Axel Abril 1

Axel Ovalle / Opinión /

“La explotación, la discriminación que he sentido en carne propia. La opresión, no nos dejan celebrar nuestras ceremonias, y no nos respeten en la vida tal como somos. Al mismo tiempo, han matado a mis seres más  queridos y yo tomo también entre los seres más queridos, a los vecinos que tenía en mi pueblo, y así es que mi opción por la lucha no tiene límites, ni espacio. Por eso es que yo he pasado por muchos lugares donde he tenido oportunidad de contar algo sobre mi pueblo. (…) Pero, sin embargo, todavía sigo ocultando mi identidad como indígena. Sigo ocultando lo que yo considero que nadie sabe, ni siquiera un  antropólogo, ni un intelectual, por más que tenga muchos libros, no saben distinguir todos nuestros secretos.”

Así es como el libro: “Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia”, ha conmovido al mundo y ha servido de vértice para las acciones sociales y políticas que ha instaurado Rigoberta Menchú en el espíritu vivo de los pueblos indígenas latinoamericanos.

La obra, transcrita por Elizabeth Burgos, de la voz y testimonio de Rigoberta Menchú; una mujer indígena, que a sus 23 años logró salir de Guatemala para continuar su lucha por la justicia y el reconocimiento en el mundo, dando testimonio de las condiciones deplorables a las que su pueblo fue sometido y la llevó a darse cuenta de la forma en que los indígenas son menospreciados y abusados por los ladinos: “Mi padre una vez me dijo: Hay algunos a los que les toca dar la sangre, a otros les toca dar la fuerza, así que mientras podamos nosotros demos la fuerza”.

Es también la historia que cuarenta años de violencia rural en Guatemala, desde los tiempos en que ejércitos de oficiales, fieles a las empresas bananeras norteamericanas, arrojaron del Gobierno a Jacobo Árbenz e instalaron un régimen militar represivo; abierto en momentos, disfrazado de democracia en otros. Años en los que la represión provocó alrededor de 150 mil víctimas, en su mayoría campesinos e indígenas trabajadores, sobreponiéndose así a tragedias familiares. Entre ellas: la muerte del padre de Rigoberta Menchú, Vicente Menchú, víctima  del asalto que las fuerzas policiales hicieron contra una ocupación pacífica de la Embajada de España en Guatemala (1980) como denuncia de las violaciones de los derechos humanos por parte del ejército durante el régimen militar de Romero Lucas García; muerte de su Madre, Juana Tum, y de cuatro de sus hermanos, Felipe, Nicolás, Patrocinio y Marta, secuestrados, torturados y asesinados. Incluyendo su exilio en México (1981), en el que mantiene una lucha sustentada por los mismos ideales: paz, justicia, libertad, y defensa de los pueblos indígenas.

No se trata, claro está, de negar la responsabilidad del Ejército ni de negar los crímenes que éste ha cometido, sino de mostrar que la guerrilla también ha violado los derechos humanos, que también ha matado indígenas para radicalizar la situación.

[quote]”He llorado mucho en la vida. No sólo porque uno haya sufrido mucho, sino porque hay otras personas que están sufriendo muchísimo en todo el mundo”.[/quote]

A lo largo de los ocho días que Rigoberta pasó en casa de Elizabeth, la antropóloga le realizó una entrevista en la que surgen los acontecimientos que contó sobre su vida. El libro es una trascripción literal de las 25 horas de grabación que tomaron las palabras de Rigoberta Menchú.

[quote]“No toqué ni el estilo, ni la construcción de las frases. (…) Muy pronto decidí dar al manuscrito forma de monólogo, ya que así volvería a sonar en mis oídos al releerlo.” (…) “El punto de partida era un trabajo de naturaleza periodística”, explica Burgos, “que debía servir al movimiento de solidaridad con la guerrilla de Guatemala. Yo, junto con otras personas, me sentía muy implicada en el problema y veía que el drama de Guatemala era muy mal conocido porque ningún guatemalteco quería dar testimonio de lo que sucedía. Los que vivían en el interior del país, por razones obvias, pero quienes se habían exiliado, porque temían que el Ejército tomase represalias contras sus familiares en el país. Fue en ese momento cuando una médico amiga canadiense me presentó a Rigoberta Menchú. Tenía una necesidad imperiosa de hablar. Estuve con ella durante todo un día y aquello me pareció tan impresionante que quedamos en continuar cuando ella volviese de un viaje a Holanda. Luego se instaló en mi casa y de ahí, de 19 horas de conversaciones grabadas, salió el libro”.[/quote]

Para Elisabeth Burgos, si de algo no cabe la menor duda, es que el libro sobre Rigoberta, ha servido de mucho para que la gente sepa lo que sucedía en Guatemala, y no hay que olvidar que cuando se lucha dentro de un movimiento de resistencia se recurre a métodos que en otro contexto no son aceptables. Por lo que el mismo, suscitó deshonestas elucidaciones y, por tratarse del testimonio de una mujer indígena, ha estado en el centro de exaltadas polémicas, despertando odio y prodigado esperanza; ha sido el recipiente por excelencia de las más torvas manifestaciones verbales de un racismo que, en Guatemala, ha servido para justificar fortunas y matanzas. Y en medio de tanto ruido, Rigoberta Menchú es, quizá sobre todo, una voz que no consigue escucharse notoriamente.

