By Alexander López
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escritorios escolares

Alexander López/ Opinión/

El escuchar sobre la reciente muerte de un estudiante de un instituto público me hace pensar: “merecido lo tiene“.  Sin embargo, luego recapacito y pienso: “quizás no tenía nada que ver“… recuerdos de un pasado doloroso.

Mis papás me inscribieron por falta de dinero a la peor, y al mismo tiempo, mejor institución pública del país. Ingresé al Instituto Nacional Central para Varones a estudiar mis básicos ¿y qué fue lo que encontré? Lo mismo que existe aún en ese plantel: maras, drogas, robos, agresiones contra estudiantes de otras instituciones públicas, deserción estudiantil, miedo y sangre.  Mi paso por el instituto me hizo obtener muchas experiencias buenas y malas: aprendí demasiado y logré posicionarme académicamente entre mis compañeros nuevamente en cuestión de notas y representación estudiantil. Las matemáticas y la física fundamental me fascinaron gracias a varios profesores que no tenían miedo de trabajar allí. Aprendí mucho de la maestra más exigente e intelectual que he tenido -la de matemáticas-, aunque nos tratase con malas palabras.

La vida tiene un propósito para cada uno, y las circunstancias buenas o malas favorecen al crecimiento personal.

En segundo básico viví la peor experiencia como estudiante. Iba camino a mi casa con el uniforme puesto, llegando a mi destino, un grupo numeroso de estudiantes de otra institución educativa, me atacó y me dio una paliza. Me dejaron lastimado y sangrado frente a mi casa, mi madre salió gritando a defenderme junto a una cocinera. Lo que más me indignó del asunto fue que dentro del grupo que me atacó, habían mujeres que corrieron y en un abrir y cerrar de ojos huyeron del lugar.  A partir de ese día, ya no me dirigía al instituto con mi uniforme puesto; me iba de particular y ya estando en los baños del instituto me cambiaba de ropa. Para mi madre y para mí fueron dos años continuos de miedo y angustia, años que me permitieron recapacitar en tener un mejor futuro y retirarme de esa institución.

Ya habiendo saboreado tanto la educación pública como la educación privada, me atrevo a dividir en dos, la tipología de la educación: la académica y la enfocada en valores. En la primera no puedo quejarme, el que quiere aprender en los planteles públicos, va y aprende; el que quiere solamente entrar para pasar el rato además de llegar a ser un delincuente, va, rompe los escritorios, amenaza y se retira del plantel para hacer sus fechorías. La diferencia con esta educación y la privada, radica en la educación en valores, porque el conocimiento se encuentra en ambos lugares, tanto en el ámbito privado como en el público, pero la atención especializada en valores “casi siempre” se encuentra en los planteles privados.

Si tan solo hubiera una mejor inversión en educación que en gastos de sindicatos de maestros -que realmente no laboran como tales-, estoy seguro que la violencia disminuiría.

La educación es precaria, las disputas entre los estudiantes continúan y las muertes de jóvenes se multiplican; mientras tanto nuestras autoridades, en vez de atacar a la violencia desde la raíz -a través de la educación-, se les va mejor en platicar sobre  un nuevo impuesto a la seguridad o aplazar los años de Gobierno.

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