Por Manuel Canahui
Corresponsal Brújula

Lo peor era cuando te dejaba el bus. Llegabas a la parada y te dabas cuenta de  que los niños de kínder que se subían con vos ya no estaban, y solo quedaban familias de otros colegios que te recordaban amablemente: ¨Su bus se acaba de ir¨. Te tocaba desandar el camino hacia tu casa, corriendo por intervalos, hasta que la cartulina que llevabas en la mano chocaba con tu pachón lleno de fresco, y pensabas lo tonto que podías verte corriendo en esa manera.

Te veías forzado a tocar el timbre de tu casa y a contarle a tu mamá lo que había pasado, pidiéndole de manera atenta si podía llevarte al colegio –digo-, a menos que hayas sido uno de esos niños cool que tienen carro a los 15. La casa parecía territorio extranjero con todo el sol entrando a una hora en la que deberías ir a la altura de Vista Hermosa, casi llegando al colegio y probablemente dormido con la boca abierta sobre tu compañero de sillón.

El día se pasaba en períodos de cuarenta minutos, con dos recesos de veinticinco y al menos, una clase en la que no hacías nada. Luego, a tu casa a almorzar y a medio hacer tareas en la tarde. Tus papás te llevaban a tus actividades extracurriculares (si es que tenías) y los viernes, salías al cine con tus amigos, sintiéndote grande y fingiendo conectar con el sexo opuesto en Oakland, o algo similar.

Hasta ahora no te dabas cuenta, pero en la simpleza de esos días radicaba lo que muchos han llamado ¨la mejor etapa de tu vida¨: la adolescencia, dulce y primorosa, en donde no se te exigía más que ganar cursos básicos y limpiar tu cuarto de vez en cuando. Aún estaba bien no saber lo que querías de la vida y el plan de vida alcanzaba para ser presidente del mundo y casarte con todas las mujeres (u hombres) que lo habitan.

Y hoy entrás a la U, después de una decena de exámenes que te obligaron a calcular cuántas abejas necesita el Tío Tom para hacer cuarenta tarros de miel y cuántas palabras agudas hay en un párrafo de García Lorca. Todo para que te arrojen el resultado que ya más o menos sabías: el estudiante tiene habilidades generales que le permiten estudiar cualquier ciencia social o exacta. ¡Y qué caso hiciste! Te inscribiste a la licenciatura en Relaciones Internacionales, aún no muy convencido de lo que vas a aprender a hacer en el transcurso de cada período de clase, que, por cierto, dura noventa minutos. Lo cual me lleva a mi primer punto:

  1. Las clases son largas
    Párrafos atrás, hice alusión a los cuarenta minutos que tenías que soportar a tu maestro de mate en el colegio, ¿Cierto?. Pues en la U, va a ser más del doble de tiempo y la clase nunca va a llamarse ¨Mate¨. Va  a ser algo como ¨Introducción a los problemas numerísticos del siglo veintiuno¨,  lo cual encaja perfectamente en mi segundo numeral:
  2. Las clases son raras
    Olvídate de clases de solo un nombre. Acá todo es ¨Introducción¨, ¨…2, 3, 4¨, ¨Análisis de…¨, entre otros. Se siente bien tener clases que suenan tan importantes; es como decir, sí, yo voy a saber un montón de esto pronto. Lo cual es cierto, siempre y cuando pongas tu mejor esfuerzo para hacerlo.  Las clases raras te dan poder y, como decía Spider Man, con gran poder, viene gran responsabilidad.
  3. Te toca darle solo
    A menos que tu mamá, papá o alguien cercano haya estudiado lo que vos estás estudiando, estás más o menos solo en el camino. No hay quien te resuelva dudas o haga los ejercicios en casa, por muchas ganas que tengan de ayudarte. Tus mejores aliados son los libros y tus propios compañeros de clase. Por lo que,
  4. Vas a hacer diez veces más amigos que en el colegio
    El mejor sentimiento es empezar a saludar a personas que no podes identificar con nombre. Pronto vas a encontrarte deseando tener una carpeta de contactos a la mano para no quedar mal ante el saludo ocasional; en su lugar, usá tu facebook y preparate para unas cinco o seis solicitudes de amistad semanales. Al menos en tu primer semestre. Y luego viene la presión social…
  5. A nadie le importa realmente lo que te ponés…
    La nueva libertad de vestirte como querrás y tirar el uniforme por un lado (aplica solo para algunos colegios) te va a hacer entrar en una nueva depresión diaria. ¿Qué me pongo? (Dato curioso, a los chavos también les estresa eso). Pero al final del segundo semestre te vas a dar cuenta de que a nadie le importa, realmente. A menos que uses shorts morados con medias verdes y una boina de Hello Kitty, estás bien.
  6. El tiempo pasa volando
    Y te toca llevar la cuenta de los días, meses y semestres. En especial cosas como fecha de pago, compra de parqueo, renovaciones, asignaciones, modificaciones, retiro académico, entre otras. No vas a dejar de asombrarte con tu capacidad de olvidar fechas de entrega de trabajos y exámenes parciales, así que mejor andálos apuntando en algún lado. Una agenda sería ideal.  Y para terminar,
  7. La U es exactamente lo que imaginás
    Lo que ves en la tele, lo que te cuentan tus hermanos y lo que fantaseas en las noches, es lo que vas a tener este año. Un montón de gente con gustos similares, vistiéndose como quiere, hablando de las mejores formas de cambiar o salvar al mundo, yendo al Reducto o a los almuerzos de la Marro (o a comer, si es un grupo más tradicionalista), viniendo en carros bonitos, sentados en un árbol comiendo un wrap… eso es la U. ¡Y es una época fantástica!
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