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Ana Raquel Aquino / Opinión /

Siempre he creído que en tiempos de crisis es necesario regresar a lo clásico. A las bases, a lo que me hace ser quién soy. Si estoy en crisis me da por leer, por estar sola y caminar mientras imagino las conversaciones o historias de quienes están en los lugares por donde voy; las creo en mi cabeza a manera de un formulario de antecedentes o un “historial del paciente”.

También atravieso la parte donde la crisis se convierte en mi “yo dictatorial” y hago ejercicio sin parar. Algunos otros días, convivo con mi “yo anarquista”, a la que nadie le puede decir qué hacer. Si estoy en crisis casi siempre escucho música punk y rayo cuadernos con frases sin sentido.

Seamos honestos, la crisis para mí -y para un buen número de mujeres- es igual a comer. Yo como frijoles o centros de dona (no donas, solo los centros) cuando estoy en esas y con esto último más lo demás, no sé decir por qué. Llega el momento donde ya lo probé todo y aún así la rotación terrestre me afecta. Así que enciendo la computadora y busco imágenes de galaxias lejanas, según yo, en busca de una nueva casa. Sí, algo así como ver los clasificados. Como si me pudiera cambiar de recinto galáctico. Sí, ya para ese momento me quiero bajar de la chibola. Sí, de esta gran chibola azul:

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La crisis aflora lo bueno y lo malo. Cada quién tendrá una manera de salir de ella (o de meterse más). Es precisamente esto lo que quiero hoy plasmar. Fue Einstein quien dijo que “en momentos de crisis, solo es más importante la imaginación que el conocimiento”; ahora que también Guatemala atraviesa una crisis, vale la pena aplicar nuestra imaginación. Aprender de lo que ya pasó e innovar estrategias en aras de un futuro prometedor.

El esfuerzo de los últimos meses no hay que demeritarlo o hacerlo a un lado. El esfuerzo de cada quien que salió a la Plaza y manifestó; quien argumentó con sus compañeros de clase en contra de una idea estancada por años; la nueva visión que tenemos los jóvenes que nos involucramos sigue estando allí y está para que la fortalezcamos. La crisis nacional también necesita volver a sus bases, al origen. Guatemala necesita saber quién es para saber a dónde va.

Los tiempos de crisis son una especie de emancipación, de renacimiento. Cuando se toca fondo, no queda más que empujarse a la superficie y emerger. La crisis es bellísima, nos hace humanos.

Augusto Monterroso tiene varias fábulas que me encantan[1], aquí una:

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En un lejano país existió hace muchos años una Oveja Negra.

Fue fusilada.

Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

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He de confesar que siempre me he sentido medio oveja negra -por algunas de mis convicciones- pero últimamente soy oveja negra en multitudes. Me ha dado mi crisis dentro de la crisis. He podido comer frijoles acompañada. Soy oveja negra en aglomeración oscura. Soy oveja negra abrazando, riendo, compartiendo y confabulando con otras ovejas negras. He entendido que la unión de ovejas negras hace la fuerza; que hay personas, igual de ovejas negras que yo, que desean vivir en un país mejor y que están dispuestas a servir para que esto suceda.

Quitar la esperanza en cualquier tiempo -y más en estas condiciones- debiese ser el más grave de los delitos. Monterroso estaría orgulloso de saber que el pueblo guatemalteco dejó atrás la manía de mostrar en público estatuas ecuestres de ovejas negras. Estaría orgulloso de saber que ahora en el parque las ovejas negras se juntan para mostrar su descontento; le gustaría ver a las ovejas negras protestando, levantando consignas en favor de la justicia. Estaría contento al ver tanta oveja negra reunida en contra del status quo; tanta oveja negra convencida de no querer ser solo eso, una oveja. Tanta oveja negra aprendiendo a ser más negra.

[1] Monterroso, Augusto, La Oveja Negra y demás fábulas, Santillana Ediciones Generales, Punto de Lectura, España, 1969.

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