Luis Alvarez Ságüil/

Conocí la obra de Marta Elena Casaús hace aproximadamente dos años, cuando me comenzaba a formar en temas sociales y políticos, desde entonces he admirado su gran labor de denuncia sobre los problemas de racismo en Guatemala.

Hace algunas semanas tuve la oportunidad de conocerla personalmente. Para la que considero una figura académica, se convirtió, además, en una gran figura humana. Marta Elena se describe a sí misma como una activista contra el racismo y demuestra desde sus palabras y sencillez, su compromiso y fe en un país más justo e inclusivo.

En su más reciente libro, Racismo, genocidio y memoria, expone la pertinencia que sigue teniendo el racismo dentro el Estado guatemalteco, reconociéndose como un problema estructural actual. De nuevo, deja en mí ilustraciones y conocimientos básicos que comparto de manera muy general.

En primer lugar, alcancé a comprender que las raíces del racismo tienen un trasfondo histórico en la sociedad, que surge desde la época colonial y para que perduren hasta la actualidad, concurren distintos factores que aportan a la construcción de la ideología y los discurso racistas, estas ideologías y discursos se fundamentan en diferencias biológicas y culturales, que buscan minimizar la figura del indígena.

En segundo lugar, logré dilucidar la existencia del actual Estado racista guatemalteco, que funciona a favor de cierto grupo étnico, en aspectos políticos y sociales e incluso una discriminación económica en cuestiones tan básicas como en educación, vivienda y salud. Para retratar lo aludido anteriormente, se menciona que “El Estado consagra sólo el 2.2% del PIB a las comunidades indígenas frente al 6.5% dirigido a comunidades no indígenas” [1], un ejemplo de la cita que citó Marta Elena.

El Estado construido sobre bases ladinocentricas deforma el concepto de nación, en ese Estado no hay desarrollo, porque unos avanzan y otros se quedan atrás. En este caso, desdichadamente, es el indígena.

En tercer lugar, que aún con los avances de visibilización de la problemática, el discurso racista se ha diversificado con el paso del tiempo, con nuevos estereotipos dados al indígena que buscan su inferiorización. Considero que ha proliferado a razón de la masificación de los medios de comunicación, –especialmente en blogs y redes sociales, como se menciona en el libro–, que dan fácilmente voz a exposiciones con fondo racista.

Por último, que la naturalización del racismo se contempla dentro de la práctica cotidiana, y se normaliza en nuestras formas de relacionarlos y comportarnos, “…por medio de burlas, chistes y expresiones despectivas en el entorno social y en los medios de comunicación.”[2] Su corrección es, primordialmente, un asunto personal, pero a su vez, nos compete al resto señalar y corregir esta clase acciones.

Finalizo con una reflexión llevada a cabo en el encuentro que sostuve con Marta Elena, encaminadas a la adquisición de compromisos individuales: es fundamental el reconocimiento de nuestras diferencias étnicas y culturales, que realicemos un examen interno para corregir actitudes con connotaciones racistas y discriminatorias, integrar y propulsar espacios comunes de socialización y diálogo interétnico y apoyar y divulgar la lucha hecha desde espacios académicos y políticos.

[1] Casaús, M. (2019). Racismo, genocidio y memoria, Guatemala, Guatemala: F&G Editores. Página 29

[2] Ibíd. Página 145.

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