? Así como nos llevaría a proponer y realizar algunas acciones,  nos pide abrir las puertas y generar solidaridad con quiénes viven esta exclusión.  Lo más importante, será no reproducir la discriminación, no criminalizar al que migra y prestarle la ayuda que esté en nuestras posibilidades. Por supuesto, unirte a esta “Campaña de la Hospitalidad”, difundiéndola, intercambiando ejemplos de solidaridad y una nueva cultura de fraternidad. Es importante resaltar, esta campaña no solo nos quiere interpelar en lo individual, en lo comunitario sino frente a los Estados para lograr el respeto y la garantía de los derechos humanos de todas y todos los trabajadores migrantes.

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