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Luis Alberto Guigüi / Colaboración /

El Salvador, al igual que Guatemala, ha vivido un proceso histórico muy duro. A lo largo de la historia de ambos países, la lucha de clases, la pobreza, la desigualdad, el hambre, han sido el común denominador en estas sociedades divididas. Es así como entre 1960 y 1990, ambos países vivieron un conflicto armado que dejó infinidad de muertos, muchos de ellos inocentes, que buscaban justicia y solidaridad entre todos los hombres y mujeres.

Surgen así hombres y mujeres que dieron todo para lograr este objetivo: Óscar Romero, Juan Gerardi, Rutilio Grande, seis sacerdotes más: Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín Baró, Segundo Montes, Armando López, Joaquín López, Juan Ramón Moreno y dos mujeres Elba y Celina Ramos.

En 1980, toda la economía de El Salvador era manejada por 14 familias, que violentaba la dignidad de las personas que estaban a su servicio.  Es allí inevitablemente cuando se organiza la resistencia entre la fuerza proletaria (representada por el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional) en contra del partido gobernante ARENA.

Estos jesuitas buscaban el diálogo entre ambas partes, lo que no fue tolerado por la derecha, representada por ARENA. Ello generó la muerte del Arzobispo Romero, de Rutilio Grande, de estos seis jesuitas y de varias religiosas norteamericanas quienes levantaron la voz, para defender los derechos de los campesinos.

Estas muertes fueron producto de la incapacidad de responder con argumentos válidos la lucha que, desde la Academia, realizaban estos jesuitas, es decir acallar la voz del análisis crítico, con cifras y datos, en contra de una guerra absurda.

Han pasado 25 años desde la muerte de los seis jesuitas y de las dos empleadas del servicio. Y la lucha por lo que ofrecieron su vida, sigue en pie. La desigualdad, la pobreza, la marginación, la violentación a los derechos elementales de la población campesina, la derecha intransigente que se aferra al ejercicio del poder deshumanizante siguen siendo problemas en estas sociedades lastimadas.

Hoy más que nunca necesitamos estar dispuestos a seguir luchando para vencer esta problemática, por la cual gente inocente murió y que nos siguen afectando. Si la juventud de hoy no trabaja por ello, ¿quién lo hará?

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Los muertos con espíritu, van venciendo gradualmente a quienes los asesinaron.

-P. José María Tojeira, sj

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