By ASOCEM
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Salgo de casa a eso de las cinco de la mañana, aún se siente en el ambiente esa leve pesadez del sueño, que perdura durante las primeras horas. Mi papá va a dejarme a un punto en común donde nos reunimos con los demás compañeros. Tomamos café, un pastel o nada, en el restaurante donde nos juntamos, según el tiempo del que se disponga, platicamos un par de palabras sobre la imponente extensión de los capítulos del libro de inmunología, o sobre si dio o no tiempo de leer los artículos de la semana, o aquella pregunta inquisitiva de siempre “¿Vos sí pudiste dormir anoche?”  Ya a las seis, después de haber hecho suficiente tiempo para que lleguen todos, salimos del restaurante y nos subimos en el carro del conductor designado de la semana, con la mochila al hombro llena con nuestro equipo: estetoscopio, termómetro, metro y el etcétera que cada uno posea; estando o no preparados para la jornada, nos vamos a la aldea “Puerta del Señor”, para cumplir con nuestro curso de interacción comunitaria IV.

La filipina le da a uno cierta motivación intangible, por alguna extraña razón, uno se siente un poco más fuerte, menos temeroso, más resuelto. Finalmente llegamos, según el tráfico puede ser a tiempo, o un par de minutos tarde, pero nada grave. Nos sentamos en el salón donde la doctora nos imparte clase, hablamos sobre el tema que cada uno debió haber leído, en mi mente solo resuena un pensamiento en forma de súplica: “por favor, que no se le ocurra hacer un examen corto de esto ahorita.” Eventualmente finaliza la clase, es hora de la visita.

Puerta es una comunidad grande, el hogar de la madre y el recién nacido que mi compañero y yo vamos a visitar está a un par de minutos en carro del puesto de salud, desde allí, se pueden ver algunos cerros verdes azulados confundirse con el horizonte de la mañana. En fin, llegamos, entramos con un saludo cortésmente recitado: “Con permiso, buenos días, señora, cómo está, cómo ha seguido”. Los primeros días éramos tímidos, ahora tenemos más confianza de nosotros, pero el respeto se mantiene.

El programa de interacción comunitaria es para el estudiante de medicina landivariano una parte tan importante de su aprendizaej, así como lo es la clase con el más complejo contenido teórico científico. “Interacción”, como le conocemos nosotros los estudiantes, guarda su propia complejidad, hay que desarrollar habilidades interpersonales, hay que demostrar el conocimiento para que el paciente sienta confianza, hay que saber mucho para ayudar mucho y estar preparado para la idea de que siempre se aprenderá, pero no siempre a través de experiencias positivas. Este curso es salir de casa e ir a ese mundo que, aunque no lo creamos, coexiste dolorosamente en nuestro país, un país de contrastes. Todas estas cosas podrían hacer dudar a un estudiante introvertido y asustadizo como yo, dudar si en verdad este es mi lugar en el mundo, dudar sobre si vale la pena el esfuerzo. Por supuesto es un reto enorme, pero he reflexionado sobre el tema y lo hago ahora que escribo también, y he llegado a esta alegre conclusión que también es el cierre de mi breve escrito:

Quiénes son los que tiene el privilegio de tocar a una familia de esta forma, de ser bienvenido en un hogar, y tener el honor de acompañarlas en su desarrollo, con su pena, con su dicha y compartir palabras, abrazos o hasta los sagrados alimentos. Quien sino los estudiantes de medicina landivarianos, podemos decir que en pleno uso de razón madrugamos una vez a la semana, caminamos bajo el sol en calles angostas y sinuosas para ir a visitar a personas que no conocemos y tratamos, con todo el corazón, de proporcionarles salud.

Quien más que nosotros podemos decir, que queremos hacer de este país, persona a persona, un lugar donde la salud sea un derecho y una obligación de todos.

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