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Por: Dra. Alejandra Mori

La pandemia por el virus SARS-COV2 (covid-19) ha traído conflictos para el mundo académico, los estudiantes se han desvanecido del entorno académico y los programas presenciales se han suspendido. Tanto profesores como estudiantes han tenido que enfrentarse a desafíos nunca pensados, que los obligaron de un día a otro a innovar y convertir el modelo de enseñanza usual a un modelo remoto de emergencia, utilizando técnicas y recursos virtuales con los cuales, algunos, no estaban familiarizados.

 

El modelo remoto de emergencia de educación no es una educación a distancia, fue un puente utilizado mientras los currículos migraban a una educación inversa. Sin embargo, vale la pena mencionar que gran parte de la población docente no eran nativos digitales, por lo que algunos eran reacios a emplear las tecnologías de la comunicación en sus cursos. Debido a esto, los centros educativos se vieron en la tarea de generar canales de capacitación continua, para instruir al docente y apoyarlo en su desempeño.

Es complejo hablar de originar una migración completa al encentro virtual, para el área académica de las ciencias de la salud, debido a las competencias clínicas que los estudiantes adquieren por medio del contacto con los pacientes. Aparecieron obstáculos en donde los docentes, no solo debían buscar la forma de lograr que los estudiantes adquirieran la mayoría de las capacidades esperadas y migrar sus cursos a la virtualidad, sino que también debían cumplir sus roles como profesionales de primera línea, en la atención de pacientes infectados con covid-19. Ambas tareas fueron agobiantes para algunos profesionales y aumentaron la presión que ya tenían por atender pacientes infectados con covid-19; esto los llevó a dimitir de sus actividades docentes, poniendo en problemas la academia de las ciencias de la salud.

Otro grupo de docentes se veía abrumado por la presión de preparar un curso digital con la calidad académica que amerita la educación universitaria. Esto se debía a que algunos carecían del equipo tecnológico necesario o tenían problemas de conectividad. Otros no tenían en sus casas un espacio tranquilo y silencio para realizar las grabaciones requeridas para un modelo de enseñanza virtual. Entonces a partir de este momento, preparar una sesión de clases les tomaba dos o tres veces más el tiempo de lo que tardaban antes.

A los estudiantes tampoco les fue tan fácil la migración a la virtualidad, ya que han presentado desafíos que evidencian la falta de equidad en el acceso a la tecnología e Internet; enfrentaron de un día a otro desafíos de conectividad, altos consumos de datos al emplear dispositivos móviles, la falta de disponibilidad de equipamiento, sin mencionar la crisis económica que ha afectado a algunos hogares; lo cual ha obligado a un grupo de estudiantes a abandonar sus estudios.

 

Entonces, ¿cómo pueden las entidades académicas garantizar que la educación para las ciencias de la salud será la adecuada para que los estudiantes que tenemos hoy, se conviertan en profesionales de la salud competentes mañana?

 

No todo debe ser desesperanza, la pandemia nos presenta una dificultad de la cual nacen oportunidades para que se reflexione sobre tres aspectos fundamentales en la educación de las ciencias de la salud: cómo es nuestro modelo curricular, el rol del estudiante y el rol del docente.

A los estudiantes, la virtualidad les ha recordado que son ellos los artífices de sus logros académicos, aprendiendo a individualizar su situación y adquiriendo diversas maneras de cómo administrar de forma responsable su tiempo.

El docente de las ciencias de la salud tiene diversos roles que podrían considerarse como primordiales en el proceso pedagógico. Se espera que un docente sea, a parte de un educador, un asesor, un modelo a seguir, que participe activamente en el diseño curricular, que sea el facilitador de la información para el claustro estudiantil y que pueda administrar la forma en que esta información le llega al estudiante.

El rol del docente no ha cambiado dada la crisis sanitaria, más bien, se ha fortalecido. Los educadores se han visto forzados a replantearse si la malla curricular “pre pandémica” era la idónea o si debiese optimizarse.

 

Respecto a nuestro currículo, la crisis de la pandemia nos hace cuestionarnos, cuántos de nuestros cursos, que en el período pre pandémico eran presenciales, ahora pueden ser reemplazados de forma permanente por modelo de cursos inversos o empleando aprendizaje por equipos. El virus del SARS-COV2 nos ha ayudado a recordar la importancia de los modelos de aprendizaje basados en competencias, el uso de la tecnología, el e-learning, trabajar con simuladores, pacientes virtuales y tele consultas. Y no es simplemente hacer mejor lo que ya hacíamos, sino usar la tecnología de forma creativa e intuitiva para mejorar el aprendizaje.

Si bien es cierto, esta pandemia ha puesto al descubierto las carencias en el sector salud, también lo ha demostrado en el entorno académico.

Pero esta desnudez de nuestras precariedades no ha sido del todo contraproducente, dado que del confinamiento, han nacido nuevos abordajes pedagógicos y se ha generado un espacio de colaboración internacional para la docencia. Ahora se cuenta con mayor acceso a charlas en línea y se emplean webinars o conferencias en vivo a través de plataformas virtuales con más frecuencia. Esto está cambiando las barreras, que previo a la pandemia, nos impedían tener esta colaboración académica.

 

Lo que debemos tener por sentado, es que el futuro de la educación para las ciencias de la salud, en la era “post covid”, es incierta. Cada vez más, nos acercamos a vivir de forma presencial la “nueva normalidad” para el proceso de enseñanza y aprendizaje. Esto nos debería hacer reflexionar sobre las formas de rediseñar nuestra malla curricular, tomando en cuenta que la tecnología viene para quedarse.

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