Cristina Figueroa/ Opinión/

Que si un día, justo en la mañana, mientras el jardín se mantiene sin sombras, sucede que durante tu canto sin afinación, recostado en el suelo de tu habitación, escuchas un chasquido, un crack intruso que nadie ha llegado a desarrollar; y junto a eso, otro crack, chist, crack. Señales de que en tu entorno, algo llega para tensarlo.

¡Es un monstruo! Grita tu mamá mientras te esconde detrás de ella para que no veas lo que ni ella ha visto.

Toda tu familia se avalancha para encargarse de desaparecer esa masa de miedo viscoso y protuberancias que derriten lo que tocan. ¿Tú qué haces? ¿Tú de qué te encargas para que nada se desmorone? Para que ese monstruo entrando en tu ventana no reemplace todo lo que existe y se lleve arrastrando entre sus garras cada rojo, en sus cutículas cada naranja, en sus nudillos cada amarillo, en sus muñecas cada verde, en sus codos cada azul, en sus hombros cada púrpura; y en su cuello, cada rojo de nuevo.

¿Qué haces tú? Para que tus pasos no transiten agrietados en peligro por un monstruo que pesa más mientras lo dejas pasar.

¿Qué haces tú? Mientras tu familia cae en la lucha desesperada por no encontrar espacio para gritar en tu habitación. ¿Qué haces tú para defenderte, para defenderlos? ¿Qué ofreces para renunciar, para liberar al menos una carga pequeña y tu casa esté en menos peligro de caer? ¿Qué haces tú? Mientras las bombas abren el techo, las hormigas se apropian del suelo, el olvido corroe las paredes, la luz se torna negra, las ventanas explotan con el viento y tú ya no tienes cama donde caer. ¿Qué haces con el monstruo para destruirlo? ¿Lo invitas a una taza de té? Al monstruo en Guatemala ya le queda muy pequeña la taza.

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