Al momento de recibir el Premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú es acusada de falsear su propia autobiografía, por lo que varios directivos pidieron que se le revocara la mención. “En contraste, paradójicamente, fue precisamente en mi país donde encontré de parte de algunos las mayores objeciones, reservas e indiferencia respecto al otorgamiento del Nobel.” Explica indignada Rigoberta.

El antropólogo, estadounidense David Stroll, es quien ha realizado innumerables estudios para refutar el testimonio de Rigoberta, aludiendo que “La ficticia vida de Rigoberta Menchú es un ejercicio de propaganda comunista española, diseñada para incitar el odio a europeos y occidentales, y a las sociedades que han construido, y para organizar el apoyo a organizaciones comunistas y terroristas en guerra contra las democracias de occidente.” A lo que Geir Lundestad, secretario permanente del comité noruego del Premio Nobel, objeta al responder que “todas las autobiografías tienden a embellecer el papel del protagonista y los detalles sobre la historia de su familia no nos parecen esenciales. El premio no se le concedió exclusivamente por su autobiografía”.

Que galardonen con un Premio Nobel de la Paz a una mujer indígena guatemalteca, es quizás el impulso más grande que ha dado lugar a que  la atención mundial se enfocara en Guatemala, y fue la llave que dio motivo a que se conociera no solo la Guatemala Ancestral-Maya, atractiva y turística, sino a que se conociera la cruda realidad que esconde bajo cada uno de sus templos. Fue, además, lo que dio nacimiento a los informes: Memoria del Silencio de las Naciones Unidas y Guatemala Nunca Más de la Iglesia Católica.

“Considero este Premio, no como un galardón hacia mí en lo personal, sino como una de las conquistas más grandes de la lucha por la paz, por los derechos humanos y por los derechos de los pueblos indígenas, que a lo largo de estos 500 años han sido divididos y fragmentados y han sufrido el genocidio, la represión y la discriminación (…) Al valorar en todo lo que significa el otorgamiento del Premio Nobel, quiero decir algunas palabras en representación de aquellos que no pueden hacer llegar su voz o son reprimidos por expresarla en forma de opinión, de los marginados, de los discriminados, de los que viven en la pobreza, en la miseria, víctimas de la represión y de la violación a los derechos humanos. Sin embargo, ellos que han resistido por siglos, no han perdido la conciencia, la determinación, la esperanza.” (Rigoberta Menchú, Discurso de recepción del Premio Nobel de la Paz, 1992).

Es evidente, entonces, la persistencia y resistencia de un racismo riguroso, explícito, que ni siquiera el maquillaje de la corrección política ha sido capaz de esconder. Esto del fenómeno de racismo lo podemos corroborar en los espacios públicos y privados, en los que es interesante ver cómo los seres humanos se discriminan entre sí. En este caso lo que es realmente sorprendente es que vivimos rodeados de racismo, que el mismo impide que veamos a Rigoberta Menchú como una persona que pertenece a una tradición cultural diferente a la ladina,  preliteraria, y de oralidad, en la que la historia tiene un carácter colectivo, los hechos se almacenan en una memoria común que pertenece a toda la comunidad. “Tenemos un énfasis a la formación de personas, pero no con una formación social, espiritual y material para el bien común”. Por lo que en su historia relata, no es únicamente lo que ella ha vivido sino lo que en comunidad les afecto a todos por igual.

Los pueblos indígenas son vistos todavía como la masa necesitada, pero no como los protagonistas número uno.

Entonces hay un ciclo generacional que va a tener que ir agotándose y hay un nuevo ciclo de juventud que va a tener que abrir nuevos espacios. Los pueblos indígenas, o son víctimas o son victimizados, pero jamás son reconocidos como líderes, como dirigentes, como transformadores, como poseedores de una filosofía de cambios con experiencia a lo largo de 500 años. Nunca se les ha visto como actores, solamente como víctimas, pero si algo está claro, es que son actores en nuestra misma realidad. “Nosotros no somos mitos del pasado, ni del presente, sino que somos pueblos activos. Mientras que haya un indio vivo en cualquier rincón de América y del mundo, hay un brillo de esperanza y un pensamiento original.”

Que nazca la conciencia para entender que el racismo, la discriminación, el odio, la envidia, como diría la Dr. Rigoberta Menchú, son una enfermedad mental, una enfermedad psicológica, una enfermedad espiritual, una miseria humana que se desarrolla a través de los tiempos. Mucho de ello es hereditario, es herencia de otros ancestros; y el joven, el niño, crece pensando que esos son sus valores y convierte en eso en sus principios. Es peor que la guerra, en la guerra te dan un arma y te enseñan a usarla, habiendo un tiempo para empezar a creer que el arma te salva y te protege, y vas a disparar contra el que se mueve. Pero eso se acaba. En cambio, esta enfermedad es crónica, y no me sorprenden sus dimensiones.

Hay gente cuyos hijos han muerto abrazados, padres que han muerto ejecutados por los militares y eso es lo que Rigoberta cuenta. ¡Que se haga justicia!

*El texto en cursiva son frases dichas propiamente por la Doctora Rigoberta Menchú.

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