By Brújula
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Los muertos en nuestro país no son novedad.  Con alrededor de 15 asesinatos diarios, en Guatemala las muertes violentas pasan desapercibidas; desapercibidas igual que la queja de la vecina cada vez que el esposo llega a casa después de una larga noche de fiesta; desapercibidas como el enojo y la desaprobación física de la mamá hacia el niño travieso en el supermercado, desapercibidas como los asaltos que vemos a diario en nuestro camino o desapercibidas como el piropo incómodo de un compañero de trabajo hacia la integrante más nueva del equipo.  La violencia nos rodea y poco a poco parecemos adaptarnos más a ella.

Y es que en realidad el pasar desapercibido implica que a pesar que vemos, escuchamos y vivimos los hechos, no siempre tomamos la decisión que esto nos interpele, cuestione nuestra realidad y nos haga reflexionar sobre la sociedad en la que vivimos y aquella que deseamos transformar.  Durante los últimos días, hechos violentos poco comunes han sucedido en la Ciudad de Guatemala.  El 7 de marzo una bomba casera fue lanzada a una venta de comida en zona 6, causando que dos adultos y un menor de edad resultaran heridos.  Un día antes, una bomba explotó dentro de un bus extraurbano de San José Pinula causando dos fallecidos y 18 heridos con quemaduras de gravedad.  En cuestión de dos días, más de 20 ciudadanos guatemaltecos trabajadores resultaron afectados significativamente por la violencia que impera en esta ciudad.

¿Cómo podemos vivir en un país donde subirnos al transporte que nos lleva al trabajo represente la muerte? 

Y a pesar que estas son las noticias que consumen las pláticas de la semana, es probable que en algunos días nuestra dañada memoria colectiva (¿adrede?) llevará estos recuerdos a una parte oscura de nuestras mentes, y la vida seguirá transcurriendo tranquilamente, esperando que el verano finalmente llegue a este país tropical.  Ya nos acostumbramos. El dolor de las personas nos pasa frente a los ojos diariamente y si no deseamos caer en la locura de vivir en una ciudad violenta, nos obligamos a que los hechos pasen desapercibidos.

¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo seguiremos avanzando en nuestro propio camino sin ver al otro y cuidarlo, como tanto afirma Leonardo Boff cuando dice que es importante cuidar del otro y de nuestra casa común?  Porque la queja de la vecina, el piropo incómodo o el asalto que vemos a diario no debe continuar sucediendo, y nosotros podemos hacer algo al respecto.  Un comentario acertado y a tiempo puede poner en su lugar al compañero de trabajo que no sabe cómo utilizar las palabras y gestos adecuados para mantener una relación laboral cordial y una llamada a las fuerzas policiales u organizaciones defensoras de derechos humanos puede, tanto alertar sobre asaltos recurrentes en un lugar específico como denunciar un caso de posible violencia familiar.  Aspectos puntuales para tomar la decisión deliberada de no ignorar la violencia que sucede a nuestro alrededor.

Dejemos de ser indiferentes y recurrir a nuestra débil memoria colectiva ante las injusticias de nuestra sociedad. La violencia que vivimos no es normal y si no hacemos nada al respecto, esta seguirá infiltrándose cada vez más en nuestros cuerpos y vidas, hasta que logremos adaptarnos y rendirnos totalmente ante ella. ¿Hasta cuándo?

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