Por: Ernestina Tecu (ella/la)

Nos encontramos en el marco de los 50 años del reporte de los primeros casos de vivencia con VIH en el mundo. La década de los 80’s fue una época convulsa. En estos años surgieron las primeras manifestaciones para el reclamo de los derechos de la Comunidad LGBTQIA+, además se organizan los grupos de estudios Queer en Estados Unidos y Europa. En Guatemala, nacen las primeras organizaciones de la Comunidad, en el contexto de persecuciones y silenciamiento de los 36 años de guerra. Y es en medio de esto que se comienzan a notificar casos de neumonías complicadas en “hombres que tienen sexo con otros hombres”. Sirvan las comillas para evidenciar la invisibilización de las vidas trans-femeninas, que eran y seguimos siendo registradas como “hombres” en los sistemas de salud.

Esos primeros casos despertaron el miedo y la represión, estigmatizando y hasta criminalizando las libres expresiones de la sexualidad. Se aislaba a las personas que vivían con el virus en alas de hospitales, el personal de salud utilizaba extravagantes trajes de protección personal y mascarillas sofisticadas para evitar el contagio. Eran pocos los recursos financieros direccionados a atender esta emergencia sanitaria… Narraciones que ahora no parecen tan extrañas ni lejanas.

Se le llamó el cáncer de los gays, y aunque los movimientos sociales y la expansión de la pandemia consiguieron eliminar el uso de esas frases, la idea estigmatizada de la vivencia con VIH como una consecuencia (hay quienes hasta dirían que merecida) de decisiones individuales, permanece vigente en las construcciones sociales contemporáneas.

Esto se vuelve evidente al analizar los programas verticales de prevención de la transmisión del virus, enfocados a poblaciones prioritarias y a cambios conductuales individuales. Así como en la des-responsabilización estatal histórica en materia de promoción, prevención, diagnóstico y tratamiento; tercerizando esta responsabilidad a agencias internacionales de financiamiento y organizaciones de sociedad civil. Sin mencionar la ausencia de una política estatal de antirretrovirales, que permita evitar el desabastecimiento nacional del tratamiento, que profundiza la vulnerabilidad[1] al VIH de la Comunidad LGBTQIA+.

Cuando se me invitó a escribir sobre los efectos de la discriminación en la salud de la Comunidad, mi mente remitió directamente al campo del VIH. Yo sé que pueden estar pensando que se trata de un cliché barato. En realidad, decidí el tema porque obliga a llevar la discusión más allá del campo del saneamiento público y adentrarnos en el campo de la salud colectiva. Dejar de entender la transmisión del virus como una simple consecuencia de hábitos y prácticas sexuales y más como el resultado del juego que se desarrolla en el pleno de una red imbricada y compleja de relaciones individuales, sociales e institucionales. Decidí escribir esto con el anhelo que, de suerte, nos paremos a pensar: ¿Cuál es mi papel en este juego? ¿Qué acciones y no-acciones puedo tomar para modificar este juego? Y al preguntarnos eso, ojalá y en voz alta, tomemos las riendas de la sociedad en la que nos encontramos inmersas/es/os. Entendiendo que nuestra sociedad y todas las formas de discriminación existentes en ella son transformables. ¡Cuidado! No se trata de perpetuar el individualismo y la des-responsabilización estatal criticada hace unas líneas.

Urge y es necesaria la articulación, el fortalecimiento de la tan llamada Comunidad, el encontrarnos en los espacios públicos y privados, sin importar su formato y tejer entre todas/es/os esa red-comunidad que lleva rota más de 50 años.

 

 

[1] En el sentido Ayresiano de la palabra. Ver: Ayres JRCM, França JI, Calazans GJ, Salletti H. Vulnerabilidade e prevenção em tempos de AIDS. In: Barbosa R, Parker R. organizadores. Sexualidade pelo avesso: direitos, identidades e poder. Rio de Janeiro: Editora Relume-Dumará; 1999; p. 50-71.

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